Desde Grecia hasta hoy

La supuesta democracia en Grecia estaba al servicio exclusivo de los sectores esclavistas, patrocinadores de leyes y normas de vida dirigidas a engrosar sus fortunas y a consolidar su poder político. Para esto, la manipulación de las masas se hizo una necesidad perentoria, y como el teatro era piel, hueso y sangre de las masas, es decir: se encontraba en las masas sin necesidad de que estas salieran a buscarlo, se dieron a la tarea de trasladar la acción espontánea realizada en las calles y en las plazas públicas a lugares que ellos pudieran controlar, pero que dieran la idea de concurrencia libre y grata. Así nacieron los anfiteatros, con gradas para miles de asistentes. ¿Su propósito? Delimitar los espacios teatrales (no más espacios abiertos) e imponer reglas que regirían hasta hoy la enseñanza teatral. Son reglas arcaicas, estructuradas para subyugar la creatividad y mantener distantes a actuantes y espectadores.

Así, pasado un tiempo, entre los años 105 y 109, nació en Roma un espacio teatral con forma rectangular, con el escenario separado de donde se colocaría el público, y con normas estrictas sobre el comportamiento en el interior de la sala.

No hablar y moverse lo menos posible debió ser una de aquellas normas imperativas.

Sin embargo, a pesar de los intentos de limitar la libertad que demanda el teatro, el pueblo siguió celebrándolo en la calle.

Creo, más allá de la opresión y manipulación conocidas, que estamos a tiempo de superar formas expresivas ya obsoletas.

La iglesia Católica, que tenía un papel preponderante en la política de entonces, fue responsable de manera directa de cuantos movimientos represivos se forjaron bajo el amparo de los sistemas sociales esclavista y feudal. Entre sus objetivos, era primordial sacar el teatro de las plazas y encerrarlo en los templos. Lo logró, pero de forma transitoria, porque con las luchas sociales iniciadas tanto por esclavos como por siervos, el teatro devino violencia soterrada y se unió a las aspiraciones de los pueblos que demandaban progreso y libertad.

Sería con la aparición del sistema capitalista que el teatro sufriría un golpe mortal y casi definitivo, que lo llevó a separarse del pueblo y ser una pieza más de control y penetración cultural al servicio de los sectores recalcitrantes que han torcido el curso de la historia.

Subyugado el teatro, el público echó a un lado el sentimiento colectivo. Se impuso el individualismo y, con este, la inercia del público reinó en el teatro, o sea: dejó de ser parte del hecho artístico para convertirse en un ente pasivo. De este modo, lo que debió desarrollarse con un criterio participativo, fue recluido en las estructuras teatrales surgidas de la violencia sistemática impuesta por la plutocracia.

Desde entonces hasta hoy, en el teatro solo se expresan los que participan en la acción teatral. El público se somete a las emociones provocadas por los actuantes, pero desde la pasividad. Así, cuando entramos en una sala teatral a ver una puesta en escena, nos parece que estamos asistiendo a un centro clandestino de detención y tortura, donde se nos impone la inmovilidad y el silencio. De no cumplir con este requisito, podríamos pasar por la vergüenza de que nos saquen de mala manera de la sala.

Nunca he borrado de mi memoria el día 25 de febrero de 1830, fecha en que Víctor Hugo estrenó su obra Hernani en la Comedia del Arte, en París, porque con esta obra se iniciaba una de las jornadas de lucha más significativas de los románticos por desmitificar el arte de los clásicos. Allí hubo de todo, hasta insultos. Lo importante es que desde ese momento quedó en el alma de los románticos que era posible dejar de ser momia y convertirse en espectador activo.

Ahora bien, moverse y hablar en tanto que espectador no implica necesariamente que participemos en la acción teatral, pues el hecho participativo tiene implicaciones propias de la puesta en escena, es decir: se participa porque hay una relación con el esquema de montaje asumido por su creador, pero de esto es poco lo que se hace.

Creo, más allá de la opresión y manipulación conocidas, que estamos a tiempo de superar formas expresivas ya obsoletas. Debemos pensar seriamente en la posibilidad de que el público asuma como suya la acción teatral y que su participación sea determinante incluso en la propuesta argumental.

Si la ciencia ha hecho causa común con la imaginación, ¿por qué el teatro, que es arte, no se arriesga?

Intentemos lo imposible y destruyamos los esquemas que nos impiden desarrollar nuestra creatividad. Descubramos qué hacer para que el público retome su esencia colectiva y se sume a la misión del arte: crear y transformar.

 

Haffe Serulle en Acento.com.do