Imagen que recrea el nacimiento del niño Jesús.

1

Manuelo miró de reojo hacia la calle. El sol lustraba las aceras y calzadas, a la vez que borraba las lucecitas encendidas por olvido. Ya llevaba cerca de una hora en ese comedor. El sentido común le dictaba que allí podía despertar alguna sospecha. Tal vez había cometido el error de comer demasiado rápido. De repente cualquiera se podría preguntar qué hacía ese fulano en esa silla si llevaba más de media hora con el palillo entre los dientes. O, peor aún, preguntarse qué hace el fulano sentado ahí… a mí como que se me parece a alguien. Se hundió el rostro lo más que pudo en la gorra y salió a la calle.

La ciudad lucía desolada. A lo mejor porque se guardaban las energías para la noche o porque la gente de La Vega aún no abandonaba la antigua costumbre rural de recogerse al mediodía. No sabía qué hacer. Ir vagando por ahí no dejaba de ser un riesgo. Tenía mucho que no pisaba el sitio, eso era cierto. En esos años había cambiado físicamente, al punto de que sólo alguien demasiado curioso lograría más o menos reconocerlo; alguien como del barrio, aunque no iba a acercarse por allá sino cuando lo tapara la noche. Incluso tenía una cédula falsificada en la que aparecía con otro nombre: Percíades Natividad de los Santos. Pero como el diablo es sucio, era mejor esconderse en algún lugar, a lo mejor en esa casa a medio construir, solitaria, que alcanzó a ver en la esquina.

Habían pasado siete años desde que huyó de la ciudad. Aunque se sabía sin derecho a rehabitarla, ya era justo que pudiera visitar a su madre, al menos de manera secreta y sigilosa. Y qué mejor ocasión que para esa Navidad. El plan era llegar escondido, paradójicamente como ladrón en la noche, e infiltrarse en la casa. Abrazaría a su madre, mire que venir es muy peligroso mijo, mamá puedo ir con mucho cuidao. Probaría otra vez el sazón de su madre, resultado de una mágica virtud de retener en pocas especias la explosión de los sabores, mejor quédeseme pa allá mijo, mamá e nochebuena y ello la policía no anda en eso, muchacho esa gente son er diablo y er diablo nunca duerme, confíe en mí mamá guárdeme la cena. Y lo mejor, ver de reojo a su madre observarlo comer, con esa mirada mansa que no lo soltaba nunca, ni siquiera en la distancia.

Las horas pasaban lentamente, lentamente iban acercando la noche. Manuelo permanecía atento en el fondo de la casa en construcción, en un lugar que parecía destinado al cuarto de la sirvienta. En caso de escape, contaba con un vano por el que se podía salir hacia la sala y otro que comunicaba con el callejón. En medio de sus pensamientos, le dio la impresión de que aquella era una ciudad desconocida. No tener a dónde ir ni con quién hablar es lo que hace que un lugar nos sea extraño.

Y pensar que anteriormente no había una sola calle que no peinara a diario en busca de algún desprevenido. Los que andaban ensimismados en el celular resultaban carne fácil. Todo era cuestión de amenazar con determinación y después darle su parte al comandante. En verdad el negocio funcionaba tranquilo. Hasta la noche en que fue asesinada la hija del periodista… ¿cómo se llamaba? Bueno, él no estaba en ese atraco. De hecho, de haber participado seguro que nadie hubiera disparado. La muchacha gritaba porque se puso nerviosa: bastaba con acelerar la moto y dejarla con su berrinche. Entonces toda la pandilla cayó en desgracia. De hecho, fue el único que logró desaparecer y continuar en el mundo de los vivos. Y desde esa época se mantenía en la lista negra, ese inventario de gente marcada por la muerte que no aparece escrito en ninguna parte salvo en la memoria del odio policial.

Una detonación lo sacó de su pensamiento. Se trataba de un petardo. A continuación, un viralata entró desesperado a la casa. Se detuvo al verlo. Jadeó nervioso. Cuando cayó en cuenta que aquel hombre era un extraño, el perro peló los dientes. Empezó a ladrar. En vano intentó calmarlo. Temía que sus ladridos llamaran la atención de los vecinos. Le pareció ver en los ojos del animal la mala intención vengarse por aquella detonación.  Se agachó despacio y, sin darle la espalda ni mirar directamente al animal, se fue apartando hasta alcanzar el callejón y regresar a la calle.

