TOLEDO – Tarde o temprano la magia política destructiva con la que el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu se mantuvo en el poder durante 15 años estaba destinada a crear una gran tragedia. Hace un año formó el gobierno más radical e incompetente de la historia de Israel. No se preocupen, aseguró a quienes lo criticaban, «sujeto firmemente el volante con ambas manos».

Pero al eliminar cualquier tipo de proceso político en Palestina y afirmar descaradamente en los lineamientos vinculantes de su gobierno que «el pueblo judío tiene derecho exclusivo e inalienable a la totalidad de la Tierra de Israel», el fanático gobierno de Netanyahu llevó a que el derramamiento de sangre resultara inevitable.

Hay que reconocer que corrió sangre en Palestina aun cuando quienes buscaron la paz, como Isaac Rabin y Ehud Barak, ocuparon el cargo, pero Netanyahu, que no puso límite alguno a los socios de su coalición, invitó con ello temerariamente a la violencia. Dejó que ocuparan tierras palestinas, ampliaran los asentamientos ilegales, despreciaran los sentimientos de los musulmanes respecto de las mezquitas sagradas del Monte del Templo, y fomentó delirios suicidas sobre la reconstrucción del Templo de Jerusalén (una receta para lo que podría ser la madre de todas las yihads musulmanas). Simultáneamente, marginó en Cisjordania al líder palestino Mahmoud Abás, más moderado, lo que fortaleció en Gaza al grupo Hamás, más radical.

Según la retorcida lógica de Netanyahu, un gobierno islámico fuerte en Gaza sería el argumento final en contra de una solución política para Palestina. Netanyahu creyó que recompensando a los extremistas y castigando a los moderados, a diferencia de los partidarios de la izquierda que favorecían medidas más suaves, había encontrado finalmente la solución al conflicto palestino. El Acuerdo de Abraham, que normalizó las relaciones israelíes con cuatro estados árabes (y probablemente incorpore pronto a Arabia Saudita) le impidió ver el volcán palestino bajo sus pies.

Pero en la despiadada y bárbara masacre de civiles israelíes en los poblados alrededor de Gaza, al orgullo desmedido de Netanyahu le llegó su némesis: el salvajismo de Hamás. Cincuenta años y un día después de que Egipto y Siria lanzaran el ataque sorpresa que pasó a ser conocido como la guerra de Yom Kipur, Hamás irrumpió en las fronteras israelíes y asesinó a cientos de civiles indefensos. En las redes sociales quedó registrado cómo violaban a mujeres jóvenes junto a los cuerpos de sus amigos. Aproximadamente un centenar de personas —entre ellas, familias completas, ancianas y niños pequeños— fueron secuestradas y llevadas a Gaza.

Muchos quedaron sorprendidos por la facilidad con que Hamás penetró las defensas israelíes a lo largo de la frontera con Gaza… pero esas defensas no existían. Cuando Hamás comenzó a asesinar a cientos de civiles indefensos, el glorioso ejército israelí estaba, en su mayor parte, desplegado en otros sitios. Muchos soldados habían sido asignados a Cisjordania para proteger los asentamientos religiosos en enfrentamientos (iniciados a veces por los propios colonos) con los palestinos que habitaban en la zona, y en festivales alrededor de santuarios inventados. Durante largas horas hombres y mujeres desesperados pidieron ayuda mientras el ejército más poderoso de Medio Oriente brillaba por su ausencia.

Siempre se creyó que Gaza no era una de las principales prioridades, supuestamente, la línea de sensores subterráneos y hormigón armado que construyó Israel alrededor de ese enclave debía bloquear los túneles a través de los que Hamás había intentado penetrar las fronteras para llegar a los pueblos israelíes cercanos en el pasado. No sirvió de nada. Las milicias de Hamás sencillamente irrumpieron por la superficie, a través de las alambradas.

