Hola, don Mario.

Hoy no le escribiré para pedirle que revise un documento, ni tampoco para consultarle sobre una propuesta de capacitación o consultoría. Hoy quiero rememorar con usted nuestra relación en FondoMicro, con un profundo agradecimiento al privilegio que tuve de estar trabajando bajo su dirección por más de 30 años.

Le conocí en el año 1992 cuando Frank Moya Pons, en ese entonces Director de Investigaciones de FondoMicro, me llamó para incorporarme como parte del equipo para la crítica y codificación de la encuesta nacional de micro y pequeña empresa. A tiempo parcial me uní al equipo, pues también trabajaba en el Voluntariado de las Casas Reales. Recuerdo su amabilidad y palabras de aliento cuando al concluir su jornada, veía que yo empezaba la mía preparando un chocolate junto a Juanita Banana, como cariñosamente usted denominó a Juana García en recordación de una canción de los años sesenta.

Cuando los investigadores internacionales que transfirieron la metodología de las encuestas de microempresas, Miguel Cabal y Patricia Cely, decidieron no regresar al país, usted no dudó en disponer recursos para que fuera a capacitarme a East Lansing, en la Universidad de Michigan, para aprender todos los detalles y responsabilidades de dirigir el trabajo de campo de dicha investigación. Muchas horas de trabajo y sacrificio se reflejaban en su expresión financiera de “tienes muchas horas a crédito” cuando le pedía un permiso para atender asuntos de mis hijos o “recuerda que trabajas por objetivos, no te preocupes por el horario” cuando tenía que ausentarme de la oficina.

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Don Mario Dávalos.

De esos años iniciales recuerdo su orgullo por los resultados de las encuestas, su apasionamiento por cada nuevo dato, su interés en evidenciar el rol fundamental que tienen las micro y pequeñas empresas, a las que usted llamó muy certeramente “el coloso desconocido de la economía dominicana”. Disfrutaba explicando a los visitantes que en FondoMicro teníamos la base de datos más grande sobre el sector en América Latina y posiblemente en el mundo entero.

Al programa de investigaciones se le dio continuidad a pesar de concluir el acuerdo con USAID y, de manera visionaria, usted presentó a la Junta Directiva de FondoMicro la necesidad de continuar aportando datos e informaciones estadísticamente confiables que revelaran la dinámica de esas unidades empresariales y que impulsaran cambios en las políticas públicas que ejecutaba el gobierno.

Con su visión financiera usted entendía que era necesario demostrar a las autoridades monetarias que era posible prestar con rentabilidad y con bajos niveles de mora a los microempresarios por lo que impulsó la creación del Banco de la Pequeña Empresa, en 1996, lo que dio paso a la aprobación de varias instituciones financieras que hoy tienen como nicho de mercado preferencial a las microempresas.

Su participación en programas de televisión, sus declaraciones a la prensa, las reseñas de las informaciones que arrojaban las investigaciones y la convocatoria masiva de hacedores de política, profesionales y actores relevantes de nuestra sociedad en las puestas en circulación de los libros de FondoMicro, que se llevaban a cabo cada diciembre, fueron “vistiendo con pantalones largos” a la microempresa, sacándolas del olvido y del menosprecio. Si hoy las MIPYMES están en boca de todos, y son ahora “un tema sexy”, es gracias al trabajo colectivo liderado por usted al frente de FondoMicro.Captura-de-Pantalla-2024-06-10-a-las-3.31.01-p.-m.-728x718

Recuerdo la congoja que nos invadió cuando usted decidió dejar a FondoMicro para “pasar de la micro a la megaempresa”, para hacerse cargo de dirigir la construcción del mayor centro comercial del Caribe, en aquel momento: Megacentro. Pocos meses después de salir me llamó para que le hiciera dos encuestas, pues necesitaba información confiable para establecer una estrategia de venta donde estuvieran comercios y servicios que atrajeran todo tipo de público a ese gran centro comercial del país.

Nunca estuvimos desconectados mientras estuvo sin funciones ejecutivas en FondoMicro. Por un lado, seguía siendo miembro de la Junta Directiva de la institución y nos veíamos regularmente y, por otro lado, conversábamos sobre las investigaciones. Le entrevisté para escribir sobre la historia inicial de FondoMicro y con cierta frecuencia hablábamos por teléfono. Siempre preguntaba con interés sobre la familia, cómo iban los estudios de mis hijos y quería saber de todo el personal de FondoMicro.

Así pasaron los años, usted colaborando en Manatí Park, en la liquidación de Baninter, en el Grupo M y en la Corporación de Zona Franca, pero siempre con un paso adentro de FondoMicro y en el corazón de todos por su gentileza, su trato amable, su interés personal por cada colaborador. Desde cada punto mantuvo el contacto, llamándonos, visitándonos, haciéndonos sentir que le importábamos.

En una ocasión estaba en el aula cursando la maestría en administración de empresa y me escribió al chat preguntándome cómo estaba. Eran las 8 de la noche. Yo le dije que estaba aburrida, porque estaban dando una clase de estadística y dominaba la materia. Usted me dijo: “te voy a enseñar mi cena”. Me mandó una foto de su sándwich especial: una lonja de pan, con dos quipes como si fueran ojos y un trazo de una sonrisa en kétchup. Me exploté de la risa y el profesor me pidió que compartiera lo que era tan cómico. Aún hoy recuerdo mi tartamudeo y la respuesta del profesor: “si va a decir una mentira, mejor calle” y eso hice: guardé silencio. En varias ocasiones me dijo que ese sándwich lo hacía con las croquetas que yo le traía de Madrid, porque le encantaban y, antes de entrar al avión, le compraba esas croquetas que desde que llegaban al país iban directo para su casa.

