En El discurso femenino en Santo Domingo (1930-2017) (SD: Soto Castillo, SRL., 2023), el reconocido crítico Diógenes Céspedes enfoca y analiza la importancia y el impacto ideológico de los textos escritos por las mujeres escritoras en la República Dominicana. En su tratamiento del tema, no se limita solo al discurso de las feministas. Opta más bien por una visión más amplia del asunto. No por nada, como podemos observar, en el título de la obra habla, no de un “discurso feminista” per sé, sino de un “discurso femenino”.

Los esquemas de poder dominados por los hombres son perpetuados por el discurso patriarcal, que ha encasillado la escritura de la mujer en la novela sentimental, en los diarios y en la autobiografía. Céspedes forma parte de esa generación de críticos que estudia el discurso femenino por lo que es, es decir, desde una perspectiva diferente a la tradicional.

Hay mujeres escritoras que se han esforzado en ir más allá del molde de su expresión femenina para enriquecer el panorama literario en la cultura dominicana, en casos, hasta mejor que los hombres escritores. Una novela como La victoria, de Carmen Natalia Martínez, y Caña Dulce, de Melba Marrero de Munné, de entre tantos ejemplos, confirman nuestro aserto. Las féminas exploran en sus obras cuestiones de género, de poder, el rol de la mujer dentro de la función de las relaciones sociales de producción, de su resistencia a las estructuras sociales y políticas que las han oprimido como grupo social a través del tiempo.

Sin embargo, hay un tipo de feminismo de impostura que prospera en los espacios burocráticos del poder local y extranjero que deja intacto el discurso patriarcal, dada su visión instrumental y oportunista de la ideología que dicen defender, pese al ruido de sus reclamos por la liberación femenina de sus congéneres. Fue el caso de Minerva Bernardino, y en cierta medida, Abigaíl Mejía, de acuerdo a Céspedes, esta última, y su “pretensión de pequeñoburguesa […] y su equipo más cercano de constituirse en grupo hegemónico alrededor del poder trujillista”. (Op. cit., 180) No así el caso, en absoluto, del feminismo de Carmita Landestoy y de Minerva Mirabal, por poner dos ejemplos, que sin duda, fue militante.

Al tratar de escribir al interior de una sociedad provinciana, por tanto, conservadora, como la dominicana y latinoamericana del siglo XIX y principios del XX, de fuerte orientación machista, nuestras mujeres escritoras han tenido desde esa época que enfrentarse a un sistema político, cultural y social que se ha resistido a reconocerles su derecho como mujeres escritoras a escribir de sus experiencias humanas como mujer por los efectos revolucionarios que desata su escritura, una condición vista con aprensión no solo en el continente americano, sino en el resto de Occidente.

En el siglo XIX resalta la figura de Socorro Sánchez como escritora, la cual, por sus ideas, se había adelantado a su época. Ella, y no Salomé Ureña, como sostiene Céspedes, es la que inicia la educación de la mujer en la República Dominicana. (Véase 62-63). Fue parte de la elite cultural que aupó la candidatura presidencial de Ignacio María González. Fue apologista de su hermano, el prócer Francisco del Rosario Sánchez. Tenía dominio de la escritura y la retórica. Se destaca en aquella el tono ceremonioso, la falta de modestia (78), el sobregiro de su importancia social y el ruido que hacía con los méritos de su hermano patricio (68), por los cuales no escatimaba el menor momento para reclamarlos.

Socorro-Sanchez
Socorro Sánchez

 La ola de discriminación contra las mujeres escritoras ha empezado a bajar con una generación de críticos literarios dentro de los cuales se encuentran el propio Céspedes, Giovanni Di Pietro, y, eventualmente, otros críticos que se suman. En el caso de Di Pietro, es cuanto ocurre con sus estudios sobre Amelia Francasci y su Madre culpable, así como Francisca Martinoff: drama íntimo; Abigaíl Mejía y su Sueña Pilarín; Melba Marrero de Munné, con Caña Dulce; Carmen Natalia Martínez y La victoria y Ludin Lugo y su El caballero de la ciudad, entre otras escritoras. En cambio, desde la óptica de la poética, el método crítico de Céspedes, tales obras dejan las jerarquías del poder patriarcal intactas, ya que las referidas escritoras no se inscriben como sujetos femeninos que estructuren sus discursos en contra de esa ideología que las oprime desde tiempos inmemoriales. En el caso de Salomé Ureña, todavía la ideología feminista no había penetrado de lleno, sino entre finales del siglo XIX y principios del XX. Es decir, ella no abrazó dichas ideas.