Tampoco hubo inteligencia sobre las intenciones de Hamás. La «nación emergente», cuyas sofisticadas unidades informáticas son capaces de detectar el movimiento de la hoja de un árbol en una base iraní en Siria, no se enteró en absoluto de los planes de Hamás. La obsesión israelí con un posible éxito nuclear iraní y el foco de los servicios de seguridad internos en la región ocupada de Cisjordania explican, en parte, esta negligencia.

El ataque de Hamás no solo constituyó una sorpresa táctica, sino también un bombazo estratégico. Esto quedó en evidencia en la decisión calculada del grupo de no participar en los conflictos entre Israel y la Yihad Islámica, otro grupo militante de Gaza. Hamás estaba creando la impresión de que su gobierno estaba más interesado en cubrir las necesidades materiales de su gente que en la resistencia armada, supuestamente ineficaz. Y los israelíes creyeron lo que querían creer: que los subsidios de Catar y sus propios gestos disuadirían a Hamás de llevar adelante aventuras militares.

¿Qué hacer ahora?, ¿volver a la disuasión?, ¿cómo? ¿Volver a ocupar Gaza a modo de autocastigo? Cuesta imaginar una invasión por tierra. El atroz grado de destrucción y las muertes que eso implicaría es uno de los motivos… la gran cantidad de rehenes israelíes en Gaza implica un seguro adicional y el riesgo de que Hizbulá abra un frente adicional en el norte, desde Líbano, es otro. El poder de Hizbulá es mucho mayor al de Hamás, y una guerra en dos frentes —en la que Irán podría respaldar a los enemigos de Israel— es un escenario apocalíptico.

Exactamente por eso el presidente estadounidense Joe Biden advirtió a los enemigos de Israel que «no aprovechen la crisis». Para dejar en claro su postura, Biden ordenó que el portaaviones más nuevo y sofisticado de la marina estadounidense se desplace al Mediterráneo oriental.

Pero el conflicto entre israelíes y palestinos nunca respondió a una lógica cartesiana.

Clausewitz nos enseñó que la guerra debe tener sentido en el contexto de un objetivo político. La guerra actual de Hamás cuenta con esos objetivos: garantizar su hegemonía en el movimiento nacional palestino, liberar a su gente de las prisiones israelíes mediante el intercambio de rehenes e impedir que los «hermanos árabes», en su apuro por normalizar las relaciones con el estado judío, se desentiendan de las dificultades que enfrenta Palestina. Para el gobierno de Netanyahu, sin embargo, esta es una guerra absolutamente reactiva y carente de objetivos políticos, más allá del de lograr una pausa hasta la próxima ronda de hostilidades.

Un país que no responsabilice a sus líderes por resultados como los que se vieron en las horribles escenas que tuvieron lugar en Gaza no podría afirmar que es una democracia genuina, pero la ponzoñosa máquina de desinformación política de Netanyahu ya está difundiendo una teoría conspiratoria, según la cual los oficiales izquierdistas de las fuerzas armadas fueron los responsables de la negligencia que desembocó en esta guerra sucia. Nadie debiera sorprenderse de que Netanyahu recurra a la infame narrativa del «puñal por la espalda», una teoría conspiratoria que también difundieron los nazis en las décadas de 1920 y 1930. ¿De qué otra forma podría explicar su negligencia criminal el «incitador en jefe»?

Cuando terminen los combates será inevitable negociar el intercambio de rehenes y prisioneros, y es posible que se ponga fin al bloqueo de Gaza, que claramente resultó ineficaz. De todos modos, persistirá una pregunta diferente: las atrocidades que cometieron las milicias de Hamás en los campos de la muerte de Gaza, ¿fueron el camino correcto para conseguir la redención palestina? Su momento de supuesta gloria vivirá en la infamia durante muchos años.

Traducción al español por Ant-Translation

Fuente: https://www.project-syndicate.org/commentary/netanyahu-to-blame-for-hamas-war-by-shlomo-ben-ami-2023-10