2

En diciembre el sol se acuesta temprano. Pero a partir de las cinco de la tarde parecía que el reloj general del tiempo se había dañado. El aroma de las cocinas se esparcía condimentado con las antiguas canciones navideñas. Manuelo se ocultaba cada vez que suponía u observaba a lo lejos una patrulla policial.

En una se detuvo frente a una edificación. Le era bastante conocida, aunque no necesariamente familiar. Se trataba de una iglesia. Se acercó al atrio. Si no fuera porque desde que abandonara la ciudad se había convertido en un hombre de trabajo, cualquier mal pensado creería que lo hizo con el sigilo con que un delincuente vigila un lugar antes de robarlo. Desde la entrada observó las puertas abiertas de los extremos, que daban dos posibilidades de escape. Cruzó el umbral y de pronto sintió como si una masa de energía se desplomara sobre su espalda. La nave estaba solitaria. Avanzó entre pasillo de los bancos. Se detuvo cerca del altar. Levantó la cabeza. Los ojos del Crucificado trataban como de decirle alguna cosa, pero no lograba entenderlo, apenas podía captar una fuerte interrogante.

Escuchó unos pasos que se acercaban. Eran dos ancianas con mantilla. Lo vieron con un interés tan disimulado que era imposible no advertir que lo observaban con curiosidad fotográfica. De todos modos, calculó, se trataba de dos viejitas que no ponían en él mayor atención que la que depositarían en cualquier extraño que entrara a la iglesia. Las ancianas se persignaron y se sentaron a orar. Manuelo se sintió seguro en aquel sitio. Le visitaba una novedosa sensación de paz que a lo mejor le venía de los tiempos en que su madre iba con puntualidad a la iglesia, antes de quedar relegada a la silla de ruedas.

Sus ojos se detuvieron en la estatuilla de la Virgen María. Su madre le guardaba devoción. Le imploraba por él, para que la policía no lo asesinara y para que lo apartara de la calle. Según siempre aseguraba, fue por su intermediación que fue salvado de la cacería contra los miembros de la pandilla caída en desgracia. Y que gracias a la Virgen fue que pudo esfumarse de la vigilancia del mal.

Cuando las dos ancianas se voltearon a curiosear por última vez, el hombre ya no estaba en el templo.

3

Ya era de noche. Manuelo la aprovechó para desplazarse con sigilo hacia el barrio. Como su madre vivía sola en una casita en las afueras, no se le dificultaría mantenerse oculto de los curiosos. Nada más era cuestión de cortar camino, cruzar el puente seco, ladear por la zona de monte y llegar por la parte trasera. Se había ido la luz y las callejuelas estaban a obscuras. Desde que alcanzara el puente seco se metería en la maraña de bejucos, y listo.

No bien se acercaba al puente, tres hombres se le acercaron. Entonces se encendieron las luces de una camioneta. Eran policías. Dos de ellos le apuntaban con un arma. Lo arrinconaron. Quietecito critiano la cédula, le ordenó uno de los agentes, coperando ar paso laj mano onde la pueda ber. Manuelo quedó pasmado. Se le dificultaba comprender lo que claramente sabía que estaba sucediendo. Entendió que debía aquietarse. No tenía sentido forcejear o tratar de escapar. Aparte estos tres, alcanzó a ver a contraluz detrás de la camioneta la sombra de otro policía.

Entregó la cédula. Posiblemente el agente no la leyó, aunque se supone que con cierta dificultad pudiera leerla. Sin dudas le fue suficiente concentrarse en la fotografía. La abanicó como si fuera una jeringa. El hombre calculó que era el instante idóneo para dar el siguiente paso a su favor. Comando, yo lo que vine fue a traerle su regalo de Navidad. Y le pasó, sacándolo con cuidado, un billete de quinientos pesos. El otro recibió el dinero sin ningún disimulo. Y qué andamo bucando por eto carrandale, le preguntó mientras le pasaba el billete a uno de sus compañeros. El hombre le respondió cualquier disparate que sonara bien, en el entendido de que lo habían detenido simple y llanamente para quitarle algunos pesos. En ese momento se dio cuenta de que el policía que estaba detrás de la camioneta encendía y apagaba un encendedor.