En 1850, que es cuando nace Salomé Ureña, el feminismo no se había definido en el país, en una sociedad cerrada como la dominicana con sus rígidas costumbres y una vida total regida por los hombres. En un tipo de sociedad como la descrita, no era ni siquiera imaginable que una mujer escritora cuestionara en su discurso, mucho menos amenazara, los códigos sociales,  idea que ciertamente exploró Francasci en su obra Francisca Martinoff… Que es lo que hace el feminismo radical contra el discurso patriarcal que tiraniza las mujeres.

Para Céspedes, con una visión postmoderna de la historia y la cultura, Abigaíl Mejía es la “gurú mayor del feminismo”, y “de trujillismo tibio” (10), que incurrió en torpeza discursiva. Practicó un racismo que rayó en escándalo, producto del “racionalismo positivista” de la época, con visos de darwinismo social, que se quedó corta al ver que la tonalidad de la piel no determina lo que somos, sino la lengua y la cultura. Abigaíl, escribe Céspedes, “apostó a la unidad indisoluble del trujillismo y el feminismo” (93), una ecuación insostenible, dado el machismo a rajatabla del dictador y cuyo visto bueno a la participación de la mujer no lo hizo sino por instrumentalismo.

Petronila Gómez fundó la revista Fémina, la primera de su género en el país en 1922, en el periodo de la ocupación militar yanqui. Sus esfuerzos democráticos a favor de la lucha por los derechos políticos de la mujer, chocaron con la falta de libertad en el régimen de Trujillo, el cual terminó instrumentalizándolos.

Carmita Landestoy

Con la frustratoria y excluyente frase de “porque soy mujer y pobre por añadidura”, pensamos que Carmita Landestoy marca un punto de inflexión en el discurso femenino desarrollado hasta el momento. Indignada, arremete contra Trujillo, al sostener que “me cree indefensa y me ataca con las más innobles armas”. (103) La fortaleza y el coraje femenino en Carmita hicieron posible que no tuviera reparo en enfrentar al dictador, a quien consideró cobarde, sin medir los riesgos que su apuesta conllevaba; postura, la suya, que resalta en el seno de un país embrutecido por el terror y el miedo en los hombres, cuanto cobra más fuerza tanto por ser escrita por una mujer. Por ser la primera fémina que escribe un libro contra Trujllo, de por sí acusa un valor incalculable en la historia del país.

No se sabe si por el hecho de haber sido mujer o si por otras absurdas razones, hay que reconocer la perspicacia que ha tenido Céspedes de reclamarle a Jesús de Galíndez que haya parafraseado pasajes del libro Yo también acuso, de Landestoy, y que  no le haya dado los créditos. (106) La obra ha visto cuatro ediciones: una en Cuba, otra en Nueva York, una en el Ministerio de Cultura, y una última en el Archivo General de la Nación. Gracias a las gestiones del historiador Alejandro Paulino Ramos, que desempolvó el libro, conocemos a Carmita y su obra.

De haber sido por su condición de mujer, lo más lejos que habría tenido Carmita es que el impacto de su frase lapidaria de marras, “porque soy mujer y pobre por añadidura”, resonaría más de lo que se hubiese imaginado. No solo Trujillo la hizo sufrir sin haberlo merecido cuanto que otro hombre también lo habría hecho, esto es, Galíndez, al haberla parafraseado en su libro probablemente, lo que imprimiría contra su género, un efecto rapaz.

Fueron tales la saña y la virulencia de Trujillo contra una dama, Carmita, que la atacó desde las sombras, con telegramas, pasquines y panfletos (126). El tirano empleó sus armas sucias, pan nuestro en su régimen, para desacreditarla. No le perdonaría que le haya desafiado en su condición de macho con todo el poder en sus manos.

Carmita demostró tener valentía frente al dictador, en contraste con una partida de hombres intelectuales serviles a quienes debió darles, si bien un mínimo de vergüenza, que una mujer se les haya adelantado en su crítica abierta y frontal contra un poder totalitario como el de Trujillo, a excepción de Requena, pero más tarde.  Su pluma, no cabe duda, resultó ser como arma más poderosa que la pistola del propio dictador, por haberle ganado el desigual combate de una David contra un Goliat en términos morales, tanto como mujer como escritora.

