Tras discurrir 57 años del estallido de la sublevación patriótica que procuraba el retorno a la constitucionalidad, se puede establecer que lo acontecido aquel mediodía del  24 de abril de 1965 fue el resultado de un golpe de Estado revolucionario anhelado. La restauración  del derrocado Gobierno Constitucional estaba palpitante en el ambiente nacional. Los rumores de golpe de Estado se hicieron una costumbre, se acrecentaron en enero de 1965 al producirse una grave crisis político-militar en la cúpula oligárquica que había se había apoderado del poder.

Fuente: Listín Diario.  Santo Domingo, 4 de marzo 1964

El general Belisario Peguero convertido en jefe vitalicio de la Policía Nacional, en enero de 1965 fue enfrentado por importantes oficiales de esa institución que le imputaban graves irregularidades. Los coroneles Francisco Alberto Caamaño Deño, subjefe de Radio Patrulla y José de Jesús Morillo López, ayudante del jefe de la policía, lideraban la protesta. Se ordenó el arresto de ambos, pero estos fueron acogidos en la aviación y el Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas (CEFA), lo que originó un agudo conflicto, que determinó la eliminación de la irregular autonomía de la policía y la ·”renuncia” de Belisario Peguero, a quien le fue creado en principio un cargo de subsecretario de las Fuerzas Armadas por la policía. Se nombró jefe de la institución al coronel Herman Despradel Brache. Los inconvenientes se extendieron al Ejército, fue reemplazado el jefe de la intendencia coronel Neit Nivar Seijas, líder de los militares balagueristas. En la aviación fue designado un nuevo jefe, el general Juan de los Santos Céspedes (Pimpo).

Fuente: Listín Diario. 19 de enero 1965

El general norteamericano Andrew P. OˈMeara, jefe del comando Sur de los Estados Unidos, llegó al país en aquellos momentos conflictivos  en una visita de “cortesía”. Este oficial tenía el inefable antecedente que hizo una gira similar en los días previos al derrocamiento de Juan Bosch en septiembre de 1963.

El general OˈMeara reunido con el Secretario de las Fuerzas Armadas Elvis Viñas Román, en las oficinas de la Secretaría de las Fuerzas Armadas, en esos tiempos en el Palacio Nacional. Fuente: Listín Diario. 10 de enero 1965

A nivel callejero se sospechaba existía una aguda pugna entre el secretario de las Fuerzas Armadas Elvis Viñas Román  y el jefe del CEFA, Elías Wessin y Wessin. Tratando de zanjar el conflicto, Donald Reid Cabral, mandamás del Triunvirato, asumió la Secretaría de Estado de las Fuerzas Armadas y Viñas Román fue enviado a un cargo burocrático de agregado militar en Washington.  En el Ejército y la Marina se nombraron nuevos jefes, Marcos Rivera Cuesta y Francisco Rivera Caminero, respectivamente.  Además fueron suprimidos los cargos de subsecretarios de las Fuerzas Armadas. La opinión pública desde las gradas estaba muy atenta al grave pugilato entre los golpistas.

Abraham F. Lowenthal, analista norteamericano, que vivió en el país los acontecimientos de la época, planteó en una investigación que la CIA en febrero y abril recibió informes de un supuesto complot contra el triunvirato, añadiendo: “Sin embargo, estos documentos recibieron poca atención, dada la enorme cantidad de rumores e informes sobre complots, […]. (Abraham F. Lowenthal. El desatino americano.   Editora de Santo Domingo, S. A.  Santo Domingo, 1977. Los rumores dominaban el ambiente de manera apabullante.

Aunque se pensaba que la crisis se despejaba, se mantuvo latente.  Corrió la conjetura del reemplazo de Wessin y Wessin, se decía gestionaban un plácet para enviarlo a un cargo diplomático en el exterior. De enero a abril los comentarios callejeros siguieron en máxima ebullición. El expresidente Juan Bosch, desterrado en Puerto Rico, publicó un importante artículo sobre la crisis político militar, comentaba el exmandatario:

“Debido a que ahora las Fuerzas Armadas están aisladas, sin ningún respaldo ni de los golpistas civiles ni del pueblo golpeado, Donald Reid Cabral ha podido cancelar jefes, trasladar a otros, autodesignarse Secretario de las Fuerzas Armadas, y el pueblo ha visto esos movimientos sin darle importancia y hasta con cierta simpatía; y si Donald Reid sigue desmantelando los comandos militares y policiales podrá hacerlo en la seguridad de que no encontrará el menor obstáculo ni de parte de los militares ni de parte de la opinión pública […]. (Listín Diario. Santo Domingo, 31 de enero 1965).

