De vez en cuando los albaceas de Balaguer insisten en presentarnos al inefable político como un “Ángel de Dios”, que por más de cinco décadas transitó a través de enormes charcos de sangre sin “mancharse”.  Aunque se intente repetir esa mentira muchas veces, es imposible que se convierta en verdad. Además de los casos propios en los aciagos “doce años”, durante su colaboración íntima con el trujillato fue importante cómplice de las atrocidades patrocinadas por ese régimen. No fue un simple funcionario burocrático, sino coparticipe sustancial en el encubrimiento de graves asesinatos.

 

El distinguido intelectual y político en su libro La palabra encadenada  tratando de presentarse como un testigo de excepción, destacaba que Trujillo tenía una gran capacidad de simulación e histrionismo para disimular sus crímenes. Esbozaba como uno de esos grandes actos de fingimiento su actitud al anunciarse el “accidente de tránsito” de las hermanas Mirabal en noviembre de 1960, comentaba Balaguer:

“Sus simulaciones eran muchas veces cínicas. Cuando las hermanas Mirabal fueron asesinadas y se hizo pública la especie de que habían perecido en un accidente en la carretera de Luperón, Trujillo llamó a su residencia de Fundación al mayor Cándido Torres, encargado en esos momentos de los Servicios de Seguridad. “¿Qué hay de nuevo? Le preguntó con aire despreocupado. Cuando el interpelado empezaba a informarle sobre las últimas novedades del departamento a su cargo, Trujillo lo interrumpió para decirle: “¿Y no sabe usted que las hermanas Mirabal han sufrido un accidente y que es posible que ese crimen se achaque al Servicio de Inteligencia, como ocurre cada vez que muere alguien señalado por el rumor público como enemigo del Gobierno? Váyase seguido y adopte las medidas que sean de lugar para que ese acontecimiento casual no se tome como pretexto para un escándalo”. El mayor Torres salió de allí confundido. La muerte de las hermanas Mirabal había sido largamente elaborada”. (Joaquín Balaguer. La palabra encadenada.  Fuentes Impresora, S. A. México, 1975. p. 235).

 

Se trataba de un cinismo desmesurado que relataba sin autocriticarse, obviando que en esos momentos ocupaba la presidencia de la República, aunque títere era el “presidente” y por lo menos a posteriori por vergüenza  debió manifestar una autocrítica.   Pero no solo se quedó ahí, sino que pretendió imputar el horrendo crimen de las hermanas Mirabal al general Román Fernández, a quien nunca le perdonó su vinculación con el ajusticiamiento del 30 de mayo.

 

También abordaba con “ingenuidad” el secuestro y muerte de Jesús de Galíndez, llegando al extremo de pretender desmentir que su “Jefe” ordenara secuestrar al escritor vasco para torturarlo personalmente:

“La versión de que Trujillo hizo trasladar a la República Dominicana al profesor Jesús de Galíndez para torturarlo personalmente, es una simple conjetura que no se compadece con los sistemas que desde 1930 puso en práctica el dictador dominicano”. (J. Balaguer. Obra citada p. 262).

 

Si aceptamos su interpretación Galíndez no fue secuestrado, sencillamente desapareció de modo voluntario, como se difundió desde Ciudad Trujillo.  “Olvidaba” que fue investigado por el FBI como uno de los cómplices en este vulgar rapto y asesinato. Todos los indicios lo incriminaban como participante en el millonario y desesperado operativo de borrar evidencias del crimen. Manuel de Dios Unanue, malogrado investigador colombiano, en su brillante investigación sobre este caso, estableció que el coronel Ernesto Vega Pagán al ser interrogado por el FBI:

[…] confirmó la participación de Balaguer en las labores de encubrimiento y en el envío de documentos al abogado Frank Rosenhabum para que respondiese a las notas diplomáticas que Estados Unidos remitía a la República Dominicana sobre los casos Galíndez–Murphy-De la Maza”. (Manuel de Dios Unanue. El caso Galíndez. Los vascos en los servicios de inteligencia de EEUU.  Editorial Cupre. New York, 1988. p. 107).

 

El FBI obtuvo comunicaciones que confirmaban las declaraciones del coronel Vega Pagán, encargado de entregar el dinero en el exterior para pagar las labores de encubrimiento del rapto de Galíndez. Apuntó Unanue que entonces, se:

[…] confirmó en gran medida  la veracidad de las declaraciones que había realizado el coronel Ernesto Vega Pagán y dejaba al descubierto a Joaquín Balaguer, de quien el FBI sospechaba que estaba mintiendo. Esta última carta, enviada por Balaguer a Manuel de Moya Alonzo, el 23 de noviembre de 1957, a Washington, era suficiente prueba de sus mentiras a los agentes”. (Manuel de Dios Unanue. Obra citada. p. 110).