Su trato respetuoso y considerado se reflejaba en cada momento. Al usted regresar en el año 2012 a FondoMicro como presidente ejecutivo, siendo yo directora ejecutiva, recuerdo que antes de asumir funciones me dijo que sólo aceptaría si estaba de acuerdo. Así era de respetuoso, lo manifestó cada día cuando le presentaban cualquier comunicación para la firma o factura que requería su aprobación, preguntaba si antes yo lo había visto y estaba de acuerdo. En caso contrario, pedía que lo aprobara previamente.

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Familia Dávalos Perdomo

Esa coordinación de trabajo fue estrechando nuestros lazos y todos los días antes de entrar a mi oficina tenía que ir a tomarme el café con usted. Ahí nos poníamos al día de lo pendiente, pensábamos en lo que había que hacer y compartíamos la cotidianidad del día a día. En esos encuentros usted siempre me escuchó, me orientó, me dijo la palabra de aliento cuando era necesario o hizo gala de ese buen humor que le caracterizaba.

Cuando salíamos de la ciudad y manejaba, usted decía que “sólo aceptaba choferes con doctorado”. Juntos recorrimos casi toda la geografía nacional impartiendo cursos a funcionarios y oficiales de negocios de BanFondesa, Banco ADEMI, Banco ADOPEM, BHD, Banco Popular, Banco Santa Cruz, Asociación La Nacional y Asociación Popular, entre otras instituciones financieras, para enseñar a prestarle exitosamente a la micro y pequeña empresa.

Al iniciar cada capacitación usted nos presentaba como “el dúo pimpinela” porque nos interrumpíamos para complementar y enriquecer las exposiciones. Cada duda sobre finanzas era respondida por “don Mayito, el gurú financiero”, título que le otorgué al decirle a los participantes que aprovecharán al máximo sus grandes conocimientos. También era muy estricto con la puntualidad y decía “según el reloj atómico de Colorado, es hora de empezar” el curso o la charla de ese día. En ese trajinar fue construyéndose una relación que transcendió lo laboral, donde ya éramos familia, más que jefe casi un padre.

Le gustaba comer. Siempre con la humildad que le caracterizaba almorzaba con un placer infinito el plato más sencillo hasta una comida gourmet. Recuerdo una ocasión en Arequipa, Perú, quiso comer una milanesa que costó USD$1.50 en un comedor popular con un pésimo servicio, pero que usted disfrutó como si fuera un manjar. Mi esposo, quien nos acompañaba, era su “mejor tercio” para secundarle en esas aventuras culinarias y usted me decía “de lo que te estás perdiendo”. Al día siguiente comentó a los participantes del FOROMIC que había degustado una de las mejores milanesas que había comido y contaba el precio pagado con satisfacción. Tres días después estuvimos en Astrid y Gastón, en Lima, disfrutando un menú de degustación y me relajaba diciéndome que supo tan bueno como la milanesa.

Le gustaba mucho el arroz, especialmente la paella, que cocinaba como un chef y me enseñó su truco. Cada vez que la cocinaba me pedía que le mandara fotos, me preguntaba cómo quedó y a veces nos reuníamos a compartir con todos los colaboradores de FondoMicro mis ensayos paellísticos para que usted diera el visto bueno. Una de sus frases favoritas era que “el estómago del postre es otro”, por lo que toda comida finalizaba con un dulce, aunque fuera a cuatro cucharas. Si le hacía una observación sobre hacer dieta, su respuesta era “de algo hay que morirse, si sigues así te vas a morir perfectamente sana”.

Una de las cosas que le caracterizaron era su humor, cuando con picardía decía “en perfecto francés eso no es más que un disparate”, pudiendo reírse de cualquier situación, a veces con humor negro. Cuando viajábamos al exterior me decía “ponte el cinturón de seguridad para que luego puedan contar los cadáveres” si notaba mi aprensión al vuelo, o decirme “has roto el pendejómetro” cuando me atemorizaba con un temblor de tierra. Su formación filosófica se manifestaba de manera natural, cuando le preguntaba ¿cómo está hoy? y me respondía, ¿comparado con quién?Captura-de-Pantalla-2024-06-10-a-las-3.32.43-p.-m.-1

Don Mario, más que un jefe, usted fue un líder que se ganó el respeto, la admiración y el afecto de todos los que le conocieron y, más aún, de quienes trabajamos con usted. Su sencillez, su calidad humana y moral, su honestidad, su trato amable y respetuoso, su humanidad para saber ponerse en lugar del otro y tener la capacidad de apoyarles sin escatimar esfuerzos solidarizándose hasta con situaciones personales son atributos que le hicieron una persona excepcional.

Además, usted fue un gran maestro con una extraordinaria capacidad para enseñar, para guiar y orientar a los demás a fin de propiciar el crecimiento personal y profesional, con un don especial para la crítica constructiva. Muchos tenemos que agradecer su paso por la vida terrenal.

Ay, don Mayito, cuántas anécdotas puedo recordar. Una de las grandes tristezas cuando alguien muere es que también se nos va parte de nuestra historia, aquellas vivencias que compartimos juntos.

Usted deja un gran vacío en la familia FondoMicro, en una Junta Directiva donde su opinión era muy respetada para guiar el camino de la institución, en el equipo conformado por los que trabajaron con usted por más de dos décadas como Sonia, Juana, Cesarín y Santo, o por casi dos décadas como Karlem, Liliana y Sandro, o por más de 20 colaboradores que trabajan de manera temporal en los diferentes proyectos.

Todos le extrañamos, pensamos en su partida con tristeza y recordamos las vivencias de tantos años con profunda gratitud. Sabemos que está en mejor lugar en estos momentos y esperamos reencontrarnos en algún otro plano.

Marina Ortiz

mortiz@fondomicro.org