En otro párrafo, Bosch analizaba como venían siendo desplazados los jefes militares que se prestaron a promover el golpe de Estado:

“Uno por uno, los militares golpistas han ido cayendo, echados sin consideración ninguna de las filas de las Fuerzas Armadas por sus cómplices civiles, porque estos no quieren repartir con nadie el botín conquistado el 25 de septiembre de 1963. Queda en pie Elías Wessin y Wessin, y este no será nunca el tirano, por mucho que se lo hayan hecho creer los líderes cívicos que lo vienen usando desde 1962”. (Ibídem).

El ilustre líder político tenía toda la razón, uno por uno los golpistas estaban siendo separados de las Fuerzas Armadas. Aunque se había prometido elecciones para reemplazar al Gobierno de facto, el clima autoritario vigente no permitiría unos comicios libres. El investigador italiano Piero Gleijeses en su mentada obra sobre la crisis criolla, al analizar esta faceta destaca:

“Las elecciones, si las hubiera, servirían solamente para legalizar cuatro años más de “donaldismo”. Los tanques de Wessin, serían los electores más persuasivos del afortunado candidato. En cuanto a los Estados Unidos, la decisión ya estaba tomada: con o sin elecciones, respaldarían a Donald Reid Cabral”. (Piero Gleijeses. La esperanza desgarrada. La rebelión dominicana de 1965 y la invasión norteamericana.  Editora Búho. Santo Domingo, 2011. p. 240).

Los investigadores y maestros de historia Ramón Ubrí y José Reinoso en su lúcido libro sobre el Triunvirato, describen que las Fuerzas Armadas estaban divididas en tres facciones. El grupo de San Cristóbal, dirigido por los generales Salvador Montás Guerrero y Félix Hermida, y los coroneles Neit Nivar Seijas, Rafael Ledesma, Braulio Alvarez Sánchez, Rafael Leger y Pérez Aponte. El grupo de San Isidro, dirigido por Elías Wessin y Wessin y Pedro Bartolomé Benoit. El movimiento Enriquillo encabezado por el teniente coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, que abogaba por el retorno a la constitucionalidad. (Ramón Ubrí. José Reinoso. El Triunvirato resultado del golpe de Estado a Juan Bosch.  Editora Búho. Santo Domingo, 2021. p. 175).

El movimiento Enriquillo se preparaba para ejecutar el golpe de Estado revolucionario. El líder del grupo el teniente coronel Rafael Fernández Domínguez, había sido prácticamente desterrado con el cargo de agregado militar en Chile, pero siempre mantuvo contacto con sus compañeros, inclusive en diciembre del 1964 llegó de modo fugaz  para la coordinación del movimiento, en principio programado para enero. El grupo de «La Bomba», constituido por militares comprometidos que habían sido dado de baja y se reunían en una Bomba de gasolina (propiedad de Bolívar Bello Veloz), coordinado por Héctor Lachapelle, integraron a militares activos claves. Los contactos civiles eran Peña Gómez y Molina Ureña.

Se había decidido la fecha del golpe de Estado revolucionario el 26 de abril, se presentaron arrestos e interrogatorios imprevistos a oficiales comprometidos, el coordinador del proyecto teniente coronel Hernando Ramírez fue cuestionado personalmente por el presidente Reid Cabral. Se acordó que si antes de la fecha preestablecida se producían nuevos apresamientos, de inmediato se iniciaría el movimiento. Esa ocasión se presentó en la mañana del 24 de abril, cuando se ordenó el arresto de los tenientes coroneles Giovanny Gutiérrez y Pedro Alvarez Holguín. Además los mayores: Juan María Lora Fernández, Eladio Ramírez Sánchez y el capitán José Aníbal Noboa Garnes, retenidos en el Campamento asiento de la jefatura del Ejército, en la antigua carretera Duarte kilómetro 7 ½, en el lugar que fue residencia del padre de la esposa de Héctor Trujillo, la zona donde hoy está Intec. También se adhería el Campamento Militar 16 de Agosto en el kilómetro 25 de la Autopista Duarte.

