Leonor Osuna Motta (Bogotá, 11 de febrero de 1968)

Leonor es la tercera de seis hermanos (hoy esparcidos por todo el mundo). Tuvo la fortuna de ser parte de una familia en la que lo bogotano-conservador del padre y lo santandereano-liberal de la madre se mezclaron para dar lugar a un ambiente de libre pensamiento, lo cual ha influido en su vida, en su forma de pensar el mundo y de escribir.

Es abogada de la Universidad de los Andes, Bogotá. Especialista en Derecho Comercial de la Universidad Javeriana, Bogotá. Magíster en Educación de la Universidad de los Andes, Bogotá. Ha ejercido la profesión desde el año 1991 en las áreas de derecho civil, comercial (derecho corporativo) y financiero.

Desde hace 17 años es docente de distintas cátedras de Derecho y Ética en la Universidad del Rosario y el Colegio de Estudios Superiores de Administración CESA. Hoy, ejerce la profesión, enseña y está dedicada al proyecto hotelero de Alma, un lugar para ser.

Pero nada de esto la define; la define, justamente, su alma, que es brisa y aliento para encontrar la felicidad en el camino y no en el destino. Su ópera prima, Relatos para el alma, es una recopilación de escritos que surgieron paralelamente a proceso de nacimiento, construcción y evolución de Alma, un lugar para ser.

Leonor Ozuna Motta, escritora.

Amablemente Leonor me permitió hacerle algunas preguntas sobre su quehacer literario. Aquí se las dejo.

 

Gerson Adrián Cordero: Leonor háblanos un poco de tu infancia.

Leonor Osuna Motta: Tres cosas de mi infancia fueron determinantes en mi personalidad:

Una familia numerosa, donde soy la tercera de seis hermanos y la primera hija mujer. Pertenecer a una familia numerosa tiene varias peculiaridades. Por ejemplo, no existe el concepto de propiedad privada, todo era de todos y estábamos obligados a compartir la habitación, la maleta del colegio, los lápices, la ropa, a heredar la ropa de los hermanos mayores, a sentarnos al tiempo a la mesa, a comer lo que se servía. Los hermanos nos cuidábamos entre nosotros, creando una dinámica particular que aún hoy conservamos a pesar de que cada uno tiene su propio hogar. Un concepto particular de la abundancia y la generosidad, determinado por una mesa, siempre llena a reventar, porque los amigos de todos eran siempre bienvenidos. Y por esto mismo: un hogar ruidoso que hizo que ni mis hermanos ni yo aprendiéramos las bondades de la soledad.  Mis pocos espacios de soledad los dedicaba a la lectura.

Tener padres profesionales y exigentes me hizo una persona disciplinada y rigurosa y que fueran muy conservadores, católicos y patriarcales determinaron mi personalidad contestataria  porque no me resignaba entonces a aceptar la desigualdad implícita en el machismo y otras estructuras de poder.

Desde muy pequeña recuerdo sentirme diferente, desear que algunas cosas en el mundo fueran diferentes, admirar el coraje de quienes se atrevían a ser diferentes.

G.C. ¿Cuándo Leonor Osuna Motta dice, “Voy a escribir literatura”?

L.M. De niña siempre leía y escribía y me aprendía de memoria las poesías que me gustaban, para poder después recitarlas a dos voces con mi abuela materna, que amaba la poesía y hacía gala conmigo de su buena entonación y memoria. Después estudié derecho y aprendí la técnica de la escritura. Las palabras siempre me han gustado y las siento necesarias para llevar las emociones, las ideas, los pensamientos y reflexiones, al mundo de lo concreto, para darle forma a las cosas. Creo que para entender nuestras realidades necesitamos ponerle nombres a todo, es decir que el entendimiento del mundo está mediado por el uso de la palabra. Sin embargo, hace apenas unos años empecé a acariciar la idea de publicar y finalmente me atreví a hacerlo. ¡Felizmente!

G.C. ¿Cuáles escritores te sirvieron de impulso para iniciar en la literatura?

L.M. Supongo que todos los que he leído a lo largo de mi vida. Mi papá era abogado, como yo, de manera que era usual verlo estudiando, con un libro en la mano. Mi mamá era afiliada al Círculo de Lectores, (un emprendimiento que tristemente desapareció y que iba de casa en casa llevando libros por encargo previamente escogidos desde una revista). Así, tengo claro el recuerdo de una persona que venía todos los meses a la casa con los libros que mi mamá encargaba para ella y para nosotros, sus hijos. Tuve entonces la fortuna de tener al alcance una biblioteca con literatura infantil, juvenil y de adultos, incluso literatura erótica. En la niñez leí todas las obras de Julio Verne, Harriet Becher Stowe; en la adolescencia todo Agatha Christie, Kafka, Albert Camus; ya de adulta leí a Vargas Llosa, Jorge Luis Borges, Bryce Echenique, etc. Adoré a Álvaro Mutis, Arturo Pérez Reverte y Carlos Ruiz Zafón. Desde niña me acostumbré a tener siempre en la maleta (y ahora en la cartera) un libro para aprovechar los espacios vacíos, la sala de espera, los trayectos en avión, los espacios de soledad. Creo que a escribir se aprende leyendo, así que no puedo decir que un escritor en particular me haya influenciado más que otro. Tengo la costumbre, cuando encuentro un escritor que me gusta, de seguir leyendo varias obras de ese mismo autor, una detrás de otra. Hoy disfruto mucho leer a mujeres maravillosas como Rosa Montero, Laura Restrepo, Marcela Serrano, Julia Navarro, Sonsoles Ónega, Elena Ferrante, Ángeles Mastreta; también me gusta la novela negra y de ese género admiro a Roberto Bolaño y Joel Dicker. La novela histórica me parece entretenida y en esa categoría me gustan Ildefonso Falcones y Santiago Posteguillo.