 

Balaguer conoció la obra de Unanue y pudo refutarla, pero prefirió guardar silencio sepulcral ante la grave acusación. Todo lo contrario trató de exonerar al “Jefe” del crimen asumiendo la tesis de la desaparición intencional de Galíndez. Balaguer era el canciller de Trujillo y por eso intervenía de modo directo en el operativo internacional de encubrimiento.

 

Gerald Murphy quien piloteó el avión que condujo secuestrado a Galíndez al país, en los primeros días de diciembre de 1956 apareció muerto en Ciudad Trujillo. William T. Pheiffer, embajador de Estados Unidos, informaba el 17 de diciembre al Departamento de Estado que el piloto Octavio de la Maza era la posible llave para solucionar el asesinato de Murphy, añadía lo notó nervioso al acudir a la embajada para solicitar visado para su padre y una hermana.  Pheiffer informaba: “Había sugerido a las autoridades dominicanas que de la Maza fuese interrogado”. (Bernardo Vega.  Almoina, Galíndez y otros crímenes de Trujillo en el extranjero.  Fundación Cultural Dominicana. Santo Domingo, 2001. p. 98).

 

Esa indiscreción del embajador Pheiffer le costó la vida a Octavio de la Maza. ¿Quién fue el intermediario para que la información llegara a Trujillo? Nada menos y nada que Joaquín Balaguer, de modo “inocente” relata en su libro La palabra encadenada  que al día siguiente (18 de diciembre) Trujillo desde Santiago lo llamó por teléfono a la Cancillería preguntándole por informaciones de interés, le comunicó que la única era la solicitud de Pheiffer sugiriendo la investigación de Octavio de la Maza, resaltó el alto interés que produjo en su “Jefe” la noticia:

“Cuando le informe a Trujillo acerca de la solicitud formulada por el diplomático norteamericano me pidió, con una inusitada emoción que se traslucía al través del hilo telefónico, que le leyera en toda su extensión el memorándum que acerca de este asunto había remitido ese mismo día la Secretaría de Estado de Relaciones Exteriores. Por el tono en que me habló y por el interés que puso en saber todos los detalles de la representación hecha por la Embajada norteamericana, comprendí que la noticia había conmovido vivamente a Trujillo y que algún plan había nacido en su mente en aquel mismo instante”. (J. Balaguer. Obra citada p. 250).

 

El plan nacido en la mente de Trujillo en ese instante fue dictar sentencia de muerte contra Octavio de la Maza, para presentarlo como chivo expiatorio en el asesinato de Murphy. Balaguer fue su primer cómplice, por eso advierte esas fueron las intenciones de Trujillo. Sus apologistas  responderán que “cumplía su deber”, vaya que deber advirtiendo la inminencia de un crimen del cual se le podía imputar complicidad, y aun así prosiguió como un fiel servidor de la tiranía. ¿Cuántas situaciones como esa se presentaron y nosotros las desconocemos?

 

Como parte de su labor de abogado defensor de Trujillo, Balaguer sentenció que el “Benefactor” no era un malhechor vulgar, alegando que no visitó jamás una cámara de torturas:

“Jamás presenció, sin embargo, ninguno de esos horrendos espectáculos con que en el presidió de “La Cuarenta” se ofendía a diario la dignidad de la persona humana”. (J. Balaguer. Obra citada p. 261).

 

Por el hecho de no presenciar las torturas Trujillo y el  estaban exonerados de los crímenes que se cometían en los antros de torturas de Nigua, La Cuarenta y el Nueve? Trujillo era tan “higiénico” que ordenaba a fotógrafos tomar fotografías de las sesiones  de torturas para él y sus paniaguados como Balaguer deleitarse observándolas. Esto dio motivo que los fotógrafos hermanos Fuentes Berg asqueados ante esta perversidad, enviaran negativos de las fotos de torturas al exilio dominicano que las publicó y les costó la vida a estos héroes anónimos. Trujillo no tenía que ir a los centros de torturas porque conocía muy bien lo que allí por órdenes suyas se ejecutaba y se deleitaba con las fotos de esos atropellos.

 

Cuando Trujillo ordenó la ejecución de Ramón Marrero Aristy porque había cometido indiscreciones ante el periodista Tad Azul del New York Times,  Balaguer describe que en la tarde del crimen él entró a su despacho preguntando precisamente por Marrero Aristy, indicando que al día siguiente mientras Trujillo almorzaba con funcionarios en la tercera planta del Palacio Nacional, se informó del fallecimiento de Marrero en un “accidente de tránsito”, señalando:

“La noticia fue recibida en medio de un silencio sombrío. Trujillo comentó pocos minutos después el hecho con las siguientes palabras: “Que accidente más raro! ¿Qué andaría buscando Marrero por Constanza? Nadie articuló una palabra más, pero todos adivinamos en seguida el significado de las que pronunció Trujillo con aire de sorpresa”. (J. Balaguer. Obra citada p. 240).