Las circunstancias demandaban pasar de inmediato a la acción como estaba previsto. Ahí entran en función los sargentos del Ejército comprometidos con el plan, la vanguardia los  de A. & C. (administración y compañía) o sea oficinistas. El sargento mayor Pedro Lantigua Bravo emergió como líder en esos momentos cruciales, alertó al capitán Peña Taveras sobre lo que ocurría. Los sargentos participantes Méndez Batista, Novas Rosario y Lantigua Bravo en su muy importante libro sobre La actuación de los sargentos… explicaron lo ocurrido en ese histórico mediodía en la jefatura del Ejército:

“El momento llegó cuando el sargento Lantigua anunció: “el movimiento ha comenzado”. El capitán Peña que estaba preparado y listo para entrar en acción, ascendió de inmediato por la escalera delantera, seguido por los sargentos de A y C Nelson William Méndez Batista, Fermín Roque Batista Herasme (Q.E.P.D.), sargento mayor, taquígrafo Rafael Batista Matos (Fello) (Q.E.P.D.), 2do. teniente Santiago de Jesús Faña Riva y el cabo Mariano Cueto Maldonado. Mientras por la escalera trasera, ascendieron los sargentos mayores Pedro José Lantigua Bravo, Esteban Peña Mena, Lino Familia Medina, raso Severino Leocadio Castillo, cabo mecanógrafo Guarionex Novas Rosario y el raso Felipe Alvarado Deschamps (F), tomando posición los demás soldados comprometidos en la planta baja y en los alrededores de la Jefatura. Incluyendo el sargento mayor Reiniro Cueva Medrano, que llegó y se integró”.  (Nelson William Méndez, Guarionex Novas Rosario, Pedro Lantigua Bravo.  La actuación de los sargentos de la jefatura de Abril, 1965.  Editora Universitaria UASD. Santo Domingo, 2012. p. 118).

De inmediato hicieron su primer prisionero el mayor Héctor García Tejada, del G2 y del Estado Mayor del jefe del Ejército, trató de hacer resistencia pero fue neutralizado.  García Tejada, en el Gobierno de Balaguer alcanzó el cargo de secretario de Estado de las Fuerzas Armadas. También fue apresado el mayor Humberto Trifilio Estévez, (que en ese lapso fue reintegrado) por igual del Estado Mayor, este llegó al rango de general.

El grupo insurgente continuó su decidido tránsito hacia la oficina del jefe del Ejército Marcos Rivera Cuesta, ordenándole rendirse, el general conversaba por teléfono y pretendió ignorar la sorpresiva orden de sus subalternos, quienes le arrancaron el teléfono de las manos.  Peña Taveras le explicó los motivos de esa actitud. Los sargentos actuantes, en su libro nos dicen como transcurrieron esos muy críticos instantes en dicha oficina:

[…] tornándose el general Rivera Cuesta un poco desconcertado  y pasivo; ordena a sus ayudantes que entreguen las armas y vamos a ver que quieren estos muchachos, y dirigiéndose al capitán Peña Taveras, le dice: Peña, “pero tú te has vuelto loco” a lo que Peña contesto “si tratar de acabar con toda esta vagabundería es estar loco”, nosotros lo estamos, por lo que el coronel Hernando Ramírez también le explicó sobre las acciones que se estaban tomando y la necesidad obligatoria que exigía el momento, calmándose y entrando en razón, al que desde ese momento fue arrestado, atendiendo a decir: ¡Ustedes saben en lo que se están metiendo! Solo pusieron resistencia a ser arrestado el mayor Héctor García Tejada y el mayor Pompeyo Vinicio Ruiz Serrano”

“Más allá, y en otro modesto despacho, el subjefe coronel Maximiliano Ruiz Batista, quien no hizo ningún gesto ni movió un dedo antes de entregar sus armas, dijo: “Yo no voy a pelear por nadie”. Al igual también el mayor José Silvestre García, que al darse cuenta de los arrestos que se estaban haciendo, corrió hacia el despacho del Jefe de Estado Mayor para informarle lo que estaba ocurriendo y quien también fue arrestado”. (Nelson William Méndez, Guarionex Novas Rosario, Pedro Lantigua Bravo, Obra citada p. 120).

