El público en la guagua de ida al concierto es variopinto, por dos “puracepa” criollos que se montan, atrás vienen un par de rusos, cuatro argentinos y hasta un chino con un solo objetivo en común: sentir lo que se siente cuando toca Juan Luis Guerra y sus 4.40.

Se disfruta desde caminar hacia la entrada entonando “Frío frío” en la mente, hasta presentar la tarjeta de vacunación, llegar al estadio y ver aquello, un mar de gente tan colorido como cualquier disco de 4.40 que espera a ritmo de DJ Corduroy, con unos sets increíbles repleto de temas del propio Juan Luis.

Cuando suena Rosalía, el primer clásico con que arranca la tocada, ya la algarabía es incontrolable, los corazones van a mil por hora y los pies se mueven solos, como si con cada canción hubiera una advertencia de “prohibido sentarse”.

Entre mar, palmeras y lluvia, ese aguacero que nunca falla en un concierto del maestro, suenan clásicos como “Ojalá que llueva”, “El “Costo ‘e la vida”, “Carta de amor”, “A pedir su mano” y otros, como “Pambiche de novia” o “Kitipún”, que aunque recientes, ya también se han convertido en clásicos.

Aunque Juan Luis no necesita adornos, la luminotecnia, los audiovisuales y los efectos tridimensionales acompañan “al bandón” que además hace un par de cambios de vestuario y una dinámica interactiva donde Roger Zayas, el único miembro original del coro, presenta a los exquisitos músicos.

Tras par de “¡Otra, otra!”, la típica petición del público ya mojado de lluvia, gozo y tragos, la cosa llega a su fin con “La Bilirrubina”, un auténtico alboroto, tal como Juan Luis y los suyos tienen acostumbrados a su público y regalan, en cada canción, el show que la gente merece.