 

Todos estaban habituados a las parábolas criminales del “Benefactor”, pero en el caso particular de Balaguer ostentaba el rango de presidente de la República. Aunque su cargo era ficticio también por dignidad a posteriori debió autocriticarse por prestarse a justificar crímenes horrendos como ese, ostentando el cargo más importante en el aparato jurídico-político del Estado. Convirtiéndose en encubridor de crímenes de Estado.

 

Resaltaba Balaguer que a finales de 1960, mientras él y su “Jefe” usaban el ascensor privado para dirigirse a la tercera planta  del Palacio Nacional:

“Al entrar en el elevador, sin que mediara entre ambos la menor palabra, Trujillo trazó con la mano un semicírculo alrededor de su cuello y pronunció las siguientes palabras: “Yo no creo más que en esto”. Articuló esas palabras con acento sombrío, y como si hablara consigo mismo. Escuché, sin embargo, esa frase tremenda, la cual adquiría en los labios de quien las dijo una significación impresionante, sin la menor extrañeza”. ”. (J. Balaguer. Obra citada p. 257).

 

Trujillo manifestaba ese tipo de gesto generalmente en presencia de compinches de sus atropellos como lo fue Balaguer, quien pretendía colocarse al margen de esa actitud soslayando su alta responsabilidad política en el régimen, de la cual nunca ofreció indicios que aborrecía en los momentos estelares que debió de hacerlo.

 

Ya descabezada la tiranía en 1961cuando la juventud se lanzó a las calles a luchar contra los remanentes de la familia Trujillo y Balaguer continuaba en su rol de presidente títere, se desarrolló la masacre de los muchachos de la calle Espaillat en Santo Domingo, el 20 de octubre. Balaguer dirigió una alocución al país en su condición de presidente el 22 de ese mes y destacó:

“Sean mis primeras palabras para felicitar calurosamente a la Policía Nacional por la ejemplar conducta que observó desde las explosiones de violencia que han ocurrido en los últimos días en diferentes localidades del país”.

 

“Es la primera vez, en la historia del país, que las fuerzas del orden ofrecen a la ciudadanía un ejemplo de civilidad que honraría a los cuerpos castrense de los países civilizados de la tierra”.

 

Cuando felicitaba a la policía trujillistas por los desmanes provocados en contra de la juventud criolla en la calle Espaillat de Santo Domingo, posiblemente estaba pensando en las reflexiones de su “Jefe” en el ascensor del Palacio Nacional.

 

En este periodo saturado de agresiones a la población, Balaguer desde el Palacio Nacional se mantuvo justificando todas las tropelías de Ramfis Trujillo. Llegó al extremo que en la mañana del 18 de noviembre se hicieron ingentes esfuerzos para que desde su posición de presidente interviniera impidiendo la masacre de los ajusticiadores del tirano presos en La Victoria, este mandatario no movió un dedo para impedir ese holocausto. (Alejandro Paulino Ramos. La dictadura de Trujillo. vigilancia, tortura y control político.  Impresora Soto Castillo S. A. Santo Domingo, 2020. p. 358).

 

John Bartlow Martin enviado especial del Gobierno de Estados Unidos en esos momentos críticos, en su libro El destino dominicano,  aunque pretendía exonerar a Balaguer de los desmanes que ocurrieron en esos momentos, admitió que este con su responsabilidad política jugaba un papel oscuro en dichos acontecimientos:

“De todas las personas con quienes me entrevisté durante este viaje, Balaguer me pareció el más enigmático. No podía entender por qué hacía este papel, bajo la presión de los militares y de la oposición, abucheado en las calles por sus conciudadanos, presidente de un gobierno en bancarrota al cual esperaba el caos. ¿Por amor al país?, ¿por dinero?, ¿por el oropel del mando?, ¿por miedo? Nunca lo supe”. (John Bartlow Martin. El destino dominicano. La crisis dominicana desde la caída de Trujillo hasta la guerra civil.  Editora de Santo Domingo. S.A.  Santo Domingo, 1975. p. 75).

 

Bien conocía John Bartlow Martin, que este señor no se inmutaba ante los manantiales de sangre, siempre que pudiera estar sentado en su “silla de alfileres” del Palacio Nacional.

 

La verdad no puede ser extirpada por los albaceas políticos de Balaguer, quien sirvió muy a gusto justificando y encubriendo los crímenes de la “Era de Trujillo” desde los más importantes cargos del Estado, para después ensayarlos bajo su absoluta responsabilidad en su autoritario régimen de los “doce años” de los que también trató de exculparse, alegando que los “incontrolables” eran los responsables de los innumerables asesinatos políticos durante su muy fatídico mandato. Los mentirosos no pasarán!