Marcos Rivera Cuesta apartándose del código no escrito, pero real de «enmudecer ante la historia» establecido por su sector, de modo muy discreto rompió el silencio y se refirió a estos acontecimientos, escribió resaltando los vínculos de los grupos militares balagueristas y constitucionalistas:

“Se unieron los dos grupos que eran antagónicos y se comprometieron a hacerme preso a mí quien era jefe de Estado Mayor del Ejército Nacional para forzar al Dr. Donald Reid Cabral a renunciar a la presidencia de la República y a formar un Gobierno Militar que llevara al país al restablecimiento del orden constitucional por elecciones libres en el menor plazo posible. No con el regreso del expresidente Bosch, a la presidencia de la República”. (Marcos Rivera Cuesta. Las Fuerzas Armadas y la política dominicana.  Talleres de Artes Gráficas. Santo Domingo, 1986. p. 120).

Sobre su apresamiento, de modo escueto confesó lo siguiente: “Siendo jefe de Estado Mayor fui apresado por un grupo de compañeros militares el 24 de abril de 1965, conjuntamente con mi Estado Mayor […]. (Marcos Rivera Cuesta. Obra citada. p. 12). Héctor Lachapelle confirmó se producían reuniones entre los miembros del Movimiento Enriquillo y el clan de San Cristóbal. (Héctor Lachapelle. Aprestos organizativos de la gesta. Ed. en Guerra de Abril inevitabilidad de la historia. Textos del Seminario sobre la Revolución de 1865.  Secretaría de Estado de las Fuerzas Armadas. Santo Domingo, 2002. p. 65). Las acciones del 24 de abril fueron organizadas por el Movimiento Enriquillo, y este grupo siempre mantuvo el objetivo de retorno a la constitucionalidad.

En el transcurrir de aquel arduo mediodía de Abril, llegó la 1.30 de la tarde y empezaba el programa radial Tribuna Democrática del PRD, coordinado por Peña Gómez, que era de los civiles que conocían el proyecto reivindicador. El capitán Peña Taveras ordenó al raso Severino Leocadio Castillo que lo localizara por teléfono para comunicarle que había estallado el movimiento. El líder político se sorprendió porque esto se esperaba para el lunes 26, y solicitó que otro oficial le confirmara la información, el segundo teniente Salomón Bastardo Díaz reiteró la gran noticia. Peña Gómez anunció al pueblo que militares habían iniciado una rebelión militar para restaurar la constitucionalidad. Quien esto escribe puede dar testimonio que casi inmediatamente miles de ciudadanos se lanzaron a respaldar el movimiento insurgente por la avenida Duarte en una movilización que llegó a la calle Del Conde y zonas aledañas. Los cascos blancos lucían impotentes ante la enorme masa que de modo espontáneo respaldaba el estallido.

Las masas movilizándose en la avenida Duarte tras el histórico llamado de Peña Gómez. Fuente: Juan Pérez Terrero. Gráficas y relatos de la revolución de abril de 1965. Editora Collado. Segunda edición. Santo Domingo, 2004. p. 21).

Guaroa Ubiñas Renville en su libro testimonial sobre la guerra, refiere que una movilización de masas populares también inundó los alrededores del Palacio Nacional desde la avenida 30 de marzo. Mientras se burlaban del camión policial que lanzaba agua coloreada para manchar a los manifestantes y luego apresarlos. (Guaroa Ubiñas Renville. Un joven en la guerra de abril. Testimonio.  Editora Manatí. Santo Domingo, 2003. pp. 22-23). Este vehículo, fue inutilizado y se mantuvo en exhibición en el parque Independencia durante todo el período de la guerra.