La verdad, es que hay mucho por leer y mucho que vale la pena ser leído. Tanto que comparto la angustia de algunos al ver que mi mesa de noche (y el Kindle, hoy en día) se acumulan con los libros que están a la espera.

G.C. ¿Qué te inspiró a escribir Relatos para el alma?

L.M. Creo que a todos nos gustan las historias. Los seres humanos hacemos tejido a partir de ellas, de contarlas y repetirlas.  Con frecuencia, tal vez por mi oficio de abogada y de profesora, llegan a mis oídos historias conmovedoras, entrañables. En algún momento sentí que valía la pena escribirlas, contarlas, transmitirlas y entonces empecé a escribirlas y agruparlas para hacer posible luego, su publicación.

G.C. ¿Tienes alguna rutina a la hora de escribir?

L.M. En general cuando escribo lo hago de corrido y solo al terminar una o varias cuartillas me regreso a revisar y corregir, para no perder el hilo de la idea.  Recomiendo siempre a mis estudiantes tener mi costumbre de dejar dormir sus textos, es decir nunca entregar un texto recién escrito. Dejar pasar a lo menos una noche y al día siguiente darle otra lectura y corrección. Nunca un texto es total, completo. Siempre que se relee hay el impulso de hacer alguna corrección, así que también hay que saber poner punto final. Suelo también pedir a alguien más que lea mis textos, antes de entregarlos.

G.C. Relatos para el alma es hasta hora tu único libro, ¿podrías hablarnos un poco de él?

L.M. Sí, es lo único que he publicado, pero no lo único que he escrito, por supuesto. Es una colección de relatos cortos, de historias que me han contado y me han resultado inspiradoras. No hay nada de ficción, todas son historias reales. Hay también narraciones de amores, de viajes y reflexiones personales a partir de mi experiencia humana, como esposa, madre, maestra, hija. Es un libro cotidiano, de fácil lectura, con un lenguaje asequible.

G.C. Cuando dices: “Relatos para el alma, es una recopilación de escritos que surgieron paralelamente a proceso de nacimiento”, ¿a qué te refieres?

L.M. Que surgieron paralelamente al proceso de nacimiento del proyecto hotelero “Alma, un lugar para ser”. Se trata de un proyecto que emprendimos mi esposo y yo buscando ofrecer un espacio de descanso, de desarrollo de conciencia, de cuidado del alma y del entorno. El proyecto está ubicado en Tinjacá, Boyacá, a veinte minutos de Villa de Leyva y es un lugar poderoso, entrañable y hermoso.

G.C. ¿Estas actualmente escribiendo otra obra?

L.M. Sí, estoy escribiendo. Siempre escribo: es mi manera de procesar la realidad, mi realidad.

G.C. ¿Qué otro género te gustaría escribir?

L.M. Quiero escribir cuento.

G.C. ¿Qué libro estás leyendo?

L.M. Estoy leyendo varias cosas en paralelo: Esclava de la libertad de Ildefonso Falcones y Canción de antiguos amantes de Laura Restrepo, en español. En italiano estoy leyendo La figlia oscura de Elena Ferrante, aprovechando mi reciente e incipiente adquisición de la lengua. Y la lista de lo que tengo comprado y a la espera, es muy larga para esta entrevista.

G.C. ¿Un consejo que te gustaría darle a los jóvenes escritores?

L.M. Que lean, que lean mucho, diferentes autores, géneros, escritores de distintas latitudes; que lean a los clásicos, pero también literatura contemporánea y a los escritores que pertenecen a grupos minoritarios, porque allí hay mucho por aprender; que se atrevan a explorar, a equivocarse y sobre todo que se atrevan a publicar. Todos escribimos para ser leídos.

Les dejo un excelente texto de la entrevistada:

Privilegio de género

Hace un tiempo leí, ya no recuerdo dónde, que las mujeres cumplimos dos importantísimas e indelegables funciones: la de recibir a la vida a los nuevos seres, ver cómo los ojos se abren por primera vez, y la de cerrar los ojos de los que mueren. Es decir, estamos llamadas a ser testigos de la primera inhalación y la última exhalación de quienes integran nuestras tribus. Quienes hemos dado a luz y acompañado a morir a alguien a quien hemos amado en vida, entendemos la cercanía vital que hay entre estos dos eventos, y el júbilo y el dolor, en acorde, que los acompañan. Es un privilegio presenciar el momento en que la chispa divina comienza a habitar un cuerpo y el momento último en que lo abandona. Sucede en nuestro interior un entendimiento, una comprensión, no en el plano de lo intelectual, sino a modo de un despertar de la conciencia. Cuando hemos asistido a ambos eventos podemos declararnos, oficialmente, adultas.

(De Relatos para el alma)