Desafinadas, en coro, con miradas perdidas o regresando torpemente a la mesa, a ratos imponiéndose sobre conversaciones y búsquedas de refrescos, así nos salen las mejores canciones.

Son tan simples como tomarse un vaso de agua. Pero te atacan. Y si ya desde el título está la palabra mágica de todas nuestras canciones, el maleficio te recordará a todos los demonios medievales.

"Volver" es el verbo. También podría ser "ir". Al final de cuentas, toda vuelta es una ida, un ademán de recuperar viejos trajes de fantasmas y probar a ver si todavía te encajan. Todo como una tasa última, de esas que una vez fueron parte de una recordada vajilla regalo del Día de las Madres.

Y volver y volver. Me tocó.

Volver a "Volver" es como ir a un encuentro de ex estudiantes del Liceo y aburrirte con historias de peregrinaciones por Dubai. Pero dime tú, oh adorada amiga, ¿qué hacías en la puerta de aquel hotel más caro del mundo? ¿Te sentías la dominicana más pobre del planeta?

Toparse con Harry Dean Stanton es desplegar el más preciso mapa del fracaso de la humanidad.

¿Recuerdas a "París, Texas"?

¿Pudiste acabar tus rositas de maíz?

¿Dejaste de oír aquel monólogo en la cabina telefónica mientras todos los aires calientes del desierto se metían por tus sienes haciendo que tus pies también tiraran chispas?

"París, Texas" fue todo un desembarco. La armónica de Ry Cooder, la caminata sobre el polvo, una Natasha Kinski que ya no era la niña turbia de "Tess" aunque todavía cercana.

Ahora que Harry Dean Stanton interpreta "Volver y volver" hay armónicas a la vista, desiertos que se meten por tus ventanas, la promesa de felicidad en la cucharada a mitad de un pedazo de bizcocho.

Cantar desafinado es todo un arte, tal vez el más delicado. Tal vez hay una leve lágrima al fondo. Lo digo por alguna piedra de esas que le sobraron a Sísifo o alguna que se despegó de la ruta camino a Manabao y te descalabró el auto.

¿Pero cómo no volver a tu listado de fracasos y poner en la proa esa pinta de abuelo con principios de Alzheimer de mi querido amigo Harry Dean?

Sí, "tenías mucha razón, le hago caso al dolor", con ese tono agringado, con ese rechinar nat-king-colesco que tanto te refriega.

Y volvemos y volvemos. Vamos camino a la tortura, a la locura, a la fritura. Volvemos.

Sospecho que no soportaría más de dos repeats de "Volver" porque después seguramente me saldría la fase "mujer de Lot": me convertiría en estatua de sal. Sé que nunca pondremos el tema pasando por el peaje del kilómetro 9 ni del Washington Bridge, porque hay ángeles que se despiertan y te pueden aterrar con alguna vuelta a tus cumpleaños infantiles. ¿Te destrozarían tu bizcocho? ¡Quién sabe!
De todos modos, volvemos y volvemos, porque, ¿qué podemos hacer?

 

Miguel D. Mena en Acento.com.do