La luna asombrada

Bajo la lluvia

Me invitó a caminar por una ancha y solitaria explanada. Ya la noche se había trepado al cielo. Su rostro y el mío estaban empapados por la lluvia.

Por David Pérez Núñez

Inesperadamente todo cambió. Un día dejó una nota sobre la puerta: "no vuelvas nunca más, no te quiero volver a ver".  Fue todo tan de repente que no me dio tiempo a recomponer lo sucedido. Giré sobre mis pasos y comencé a bajar los escalones realmente turbado. En cada descanso respiraba profundo. Quería entender, buscar una brújula que orientara la proa de mi barco, pero me fue imposible. Cuando llegué al último peldaño y a punto de abrir la puerta de salida había recorrido nuestros cinco años de vida en pareja. Ya solo me quedaba por evocar en aquel momento nuestro primer encuentro.

Sucedió en una tarde que amenazaba lluvia. Yo llevaba un tiempo evadiendo aquella cita. Estaba concentrado por aquel entonces en reunir las páginas para un libro de cuentos y había puesto una serie de condiciones para vernos. Debía llover ese día apaciblemente sobre la ciudad colonial, nos encontraríamos en el café de los poetas frente a la catedral y más tarde caminaríamos bajo el aguacero hasta un cine cercano para disfrutar de una película de Woody Allen... Toda una serie de obstáculos, meras excusas por mi parte para no vernos. Sin embargo aquella tarde se presentó una lluvia pertinaz y ella, resuelta, llamó para preguntarme dónde estaba. Yo tímidamente respondí que en casa de mi madre. Me pidió mi ubicación exacta y se la di. Pasó a recogerme como quién rapta a una doncella y se dirigió hacia la entrada del Jardín Botánico. Todo estaba desolado, tan solo unos bancos discretos nos invitaban a sentarnos y así lo hicimos. Al principio la distancia fue prudente, pero luego -tras leerle "A la izquierda del roble", de Mario Benedetti- el diálogo se torno más cercano. Más tarde ella acarició mi oreja con sus dedos fríos y nerviosos y dijo: no te imaginaba tan tierno. La verdad es que me sonrojé un poco, pero alentó en mí el valor y toqué sus labios con mucha dulzura. Comenzaron entonces a caer de nuevo algunas gotas de lluvia y ella me invitó a caminar por una ancha y solitaria explanada. Ya la noche se había trepado al cielo. Su rostro y el mío estaban empapados por la lluvia. Nos besamos entonces bajo un árbol del almendro. Todo esto lo pensé mientras pisaba el último peldaño y cerraba la puerta para no volver jamás

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