A solicitud de la delegación de la República Popular China, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se reunió este lunes, en horas de la tarde, para analizar las opciones que pudiera desarrollar la comunidad internacional para ayudar a la estabilidad en Haití.

Participaron como países invitados Haití, la República Dominicana, y Canadá, además de los miembros permanentes y temporales del Consejo de Seguridad. Los permanentes son Francia, Reino Unido, Rusia, Estados Unidos y China.

Francia presidió el Consejo de Seguridad y abrió el debate en el que participaron una docena de países, con discursos que diferían poco respecto al drama que se vive en Haití y la violencia que auspician bandas armadas, que tienen el control de parte del territorio.  La Policía Nacional de Haití ha mostrado en la práctica que no tiene los recursos, las armas ni las condiciones para derrotar a los grupos armados que imponen el terror al pueblo haitiano.

Entre los embajadores que tomaron la palabra estaban los representantes de Estados Unidos, Francia, Rusia y el de la República Popular China. Participaron países africanos que hablaron del supuesto rol que estaría jugando el Caricom en solidaridad con Haití, y el representante de Brasil que anunció un aporte directo de 600 mil dólares para las familias afectadas por el terremoto que afectó en agosto del año pasado el sur de Haití.

En general, sobre los discursos de los miembros del Consejo de Seguridad, hay que decir que resultaron poco esperanzadores. Palabras y más palabras. Nada concreto. Expresiones de solidaridad con Haití y buenos deseos de que la situación mejore o se resuelva. Pero resulta que ha quedado bien claro que todo depende de los haitianos, y todo depende de un pacto de políticos haitianos que no están exhibiendo en estos momentos capacidad de diálogo o muestran poca disposición para dialogar y buscar alternativas a su dramática situación de caos y desconcierto.

Entre los invitados se puede decir que el discurso dominicano, presentado por Roberto Alvarez Gil, fue moderado, cauteloso, respetuoso de la soberanía haitiana, y claro en el sentido de la necesidad de poner fin a la violencia y a las bandas criminales para reordenar Haití, entregar el poder a sus autoridades, con recursos económicos, armas y acompañamiento para que puedan organizar un padrón electoral y celebrar elecciones.

Canadá, a través de su embajador Bob Rae, expresó conocimiento de la realidad haitiana, disposición para continuar apoyando, y compromiso de sus autoridades para apoyar las decisiones que se adopten en torno al Consejo de Seguridad.

Lo más sorprendente, sin embargo, resultó el discurso del ministro de Relaciones Exteriores y Cultos de Haití, Jean Victor Geneus, quien fríamente actuó como político y no como un patriota. Quiso dorar la píldora de la situación en su país, envolvió el escenario con un discurso poco descriptivo, como si pretendiese ocultar una realidad que está ante los ojos de todo el mundo: la ineficacia y ninguna actuación de su gobierno, y la falta de institucionalidad, motivada fundamentalmente por la ambición del primer ministro de facto, Ariel Henry, de extender su gobierno, con total ausencia de propuestas o actuaciones gubernamentales. Con Henry se ha agravado en un año la enfermedad de la democracia haitiana. Ariel Henry no ha mostrado liderazgo y, contrario a lo que pretendía, permitió un serio agravamiento del deterioro en su país.

El embajador que describió más dramáticamente la realidad haitiana fue Roberto Álvarez, casi dando a entender que para los dominicanos es más urgente resolver el drama haitiano que para los haitianos.

¿Por qué la frialdad haitiana ante una oportunidad de que la comunidad internacional apoye la búsqueda de posibles soluciones a la crisis de Haití?

¿De dónde sale el desinterés haitiano por alguna medida que pueda tomar el Consejo de Seguridad de la ONU para beneficiar a ese devastado país?

¿Habrá que ir al fondo del sentimiento de cada nacional o funcionario haitiano para saber qué desean?

La realidad es que los países no saben cómo ayudar a Haití. Reclaman que los haitianos digan cómo quieren que los ayuden, y éstos repiten las mismas fórmulas que les han fracasado. Además de tomar en consideración el sensible asunto de la soberanía nacional, los gobiernos y el Consejo de Seguridad tienen una seria disyuntiva al discutir en qué hacer. Al final, podrían terminar no haciendo nada. Y los haitianos ni tendrán país y posiblemente terminen observando el más profundo deterioro de su soberanía. Un verdadero drama para el mundo.

Las turbas en las calles, los bloqueos a comunidades completas, los puertos cercados por pandillas con armas de guerra, poblaciones como Cite Soleil arropada por el crimen sin límites, y en medio de de esta guerra sin cuartel parece que los líderes haitianos no sienten la necesidad de avanzar en la búsqueda de una solución. O por lo menos algunos dan la apariencia de que no se necesita parar ahora la muerte y la destrucción de su pueblo.

A la República Dominicana no le va quedando otro camino que destinar una gran parte de sus defensas a la protección de la frontera, de manera permanente. Al mismo tiempo, adoptar políticas para evitar que, internamente, lo que ocurre al otro lado de la frontera se convierta en un dolor de cabeza expandido hacia el territorio dominicano.

Con los nacionales haitianos que han migrado y que viven y trabajan en nuestro territorio, hay que evitar cualquier desenfreno. En ese sentido, ser precavidos y preventivos.

Y por el discurso del canciller Haitiano en el Consejo de Seguridad, va quedando la impresión de que el débil gobierno haitiano cuenta con autoridades que no están preocupadas por la tragedia de su pueblo, y que ni se molestan en agradecer lo que otros países han puesto a disposición para ayudar. Ni siquiera lo que intenta hacer el Consejo de Seguridad de la ONU.

Pese al mal sabor de frustración que ha dejado esta reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, mantenemos la esperanza en que el liderazgo más sano de Haití, que es mucho más que su clase política, pueda hacer avanzar alguna propuesta de gobierno de transición que, con el apoyo internacional, transite el camino de pacificar y organizar el país. Solo así se podría pensar en que Haití pueda acudir a unas elecciones y darse un gobierno legítimo en paz, para dejar en el pasado tanta violencia y destrucción.