Nuestro destino de viaje nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas. (Henry Miller)

Traspasar cualquiera  de los peajes  en nuestras carreteras es el inicio al asombro. Una nueva oportunidad para (re) conocer nuevas formas y giros de la dominicano.  Antiguos gestos conocidos u olvidados, comidas y dulces descartados por la modernidad.

En la comunidad de Juan López, provincia Espaillat, me topé con la tradicional escultura-adorno de una mata de sábila ¿o cactus? Coronada (o) con cáscaras de huevos en sus puntas. La mayoría de los que pasamos por  los tá largos disfrutamos del ornamento siempre enclavado en las fachadas de los hogares campesinos, con orgullo de pavo real.

Ahora las cáscaras no lucen blancas e impolutas como antes.  El constante y ruidoso paso de motoristas les provoca un tono de oscuridad, de opacidad, de mancha urbana

A los pueblos pequeños también les ha llegado otro tipo de soledad.   La incomunicación y la esclavitud de la cabeza hacia abajo por  uso adictivo de los celulares con sus  de redes sociales. Nuestras serpientes que nos instruyen a morder la manzana desde que amanece el día.

Adultos y jóvenes chequeando el último mensaje o el “éxito” de un tal Mantequilla de Sabana Grande de Boyá.  Las perrerías de Tokisha y la morbosidad sangrienta de un asesinato en Santiago filmado por miles de Androids, deseosos de colgar las fotos y videos como trofeos de caza.

Sin embargo, lo atávico todavía marca territorio.  En la localidad de Tábara Arriba, Azua, fui testigo de una conversación sobre peleas de gallos  cuyo final estuvo cerca del mediodía. Dos hombres con puñales en el cinto conversaban bajo la sombra de los árboles.

Uno portaba un puñal con el mango de plástico revestido con la bandera tricolor y el otro lucía el arma  envuelta en alambres y un collar negro, brilloso y tétrico, amenazador y misterioso para mí.

Quise encender la grabadora a discreción. Confieso que no me atreví. Ya me veía con la tricolor hundida en mi estómago o con el collar bajando por mi garganta.

Los códigos de  conversación de los aficionados a los gallos  no eran aptos para alguien como yo. Como  bien lo dice el maestro Sabina:  un  pez de ciudad, de los que perdimos  las agallas en un banco de morralla, en una playa sin mar.

No entendía nada y fue mejor así. Una grabadora en medio de dos caderas armadas no es saludable para nadie.

Podía haber pedido permiso para grabar pero la esencia se hubiera perdido. Una grabadora frente a tu cara encierra el caparazón a las tortugas. Nos vuelve camaleónicos e hipócritas. No somos nosotros. Otros por debajo de nosotros.

Siguiendo con los viajes. Si llegas a un colmado nunca dejarás de conseguir conconetes o masitas coronados con  un suspiro rosado, duro e hiper empalagoso y que al masticarlo se desgrana en tu boca produciendo una sensación de arena azucarada  en el desierto. 

Tampoco faltan los productos locales: frascos de miel de abejas con etiquetas artesanales, vasos de colores de borugas fermentadas, cocalecas de arroz, chichiguas y el tradicional mabí de bejuco que ya no “emborracha”.

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Las ropas se lavan en artefactos de última generación y se secan en alambradas. Los motores no dejan escuchar las conversaciones más cercanas y las sonrisas y la hospitalidad son marca  de la casa y una muestra de distinción hacia  el visitante.

La tranquilidad todavía no se pierde del todo. Todavía  viajar al interior de la media isla seguirá siendo  una oportunidad para (re) conocer nuevas formas y giros de la dominicanidad.