Rafael Gamundi Cordero, dirigente del PRD, estaba en La Vega esperando un indicio de la sublevación, de inmediato salió para unirse a los rebeldes con un grupo de revolucionarios, nos describe la efervescencia popular que observaron en el trayecto:

“Desde que salimos de La Vega, hasta que llegamos a nuestro destino, los bordes de la autopista estaban repletos de gente lanzando  consignas, levantando banderas y alzando los puños. También en las lomas se veía a distancia, gente de todas las edades y condición social que saludaban ondeando banderas o lienzos blancos”. (Rafael Gamundi Cordero. Afán de libertad. Vivencias de un incansable luchador revolucionario.  Editora Centenario. Santo Domingo, 2014. p. 146).

Esa inolvidable tarde de abril se tornó plebiscitaria contra el Gobierno de facto. Teresa Espaillat digna combatiente en esta jornada, ha dejado plasmado para la historia la actitud de las fuerzas progresistas, que de inmediato se lanzaron a respaldar el estallido:

“El sábado 24 por la tarde yo tenía en mi bolso el   “arma” necesaria en ese momento: un “spray” para escribir en las paredes de la ciudad de Santo Domingo consignas contra el colonialismo. Y realmente sirvió para escribirlas acerca de la restauración de la Constitución de 1963 y el retorno de Bosch a la presidencia”. (Teresa Espaillat. Abril en mis recuerdos. Testimonios de una combatiente.   Cocolo Editorial. Segunda edición. Santo Domingo, 2002. p. 10).

Desde el bando adverso, está disponible la versión a cargo del teniente coronel piloto Luis José Domínguez Tavera, quien junto  al general Juan Pimpo de los Santos Céspedes,  jefe de la Aviación, estaban practicando golf en el Hotel Embajador. Al escuchar la algarabía sobre el movimiento armado, decidieron regresar a San Isidro. Domínguez Tavera comentó que la noticia: “[…] se propagó como un polvorín, incitando al pueblo a tirarse a la calle”. Acentuaba que vestían ropa deportiva, añadiendo:

“Notábamos en las calles una cierta intranquilidad, mientras nosotros con los atuendos deportivos y la gorrita, pasábamos desapercibidos. En silencio procesábamos la situación, un mutismo que interrumpí para decirle mientras miraba los transeúntes: Compadre, ¡si esa gente supiera quienes vamos en este carro!”. (Luis José Domínguez Tavera. Piloto del escuadrón de caza. Desde 1952 hasta 1968.  Imprenta Sunshine Graphics- Miami, 2015. pp. 300-301).

El capitán piloto Ricardo Bodden, comprometido con el movimiento constitucionalista en San Isidro, detectó que Pimpo de los Santos estaba jugando golf en el hotel Embajador, y desde la Base Area trató de localizar por la vía telefónica al mayor ® Agustín Núñez Noguera, para que enviaran un equipo de los rebeldes a apresarlo en el área del hotel Embajador, no fue posible la comunicación. Este paso hubiese sido muy interesante. (Víctor Gómez Bergés. Verdades ocultas del Gobierno de Juan Bosch y de la Guerra de Abril. Con relato del capitán constitucionalista Ricardo Antonio Bodden López.  Edit.as. Editores Asociados. Segunda edición. Santo Domingo, 2011. p. 280).

Desde la óptica de la derecha rancia, insertaremos la versión de Danilo Brugal Alfau, quien sería miembro del gabinete del “tristemente célebre Gobierno de Reconstrucción”. Al referirse al estallido aunque señalaba que el movimiento en el primer momento tenía una adhesión unánime, pero según su versión:

“La venenosa campaña de Peña Gómez, su agitación, hizo que el estado del pueblo dominicano se ensoberbeciera. Sus noticias sobre un levantamiento militar se esparcieron como pólvora por toda la República […]. (Danilo Brugal Alfau. Tragedia en Santo Domingo (Documentos para la historia).  Editora del Caribe, C. por A. Santo Domingo, 1966. pp. 17-18).