Landestoy superó con su coraje y lucidez al feminismo pasivo de Abigaíl. La opacó en semejante ideología. Es la antítesis de aquellas feministas trepadoras y de pacotilla, por muchos conocidas, que para disfrutar del poder han sido capaces hasta de vender y empaquetar su propio cuerpo.

Aída Cartagena Portalatín

Aída Cartagena Portalatín, en criterios de Céspedes, ha sido recuperada como “el paradigma mítico de la mujer”, que en tiempos de adversidad para aquellas a las que se las considera como el “sexo débil”, demostró que el género no determina la capacidad para hacer buena literatura. (140)

Resalta en esta sección de El discurso femenino… la figura de doña Ivelisse Prats Ramírez de Pérez, que en su defensa y fomento de la teoría feminista, nos dice Céspedes,  que asumía una ideología del compromiso literario más acorde con las preferencias de un seguidor del realismo socialista. (140) Llama la atención su activismo, su retórica y su instrumentalismo político. De acuerdo con Céspedes, en un tributo que se le rindiera a Cartagena Portalatín, el discurso de la finada política y educadora, “juega el rol instrumentalista, demagógico, y retórico de cualquier recuperación de la poesía por parte del poder”. (141) Falta en Cartagena Portalatín, prosigue nuestro crítico más adelante, “la reflexión sobre el lenguaje y la lengua [lo cual] constituye un rompecabezas inconsciente para constitución de la especificidad del sujeto femenino en el discurso […]”. Y para premiarnos con esta joya del utilitarismo político en relación con nuestra poeta, nos dice doña Ivelisse: “Está contigo el Gobierno que preside tu amigo el Dr. Salvador Jorge Blanco, quien te admira, te lee y te cita”. (144)

En el poema “Una mujer está sola”, Cartagena Portalatín demuestra ser una poeta de renombre, a la altura de conceptualizar su drama íntimo como mujer y escritora, en su elemento, frente a sí misma y ante el destino en una sociedad dominada por el machismo, con sus códigos morales y sociales convencionales. No es cierto que contribuirá con la estadística añadiendo más hijos a la población, como simple fábrica de hacer muchachos, como se ha visto burda y tradicionalmente a la figura de la mujer, que gira en torno a la casa, su lugar por excelencia, como en la novela sentimental, sino como ser pensante, de por sí, algo a valorar en ese tipo de sociedad cerrada. Cartagena Portalatín intentó inscribirse como sujeto con un nuevo discurso con el que quema puentes con la ideología machista: “No hay retorno. Su casa ya no existe”, escribe en su poema “La casa”. (150) No obstante, como se apunta más arriba, la redefinición de la ideología del compromiso literario hizo que el Poder restituyera sus poemas.

El “discurso político-social” tuvo sus efectos en la percepción y la implicación de las mujeres en la sociedad dominicana en el periodo 1961-1997. En el fondo, la frase de Américo Lugo que reza que “la falta de conciencia política y de conciencia nacional”, que Céspedes prohíja y la hace su buque insignia en varios de sus libros, responsables de la Anexión de la República a España, de la ocupación yanqui del 16 y de otros periodos históricos en nuestro suelo, no tiene por qué no haber influido también en el periodo descrito al principio de párrafo con respecto a la percepción y participación de las mujeres en la sociedad dominicana de entonces. Según el crítico, existe una gran confusión en la perspectiva teórica  que adoptan las feministas como sujetos, término al que confunden, entre otros casos, con el sujeto gramatical. (Véase 178)

Minerva-Mirabal
Minerva Mirabal

Como en periodos anteriores, también en dicho periodo a la mujer se la marginó. Sobresale en él el Consejo de Estado, inmediatamente después en el gobierno de Bosch, el Triunvirato en medio de las intensas luchas en favor de la democracia y la libertad del pueblo dominicano. Cabe recordar que a finales de los años cincuenta, hasta 1960, fecha en que cae derribada por Trujillo, se destaca la valentía y los altos vuelos de Minerva Mirabal, una mujer de vanguardia, pero que habría perdido de vista el hecho de que Trujillo no fue un dictador de cartón ni de zarzuela, sino el tirano más sanguinario del área; un sátrapa sin miramientos, que había sido aupado por los yanquis  desde antes de la caída de Horacio Vásquez en 1930 hasta casi finalizado el régimen, cuando le retiran su apoyo.

