«Discurso de odio» es una expresión que va ganando espacio en la conciencia pública mundial. Puede suceder, como es costumbre, que el uso recurrente e indiscriminado de esta expresión vaya creando resistencias y hasta insensibilidad en quienes deberían ser sus principales destinatarios. Entendamos bien la expresión para salvar lo que ella entraña.

Qué es propiamente hablando un «discurso de odio»

Se considera un discurso de odio toda expresión verbal, escrita o realizada bajo cualquier otra forma de comunicación, que favorezca la discriminación, la hostilidad o la violencia hacia individuos o grupos basados en características como su raza, etnia, religión, género, orientación sexual, discapacidad u otras características protegidas por las leyes. Las expresiones de odio denigran, estigmatizan e incitan al desprecio y la conducta violenta hacia personas o comunidades vulnerables.

El discurso de odio se manifiesta de muchas formas, incluso sutiles, en los discursos públicos, en las campañas publicitarias y hoy especialmente en los comentarios que se vierten sin misericordia en las redes sociales o sitios web.

Consecuencias sociales

Los discursos de odio son perjudiciales ante todo en términos emocionales. Las personas se van cargando de amargura, de agresividad, de resentimiento. Desde este trasfondo afectivo, reaccionan de la manera más virulenta en el momento de enfrentar conflictos asociados a las identidades más arriba señaladas.

Dada la agresividad que se acumula en las personas por la repetición de los discursos de odio, el fenómeno trasciende el nivel personal para constituirse en un verdadero problema social. Los discursos de odio crean problemas de seguridad y ambientes propicios para la violación de los derechos humanos. Las respuestas violentas contra determinados grupos se justifican hasta normalizarse. Por esta vía, la intolerancia se extiende en el tejido social, promoviendo la marginalización de distintos grupos vulnerables de la sociedad.

Como la noción de discurso de odio es relativamente reciente, muchos países ꟷcomo el nuestroꟷ no cuentan con mecanismos legales e institucionales para enfrentarlo. Por este motivo, tiende a confundirse o disimularse como parte de la libertad de expresión.

Viajando a los orígenes para trazar el futuro

Al viajar hacia los orígenes de la noción de discurso de odio podemos ampliar nuestra comprensión de los fenómenos sociales de discriminación, como lo es el racismo.

Para algunos, el discurso de odio es tan viejo como la humanidad. Siempre ha habido manifestaciones de prejuicio, intolerancia y agresividad contra determinados grupos. Sin ir más lejos, recordemos que los primeros mártires cristianos fueron víctimas de una política de odio.

Puede decirse que el odio hacia grupos determinados ha evolucionado a través de la historia y se ha manifestado en algunos hitos clave.

En primer lugar, recordemos todos los conflictos violentos religiosos, como las Cruzadas (siglos XI-XIII), la persecución de judíos y musulmanes en España (siglo XV) y las «Guerras de religión» en Europa central (siglos XVI y XVII). En segundo lugar, tenemos la clasificación racial del mundo, producto de la expansión colonial europea hacia los otros continentes: América, África y Asia. Aquí se gesta el mito de la superioridad racial de los «blancos», que sirvió para justificar la esclavitud, la apropiación de la tierra y la explotación laboral.

En fechas más recientes, hemos conocido versiones estructuradas de discurso de odio.  Durante el siglo XX emergieron los regímenes del nazismo en Alemania y del fascismo en Italia. Ambos se legitimaron sobre el rechazo hacia la población judía. Surgieron movimientos de supremacía racial, como el Ku Klux Clan en Estados Unidos, que promueve el odio contra los afroamericanos. En el presente, las redes sociales se han usado para difundir ideas de desprecio sobre colectivos concretos y se han usado para reclutar personas en movimientos extremistas.

Para más precisión, conviene rastrear la aparición del término en los tratados internacionales. La primera referencia es la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial,  uno de los principales tratados internacionales en materia de derechos humanos. Fue adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 21 de diciembre de 1965. Su artículo 4 establece que «Los Estados partes condenan toda la propaganda y todas las organizaciones que se inspiren en ideas o teorías basadas en la superioridad de una raza o de un grupo de personas de un determinado color u origen étnico, o que pretendan justificar o promover el odio racial y la discriminación racial, cualquiera que sea su forma, y se comprometen a tomar medidas inmediatas y positivas destinadas a eliminar toda incitación a tal discriminación o actos de tal discriminación».