Asumiendo el deber que le correspondía en aquellos históricos momentos Peña Gómez y un grupo de locutores comprometidos con el movimiento insurgente, tomaron a Radio Santo Domingo Televisión, el Triunvirato en sus últimos estertores ordenó apresarlos y reprimir la movilización popular que dominaba las calles.  La policía envió al coronel Adames Ovalles y el mayor Bisonó Jackson a apresar a Peña Gómez y los locutores. En la foto histórica según la explicación del entonces mayor Bisonó, es el coronel Adames Ovalles quien conduce preso a Peña Gómez. Bisonó admitió que al día siguiente el coronel Caamaño se presentó al Palacio de la Policía acompañado solo por un ayudante, a procurar la libertad de los presos. De acuerdo a su versión él recomendó apresar a Caamaño, pero el jefe policial Herman Despradel Brache, aceptó el reclamo y liberó a Peña Gómez y sus acompañantes. (Eligio Bisonó Jackson. Mis vivencias.  Delfos Editores. Santo Domingo, 2011. pp. 94-99).

El coronel Ramón Adames Ovalle conduce preso a Peña Gómez. Fuente: Juan Pérez Terrero. Obra citada p. 12.

Siguiendo el hilo de los acontecimientos del día 24, en horas de la noche Donald Reid se dirigió al país, admitió el levantamiento de dos campamentos del Ejército, manifestó que todo estaba bajo control y que tendrían que rendirse. En realidad la situación marchaba por otro camino, los militares sublevados decidieron tomar la ciudad de Santo Domingo, se hizo sonar la sirena de los bomberos para destacar que algo ocurría y se fue rápidamente incorporando gente del pueblo. Previamente se vinculó al movimiento el campamento de artillería, próximo a los cuarteles rebeldes. El coronel Milito Fernández en sus memorias describe que personalmente se encargó de esa unidad. Destacó conversó con el comandante coronel Luna Asiático y le solicitó una reunión de todos los oficiales para que se convenciera que la mayoría de ellos estaba con la revuelta. Indicó que:

“Un capitán que se encontraba allí se disponía a hablar pero  le vi en los ojos que no estaba con el movimiento. Le dije “un momento capitán es por orden de rango” pues había un mayor en la mesa que sí sabía que estaba con nosotros”. (Emilio Ludovino Fernández. Ya es hora de hablar.  Editora de Colores, S. A. Santo Domingo, 1997. p. 62).

Explicaba cuando le correspondió el turno al capitán de referencia que identificó como Carrasco, este se puso muy serio y dijo “yo me reservo mi opinión”. Añadiendo que dicho oficial “falleció después en un combate singular”. Lo cierto es que se trataba del capitán Hipólito Carrasco (Polo) de Dajabón, quien no murió en ningún “combate singular”. Cayó de modo aciago por la disidencia con el movimiento que le “imputaba  en los ojos” Milito Fernández, en medio de la tensión que dominaba el ambiente. Al comandante Luna Asiático, se le permitió retirarse.

Al día siguiente el coronel Francisco Alberto Caamaño Deño en un operativo militar tomó la sede del Palacio Nacional. Donald Reid y el triunviro acompañante Ramón Cáceres Troncoso, fueron apresados y resguardados en la tercera planta del edificio, porque una masa enardecida pretendía lincharlos.

Militares contienen a la multitud que trataba de llegar hasta el lugar donde estaban los triunviros. Fuente: Juan Pérez Terrero. Obra citada. p. 33.
Otra vista de los ciudadanos dentro del Palacio Nacional. Fuente: Juan Pérez Terrero. Obra citada. p. 35.

José Rafael Molina Ureña, presidente de la Cámara de Diputados asumió la presidencia provisional que por la línea de sucesión constitucional le correspondía, ante la forzosa  ausencia del presidente Juan Bosch, el vicepresidente Segundo Armando González Tamayo y Juan Casasnovas Garrido presidente del Senado.  En sus memorias Molina Ureña anotó que desde San Isidro llegó al Palacio Nacional una comisión negociadora integrada por los coroneles: Pedro Bartolomé Benoit, Pedro Medrano Ubiera y Enrique Casado Saladín, proponían una junta cívico-militar. Según la opinión de Molina Ureña el jefe de la Aviación aceptaba que él encabezara la junta y la celebración de elecciones en no menos de seis meses. ((José Rafael Molina Ureña. Mis memorias 31 de mayo 1961-27 de abril 1965.  Letra Gráfica. Santo Domingo, 2014. p. 174).

