La gran ciudad se había convertido en la meca de los artistas emergentes y soñadores de finales del siglo XlX y principios del XX. Era el momento cumbre del impresionismo, Cézanne era el rey y todos se desvivían por él.   El camino lucia despejado para los más destacados pintores fauvistas:  Henri Matisse, Maurice Vlamink, Raoul Dufy, André Derain y Braque.

En el otoño de 1900, París ignoraba la llegada de un joven pintor de 19 años procedente de España. De ojos vivaces y aguda mirada; manos fuertes y seguras, con aspecto de inocente.  Un flequillo de su oscuro y lacio pelo caído sobre la frente, acentuaba su mansedumbre y timidez.  Sin embargo, el tiempo   mostraría que bajo aquella expresión que emanaba de su rostro, se escondía uno de los más grandes genios del arte del Siglo XX.  Era sencillamente Pablo Picasso.

Pablo Picasso.

El joven español, nacido en Málaga, logró mezclarse en aquel ambiente parisino de tantos matices.  Tenía mucha curiosidad pero no prisa; se tomó el tiempo necesario para relacionarse y conocer a los más destacados coleccionistas y traficantes de arte; si, esos mismos, quienes en un futuro no muy lejano, harían lo inimaginable para colarse en su estudio y ver de cerca sus últimas creaciones.

Este genio del arte logró que aquellos que eran apegados a conceptos académicos ancestrales, cambiaran su visión de la belleza y la forma, y aceptaran con asombro, la llegada prodigiosa de una fuerza nueva creadora que cambiaría el mundo del arte.

Picasso no fue el único.

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En el 1906, llega a Paris desde Italia, el joven pintor de origen judío, Amedeo Modigliani. Crea su propio estilo de rostros y figuras alargadas, con elementos expresionistas que lo llevarían por un camino solo transitado por él. Su pintura “La Judía”, recibe grandes elogios y su nombre comienza a sonar en los círculos de arte parisinos. En su trajinar por la vibrante ciudad, años más tarde, Modigliani conoció al galerista Paul Guillaume, quien le dio un gran impulso al trabajo del pintor, y es a partir de este suceso que el arte de Modigliani traspasa las fronteras.

Cinco años después de la llegada de Modigliani (1911), del lejano pueblo Vitebsk, este de Rusia, educado bajo un mundo del judaísmo oriental, arribó a la gran ciudad, el joven pintor de 24 años, Marc Chagall, atraído como muchos otros, por los más reconocidos pintores  y las oportunidades que se les ofrecían a los principiantes, en las escuelas y talleres parisinos de arte.

En su libro “Chagall”, Ingo F Walther/Rainer Metzger, (Pág.15, Ed.Taschen, 1989)refiere que:  “Muchos jóvenes y prometedores artistas rusos de la época habían hallado más resonancia en París que en su propio país”’,  agrega más adelante: “Todos aquellos artistas que más tarde alcanzarían fama mundial,

( Alexei Von Jawlensky y Vassily Kandinsky), aprovecharon la oportunidad para conocer el arte moderno, en el lugar de su nacimiento”,  refiriéndose a Paris.

Sobre la obra artística que desarrolló Chagall, el crítico más prestigioso de esos tiempos, Guillaume Apollinaire, afirmó: “Chagall es un colorista muy talentoso y se entrega a todo lo que sugiere su imaginación mística y pagana; su arte es muy sensitivo”.

Ya en los inicios del siglo (1903), había llegado de brazos de su hermano Teo, la joven Gertrude Stein. Nacida en Allegheny, Pensilvania, E.U.A., en el 1884. La familia Stein, de procedencia judío-alemana, emigra a Norteamérica en el año 1841.  Luego del fallecimiento de sus padres, los Stein se mudaron a Paris.  Gertrude inició una nueva etapa de su vida, donde echaría raíces como escritora y poeta. Sin tiempo que perder, se sumerge en el ambiente vibrante de la ciudad.

Gertrude
Gertrude Stein.

El arte comenzaba a dar pasos diferentes y Gertrude, como escritora, se vio inspirada a dar un giro al lenguaje literario.  Se atrevió a crear un estilo libre de reglas y conceptos rígidos.

La narrativa existente, llamada escritura lineal, la definen los estudiosos de esos temas como: una narración que tiene principio, un medio y un final; el nuevo estilo adoptado por Stein básicamente era un relato no lineal, con los mismos elementos, pero no expuestos cronológicamente:

Una rosa es una rosa es una rosa “.

Por un lado los pintores y por el otro Gertrude.  Un aire fresco inundó a París y por las calles de Montmartre transitaron nuevos rostros.

La fuerte personalidad de Gertrude fue, durante muchos años, un tema de críticos y analistas literarios, sin embargo, no se puede negar su capacidad intelectual, así como su influencia y visión de reconocer los nuevos talentos y brindarles su protección y apoyo, entre ellos, Matisse y Picasso.

Fue testigo de la transformación en pocos años, de Picasso.  Ella lo disfrutó paso por paso: periodo azul y luego el llamado rosa, periodo negro, hasta llegar al cubismo.

A pesar de la diferencia cultural entre Picasso y Gertrude, nacidos y educados en países distantes, lograron congeniar y ser grandes amigos, y perpetuar a lo largo de su existencia, un entendimiento y afinidad a toda prueba.

Tan pronto se crearon las condiciones, junto a su hermano Leo, Gertrude abrió un salón donde eran recibidos pintores, escritores y amigos involucrados en el arte; fue de mucho provecho tanto para los Stein como para los pintores que eran reconocidos, así como, para aquellos que estaban camino a registrar su nombre, en la nueva generación de maestros del arte.

En su libro “Picasso”, Pág.30, Ed.1959, Gertrude nos da detalles de su percepción del camino que llevaría a Picasso hacia el cubismo: “En esa época yo era la única que comprendía a Picasso, tal vez porque yo expresaba lo mismo en la literatura. Agrega más adelante: “Derain y Braque tomaron también parte en la batalla. Pero en ese momento era una lucha absolutamente personal de Picasso. En el año 1909, pues, comienza la edad feliz del cubismo. Persistía aún en Picasso la lucha constante por expresar al ser humano de acuerdo con la nueva fórmula hallada”.

Relacionada con los pintores más afamados del momento, Gertrude da los primeros pasos para convertirse en una gran coleccionista de arte. Adquirió de Henri Matisse su obra “Mujer con sombrero”; de Paul Cézanne, “Madame Cézanne”.  Sumando a su colección obras de Gauguin, Derain, Vlamink y Juan Gris. A lo largos de varios años amplió con 38 pinturas de Picasso, su tesoro artístico; sin embargo, su favorita y más preciada fue su propio retrato pintado por Picasso. Ella narra en su libro “Picasso”, Pág. 17, Ed.1959. “Todo el invierno de 1906, he posado para Picasso, ochenta sesiones y al final borro la cabeza. Dijo que no podía verme más y partió para España; era un viaje después de la época azul. A la vuelta pintó la cabeza sin verme y me dio el cuadro. Estaba y continuó estando satisfecha de mi retrato. Para mi soy yo. La única imagen mía que es siempre yo”.

La amistad de Picasso y Gertrude Stein sobrepasó los 30 años. Ella fue considerada como un gran mecenas de los más destacados pintores de principios del Siglo XX; Picasso, el creador, prolifero pintor, genio del arte moderno. Ambos dejaron un legado inigualable, que ha llenado paginas gloriosas en la historia del arte y la literatura del Siglo XX.