Sin embargo, para fines de crear legislaciones sobre discurso de odio, se tiene como referencia especialmente la Recomendación n.º R (97) 20 del Comité de Ministros del Consejo de Europa, de 30 de octubre de 1997, la cual define explícitamente la expresión: «abarca todas las formas de expresión que propaguen, inciten, promuevan o justifiquen el odio racial, la xenofobia, el antisemitismo u otras las formas de odio basadas en la intolerancia, incluida la intolerancia expresada por agresivo nacionalismo y el etnocentrismo, la discriminación y la hostilidad contra las minorías, los inmigrantes y las personas de origen inmigrante».

Sobre esta resolución, la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia del mismo Consejo, precisó el concepto en su Recomendación nro. 15 de 2016 diciendo que debe entenderse «como fomento, promoción o instigación, en cualquiera de sus formas, del odio, la humillación o el menosprecio de una persona o grupo de personas, así como el acoso, descrédito, difusión de estereotipos negativos, estigmatización o amenaza con respecto a dicha persona o grupo de personas y la justificación de esas manifestaciones por razones de “raza”, color, ascendencia, origen nacional o étnico, edad, discapacidad, lengua, religión o creencias, sexo, género, identidad de género, orientación sexual y otras características o condición personales».

Aplicación a República Dominicana

Como hemos advertido, la idea del discurso de odio provoca reacciones defensivas, sobre todo en las personas que exhiben comportamientos acordes con las definiciones señaladas. No es de extrañar que el recurso abusivo a esta expresión cree mecanismos de inmunidad en ciertas personas. Esto se puede notar sobre todo en cómo se aborda el tema racial.

Normalmente, alguien a quien se le acusa de racista dirá que no lo es. En el caso dominicano, el movimiento Reconoci.do y los religiosos dominicos han denunciado cómo son apresados dominicanos de ascendencia haitiana para meterlos en la “camiona” y deportarlos, irrespetando el debido proceso y violando el derecho internacional que prohíbe expresamente las deportaciones masivas. Las autoridades dirán que esos son casos excepcionales y normales en todos los países. Algunos usuarios de las redes sociales pueden ir más lejos y decir que hay que meter a todos «los morenos» en la «camiona» y botarlos como lastre inservible del otro lado de la frontera. Mientras los denunciantes y las víctimas aducen que se trata de prácticas racistas, los victimarios dicen que son actos legítimos en defensa de la soberanía nacional.

Históricamente, el argumento dominicano contra el racismo es el mito del mulataje, la versión local del mestizaje latinoamericano. Se dice que en República Dominicana no hay racismo porque somos un pueblo «mezclado». Con ello se comete una falacia formal denominada «afirmación del consecuente». Responde a este razonamiento, normalmente implícito en el momento de argumentar: «1) Un racista no se mezcla con alguien de otra raza; 2) Nosotros somos racialmente mezclados; 3) Nosotros no somos racistas». El razonamiento es falso por dos razones: primero, el racismo no se explica solamente por la ausencia de mezcla racial; segundo, la mezcla racial puede darse violentamente y dejar marcas socioculturales de autoestima (como la del sujeto colonizado) o de «exotismo sexual» (como sucede en los procesos ambiguos de descolonización, tan útiles para quienes lucran con el turismo global).

Estar atentos a lo que prescribe la incipiente legislación internacional sobre el discurso de odio es tarea urgente entre nosotros. Como advierte el papa Francisco «cuando una determinada política siembra el odio o el miedo hacia otras naciones en nombre del bien del propio país, es necesario preocuparse, reaccionar a tiempo y corregir inmediatamente el rumbo» (Fratelli tutti, n. 192). La razón es sencilla: el odio engendra más odio.

 

Pablo Mella, SJ. Es sacerdote, y trabaja en el Instituto Superior Bonó. Este texto fue escrito para la columna “No es lo mismo ni es igual” de la revista Amigo del hogar, correspondiente al mes de octubre de 2023.