La versión más socorrida establece la comisión de San Isidro reclamaba la formación exclusiva de una junta militar.  Benoit al discurrir sobre tan importante punto aclaró que ellos eran portadores de esa propuesta, manifestando que:

[…] ante un hecho ya consumado, solo restaba formar una junta militar que diera atención debidamente a los múltiples y delicados asuntos del país. Y de igual manera, preparar el medio apropiado para, lo antes posible, efectuar una elecciones diáfanas en las que el pueblo pudiese confiar sus patrióticas y nobles aspiraciones. Y nosotros, para nuestros cuarteles”. (Pedro Bartolomé Benoit. Comienzo y desarrollo de la contienda de Abril vista desde San Isidro. Ed. en Guerra de Abril inevitabilidad de la historia. Textos del Seminario sobre la Revolución de 1865.  Secretaría de Estado de las Fuerzas Armadas. Santo Domingo, 2002. p. 142).

El teniente coronel Hernando Ramírez, jefe militar de los rebeldes en esos momentos, rechazó la oferta, enfatizó que la posición de ellos era retorno a la constitucionalidad, dejó sentado para la historia, que:

“También me negué, no obstante las presiones, a aceptar una junta militar, en razón de que nuestro trabajo y nuestra lucha se fundamentaban única y exclusivamente  en salvar el honor de nuestras instituciones armadas y reponer al Gobierno legítimamente elegido, como forma de respetar la voluntad popular y defender la Constitución de la República”. (Miguel Hernando Ramírez. Pormenores organizativos de una conspiración. Ed. en Guerra de Abril inevitabilidad de la historia. Textos del Seminario sobre la Revolución de 1865.  Secretaría de Estado de las Fuerzas Armadas. Santo Domingo, 2002. p. 138)

Molina Ureña puntualizó que Pimpo de los Santos llamaba con frecuencia amenazando con bombardear el Palacio Nacional, si no era aceptada su propuesta. Recalcó que el coronel piloto Federico Fernández Smester habló con el general, y:

“Me informó que De los Santos Céspedes le había dicho que el general Wessin y Wessin lo tenía muy presionado. Un poco más tarde supimos que los paracaidistas, bajo el mando de Salvador Lluberes Montás (Chinino), rodeaban amenazadoramente la Jefatura de Estado Mayor de la FAD y que ya los pilotos de confianza estaban preparados para volar, de manera que la situación empeoraba y el estallido de las hostilidades era inminente”.  (José Rafael Molina Ureña. Obra citada pp. 174-175).

En aquellas muy delicadas circunstancias, el mayor paracaidista Salvador Lluberes Montás (Chinino) se había presentado frente a la jefatura de la aviación con un contingente militar del CEFA  que incluía doce tanques blindados. Arengó a sus tropas antes de penetrar al interior del edificio para exponer su reclamó y ordenó un compás de espera a sus compañeros sino regresaba, para que bombardearan la edificación. Pimpo de los Santos accedió a las exigencias de los militares del CEFA y llamó a Molina Ureña estableciendo el plazo de las cinco de la tarde para que se aceptara la junta militar.

A las 4.55 p.m. se inició el ametrallamiento del Palacio Nacional con aviones cazas Mustang P-51 y Havilland Vampiros MK1, que no solo destruyeron áreas de la edificación sino que dejaron muertes como la de un antiguo diputado. La incursión bélica aérea sorprendió en el Palacio a los negociadores de San Isidro. Molina Ureña describió para la historia la actitud del coronel Benoit en esas circunstancias:

“Pedro B. Benoit exclamó: «Dios mío, se están poniendo locos; estas cosas han podido y debido evitarse». Vino hacia mí, me hizo el saludo militar y lo despedí estrechándole la mano. Nos miramos serenamente, escuchando el ametrallamiento y viendo de qué manera permanecían aterrados hombres uniformados y civiles quienes, atónitos e impresionados por el bombardeo, permanecían como petrificados en el piso del gran salón. El bombardeo cobró varias víctimas”. (José Rafael Molina Ureña. Obra citada. p. 178).

Fuente: Revista de las Fuerzas Armadas. Número extraordinario con motivo de la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre.  C. T. (Santo Domingo) 1956.