Cuando el detenido percibía que estaban a punto de dejarlo libre, el agente avanzó con desgano hacia el vehículo. Le pasó la cédula al copitolo. Casi de inmediato se escuchó una voz que se superpuso por encima del runruneo del motor, Percíade Natividad de los Santo, oyó leer, y se abrió la puerta del vehículo. A Manuelo la sangre se le volvió de piedra. Sí creía en la voz que estaba escuchando. El hombre que salió del vehículo se le puso en frente y dijo con seguridad, Alias Manuelo.

Esta es la parte que termina el juego y todas las cartas se ponen boca arriba sobre la mesa. Se trataba del capitán Masá. En resumidas señas, era aquel a quien la pandilla le pagaba el peaje para que les permitiera hacer y deshacer. Habían hecho buenos negocios, pero con el asesinato de la muchacha el foco podía caerle encima. Por eso el capitán se había encargado de cazar y asesinar a cada uno de los miembros, tras lo cual exhibía sus cadáveres como trofeos. Incluso, lo peor, llegó a jurar públicamente que perseguiría bajo cielo y tierra a Manuelo, el único que había descompletado su colección de presas. Más que un asunto de venganza, era una cuestión de amor propio y hasta de orgullo deportivo.

El detenido comprendió que las palabras eran su única defensa. Le pidió perdón. Realmente no sabía por qué, pero le pidió perdón por lo que fuera. Uté como hombre enterado sabe que yo dejé la calle hace tiempo. Y abogó en ese tenor. Lo decía con convicción. Si antes dio aquellos malos pasos fue por inexperiencia. Además, en la adolescencia sintió el peso de ayudar a su madre, sobre todo después que quedó inválida. Desde que huyó de la ciudad se dedicó a trabajar como manda la ley. Eso le decía, por supuesto atropelladamente, pero con la certeza de que era la única verdad sobre la tierra.

Do gente no se juntan pero do montaña sí, sentenció de manera errada pero determinante el capitán. Relató el operativo con que logró atraparlo, no por considerarlo necesario ni por imprimir a su obra un toque de ficción policial, sino a lo mejor por tratarse de un detalle cruel. Incluso reprodujo en el celular la grabación en la que Manuelo le informaba a su madre sobre la forma, la ruta, el día y la hora para llegar al barrio. A manera de guiño, añadió que las dos ancianas de la iglesia iban a rezar por su alma.

4

El capitán sacó la pistola. Conque un regalo de Navidad, dijo con sorna mientras se guardaba en el bolsillo los quinientos pesos que el policía le pasara. Yo sí que te voy a dai tu regalo. Rastrilló el arma. En ese momento, Manuelo comprendió que le quedaba muy poco a su favor. Así que se arrodilló despacio mientras imprimía en sus ojos aquella mirada que le viera esa tarde al Crucificado. Mirando desde el suelo, abrió los brazos y preguntó con profunda humildad Padre mío, acaso vas a matar a tu hijo.

En estos casos el tiempo funciona de una forma que no se mide. Es como si se ausentara y nada sucediera en el mundo. Durante ese lapso incalculable, el capitán se dirigió al policía que estaba detrás de la camioneta. Retornó donde el detenido, de quien no se puede saber con precisión si tenía consciencia de encontrarse ya de pie o todavía de rodillas.

Mostrando una cara limpia de tensiones, el capitán le ordenó que diera la espalda y siguiera su camino. Eso sí si a paití de mañana si yo lo vueivo a vei otra ve en ete mundo o en el otro lo mato. Manuelo leyó por debajo de estas palabras la vieja sentencia de la muerte. Qué le pasa critiano uté no cree en lo milagro de Navidad, preguntó el capitán. El hombre bajó la cabeza, derrotado, y dio la espalda. No tenía sentido echarse a correr. Mientras caminaba por debajo del puente, entregado a la jugada del destino, imaginaba la mirada mansa de su madre. No había avanzado ni diez pasos cuando escuchó una detonación. Se quedó frizado. Luego sucedieron otras detonaciones en secuencia. Y por cada explosión, veía un golpe de luces de colores en el cielo.

Luego escuchó la camioneta alejarse, se metió en la maraña de bejucos y continuó su camino hacia la casa.

Pedro Antonio Valdez en Acento.com.do