Jeannette Miller

No se debe pasar por alto la importancia de la diversidad de voces en el discurso femenino en la República Dominicana. Otra poeta y escritora feminista con grandes intereses intelectuales, que también ha dejado huellas en su poesía, similares a los de Cartagena Portalatín, es Jeannette Miller. Es de las poetas que se siente profundamente confundida por la imagen que tiene del amor erótico como se echa de ver en algunos de sus poemas: “No puedo,/te forjé diferente./ Y ahora, de filo con tus ojos, con tu boca,/ te desconozco”. (258) En palabras del crítico, Miller justifica la imagen de la mujer en Occidente, que más que justificar, nos parece que la rechaza junto al discurso que se ha tejido sobre esta; que es lo que intenta hacer igualmente Cartagena Portalatín en sus poemas analizados en El discurso femenino… No obstante, Miller, en lugar de intensificar en su discurso poético la resistencia a semejante representación sobre la mujer, llega a desvalorizarse como se entrevé en el poema “El brote de la espiga que crece en el agua”: “La huella que deja el hombre en la mujer” (269), explica una aberración que tiene el hombre en su percepción  de la mujer, esto es, de una parte del Otro, en Occidente, lo que la lleva, no sin razón, a estar a la defensiva, y en consecuencia, a incurrir en autodesprecio: “No creo ni en flores /mucho menos en mí misma”. (287)

En cambio, Soledad Álvarez, sin la misma madera poética de Cartagena Portalatín y de Miller, se parapeta en la ideología marxista en su prosa. Es alimentada por esta. Por tal razón, no puede evitar el “maniqueísmo ideológico” que rubrica su escritura, así como el de todo el aparato que le es añejo a ese tipo de discurso, y subsumido en este, el concepto de la literatura como reflejo de la lucha de clases de Marx y Engels. Diógenes le reclama a la escritora y poeta haber tomado conceptos prestados a la poética de Meschonnic sin haberle dado los créditos (Véase 300), un detalle que pasaron por alto los miembros del tribunal de tesis en Cuba en la defensa de su trabajo de grado de licenciatura en Filología, cuya tesis la publicó luego en formato de libro con el título La magna patria de Pedro Henríquez Ureña. Por lo visto, Álvarez habría apostado a la desidia intelectual de los críticos para incurrir en los plagios que sugiere Céspedes. Una práctica similar repetiría la poeta con ripios poéticos, al decir de nuestro crítico, en fragmentos o poemas completos autorreferenciales, los cuales adopta de Jorge Manrique en Las coplas a la muerte de mi padre.  (Véase 328)

En lo que respecta a Rita Indiana, la escritora reproduce en sus novelas el desbarajuste moral de la época. No crea valores nuevos en sus obras. Conforme lo postula Céspedes, La estrategia de Chochueca, Nombres y animales y Papi, son light, en las que la escritora queda corta en el dominio de la mecánica de la redacción, en el manejo de los aspectos técnicos elementales de la escritura en un sujeto que se propone construir un discurso para subvertir la ideología patriarcal en sus novelas. La estrategia…, como ironiza Céspedes, “es una de las más anhelantes y expresivas novelas del Caribe [, escrita] en mal español como demuestro más arriba”. (348) Las mencionadas, no son novelas, sino pura pornografía, donde lo cortés, sin lugar a dudas, quita lo valiente. Derrota y liquidación total de la literatura. Para dos muestras obscenas, tan solo dos botones tan excitantes como cloacales: “Las novias que se hicieron pajas con estos güevos caen ahora presa de otra maldición” (337) y “TU MALDITA MADRE HIJO DE LA GRAN PUTA MÉTETE UN DEO EN EL CULO”. (Ibid.) De lo sublime, en el análisis de El discurso femenino…, hemos alzado vuelo a la última esfera del paraíso dantesco en el discurso de una escritora, de aclamación internacional, representativa del feminismo en la cultura dominicana.

En resumen, el análisis de Diógenes Céspedes sobre cómo las mujeres escribieron en Santo Domingo (1930-2017) destaca su influjo en la cultura dominicana. Céspedes muestra cómo estas escritoras desafiaron las normas patriarcales y exploraron temas como género, poder y resistencia. Sin embargo, también señala contradicciones y limitaciones en sus discursos, así como el uso del feminismo por ciertos grupos de feministas y sus maniobras para acceder al poder tanto en el pasado como en la actualidad. Pese a los obstáculos, estas mujeres contribuyeron significativamente a la literatura y al avance del feminismo en la República Dominicana.