Benoit ofreció su versión sobre la postura que asumió ante el ataque de la aviación: […] sucedió lo peor mientras conversaba con el señor Molina Ureña comenzó el bombardeo al Palacio Nacional, y allí terminó todo”. (Pedro Bartolomé Benoit. Obra citada. p. 143).

Benoit y sus acompañantes salieron apresurados del Palacio Nacional rumbo a San Isidro. En aquellos minutos el intento de golpe de Estado revolucionario había cambiado su status, se iniciaba la guerra civil que cuatro días más tarde devino en guerra patriótica.

En el interior los mandos militares se habían manifestado de palabra a favor de la revolución, exceptuando al comandante de San Juan, coronel Juan Esteban Pérez Guillen, de modo paradójico este venía de tener un historial antitrujillista, cancelado por el tirano y tras el tiranicidio fue prisionero por sus vínculos con el general René Román Fernández.

Aunque los comandantes militares del interior decían “apoyaban” el movimiento rebelde se mantenían acuartelados y se negaban a entregar armas a los civiles que  las reclamaban.

Salvador Jorge Blanco, comentaba que en Santiago junto al senador Aníbal Campagna con un grupo de jóvenes del popular y combativo barrio Los Pepines, al anunciarse el estallido del 24 de abril improvisaron un mitin en el parque Colón, se pronunciaron discursos y se proclamó  la Constitución del 63, estableciendo que: “El 25 de abril después de las diez de la mañana, la revolución caminaba triunfante. En Santiago los jefes militares de la plaza habían declarado su apoyo al movimiento constitucionalistas”. (Salvador Jorge Blanco. Guerra, revolución y paz.  Editora Corripio. Santo Domingo, 2003. pp. 55-56).

Jorge Blanco relató que ese día en la tarde junto a Antonio Guzmán, Aníbal Campagna y otros dirigentes del PRD salieron para la Capital a integrarse al movimiento.  Entretanto un grupo de ciudadanos demandaba armas frente a la histórica Fortaleza San Luis, el comandante de la dotación coronel Félix de la Mota se negó a complacer la petición.  Ese era el cuadro general en las demás provincias, los comandantes decían estar de acuerdo con el movimiento insurgente pero no entregaban armas como había ocurrido en la Capital, donde las fuerzas progresistas levantaron la ardiente consigna de «¡Armas para el pueblo!», slogan que fue ejecutado. Esta fue una coyuntura no prevista a nivel general y que se tornó clave en contra de la insurrección. En enero de 1962, Fernández Domínguez el desterrado jefe de los insurrectos lideró un movimiento exclusivamente militar, que depuso el intento autoritario de Rodríguez Echavarría. En principio se pensó en esta oportunidad el problema podía ser resuelto de modo semejante, solo en los cuarteles. Obviamente nadie pensaba la acción podía devenir en una guerra civil.

Las circunstancias obligaron a centralizar la guerra en Santo Domingo, lo que facilitó el desembarco de las tropas foráneas y la rápida decisión de contrainsurgencia que consistió en la división estratégica de la ciudad insurrecta, a través de un supuesto corredor de seguridad internacional en dos grandes zonas Norte y Sur o intramuros. Esto con una logística que incomunicaba a las áreas controladas por los constitucionalistas y permitía el cerco y aniquilamiento de ambos bloques insurgentes por separado.

En la zona Norte fueron rehabilitadas con armas modernas las derrotadas y desmoralizadas tropas del CEFA, se llevó a cabo la “operación limpieza”. Centenares de combatientes mal armados enfrentaron a miles de soldados y finalmente sucumbieron, un grupo logró escabullirse por diferentes vías y reintegrarse al área rebelde de la zona Intramuros. Solo quedó este último bastión constitucionalista, que fue imposible doblegar por las armas hasta que se buscó una salida negociada, la llamada Acta Institucional, que puso término a la guerra patriótica en condiciones muy precarias para los constitucionalistas. No obstante, aquel mediodía del 24 de abril quedó estampado como una trascendental lección en la brega por la vigencia de las libertades públicas, en esta sociedad históricamente asediada por los tiranos.