PEDERNALES, República Dominicana. Antes de la colonia de 1927, el joven de la Guardia Nacional, Maximiliano Fernández (Marcí), nativo de Angostura, Duvergé, con fama de paciente y excelente tirador, conoció las ubérrimas lomas del Baoruco y la planicie frente al mar Caribe mientras estuvo de puesto en la zona. Tierras a las que regresaría a vivir en ellas y hacerlas parir café y víveres.
El país sufría la primera invasión de tropas estadounidenses (1916-1924) bajo el alegato de necesidad de intervención de las aduanas para cobrarse la deuda externa y dizque evitar el uso de la isla por parte de los alemanes, para atacar a Estados Unidos. Era el contexto de la Primera Guerra Mundial.

https://www.telesurtv.net/news/primera-invasion-estados-unidos-republica-dominicana-20190517-0025.html.

Era tal la fama de francotirador de ese hombre de 5.6 pies de estatura y unas 170 libras que –cuentan sus allegados- en la ribera del lago Enriquillo mató dieciséis caimanes con igual número de tiros, cada uno con un impacto en la frente. Y sus superiores se llevarían un esqueleto para mantenerlo como muestra de su hazaña.

Máximo Fernández, 62 años, el menor de sus varones: “El doctor Pineda siempre ha dicho que mi papá era el mejor tirador del país en ese época. Papá fue entrenado por un alemán de nombre Charles Vanhol, y recibió la medalla como el mejor tirador de la época”.

Pero en Pedernales no había focos de rebeldía ni suficiente población que ameritaran movimiento de militares con su formación. Las labores de seguridad eran rutinarias, y eso hacía él desde “la boca del río” hasta Banano.

“Era costumbre de la guardia escoger uno de sus miembros como tirador porque parte de la ración alimenticia debía ser conseguida con la caza de animales salvajes. Entonces, en cada puesto había un tirador”, conjetura su primer nieto, Antonio Bretón, 72 años.

Había estado de servicio en Carretón, comunidad Santana, de Baní, según precisa su hijo Claudio Fernández (Quique), 85 años.

“Siempre que íbamos a la capital, al pasar, nos señalaba ese lugar, donde estuvo de puesto”, enfatiza.

UN SITIO DESOLADO

En esta comarca del sudoeste, el gobierno de Ramón Cáceres, alias Mon, (1906-1911) ya había iniciado la trocha o camino de herradura y la apertura de varios puestos militares que luego, durante el mandato de Horacio Vásquez (1924-1930), por “invitación” del ejército interventor, fueron mejorados, igual que la definición de la frontera.

La línea divisoria con Haití resultaba estratégica. Y hacia el norte, un punto ideal: Banano, justo en la colina donde luego construyeron la fortaleza de piedras que aún luce imponente, y desde ella se ve Haití. Antes, este sitio no era un puesto formal, sino una especie de paradero del camino. Hacia el sur, la planicie tupida de bosque seco donde luego edificaron a Pedernales, municipio cabecera de la provincia.

Marcí se había enganchado temprano, cerca del 20, y asignado a la guardia de frontera en el 1926, cuando ya tenía los dos primeros hijos. Había nacido el 27 de febrero de 1899.

Llegaría al puesto de Banano ya retiradas las tropas, estima Bretón. “En el 29”, acota Quique.

Y junto a él, José Altagracia Moquete, Chimbé Medina y/o Pérez y Justo Ramírez, comandante del grupo, hijo de Leticia, la madre de Chichí Cervantes.

En la falda de la colina, a orillas del río Pedernales, Firín, Julio Hernández y Marcí construyeron un “buntaté” o campamento con dos o tres casitas, con techos de dos aguas, en pajas hasta el piso.

“Allí nació allí su primera hija, Mireya”, enfatiza Quique.

Marcí pasaría a retiro a inicios de los 30 cuando ya habían cambiado el nombre de la Guardia Nacional por Ejército Nacional, y Rafael Leonidas Trujillo comenzaba su tenebrosa tiranía de 30 años.

Pero en 1926, antes del comienzo del desmonte para la construcción de las casas de tejamanil que alojarían a los primeros colonos, ya él había construido su primera casona sobre pilotillos en Higo Grande, Aguas Negras, en la sierra, donde se había dedicado a la siembra. Allí nació su hija Argentina, hoy con 84 años.

“Siendo militar, conoció a Pedernales… Llegó con Figín, Justo Ramírez, Chimbé Pérez y otros más que no recuerdo. Pero de en 1929 viene de puesto a Banano donde está la fortaleza ahora. Con Julio Hernández y Fiyín hicieron un funtaté, y ahí nace mi hermana Mireya”, relata Quique.

GIRO EN LA VIDA

A principios del siglo XX, el gobierno de Mon Cáceres había abierto la trocha y el camino militar El limón-Puesto Escondido-Villa Aida-Los Arroyos-Banano. Ya existía el camino de monteo Puesto Escondido-Higo Grande-Aguas Negras-Bucampolo-Rubensón-Los Mangles, en la sabana.

Con la intención de fundar la colonia, a través de la Cañada del Barraco, unieron el camino militar y el de monteo y descubrieron el llano que luego el sátrapa Trujillo designó Flor de Oro (nombre de su hija). Tras el ajusticiamiento del tirano, el 30 de mayo de 1961, en el malecón de la capital, a esa comunidad la nombraron Mencía.

En 1946, Danilo Trujillo, hijo del funesto Virgilio, hermano del tirano, ya le había “tirado el ojo” a las riquezas maderables de la estribación sur de la cordillera Baoruco, mientras inspeccionaba la zona viniendo desde Duvergé, al otro lado de la sierra.

Y no tardaría en adueñarse de esas montañas en complicidad con el comandante de la 16 Compañía del Ejército, Juan Tomás Díaz, quien –comentaban- había sido enviado a la frontera como castigo.

Díaz participó luego en el tiranicidio del 30 de mayo de 1961 y, como consecuencia, el 4 de julio de 1961, fuerzas del régimen lo acribillaron junto a Tomás de la Maza, en la Ferretería Read, en la avenida Bolívar de la capital.

Para conseguir su macabro objetivo, Danilo estaba convencido de que la ruta Banano-Cañada del Barraco-Aguas Negras-Bucampolo Rubensón- la colonia, resultaba muy difícil.

Y abrió otra: |Banano-La Agüita-El Manguito-Cuesta Blanca-La Sabana, hasta la colonia.

Las familias de guardias y los colonos que ya vivían de sus parcelas en Los Arroyos, Aguas Negras y Flor de Oro ni se imaginaban el plan del rey de la comarca.

DESAFÍOS EN EL CAMINO 

Entre 1925 y 1926, el deseo de superación había impulsado a Marcí hasta lo alto del Baoruco, en la peligrosa “loma –o cañada- de Barraquito”, en Higo Grande de Aguas Negras, donde adquirió tierras y las sembró de café; construyó casa y formó la primera familia.

Más arriba, en “Grofillé”, La Altagracia, adquirió otra propiedad donde producía muchos víveres, incluyendo guineos “timalí”.

Mireya Fernández, 91 años, su primera hija, lo ha recordado a través de su hijo Tony Bretón.

“Él inició la siembra de café antes de la colonia. Incluso, construyó su casa en Higo Grande y volvió a vivir allá luego que salió del Ejército. Vivió allí hasta después de la fundación de la colonia. Él, Telesforo y Nandó Barraco llegaron a esas tierras como militares y bajaron por primera vez a la colonia cuando ya todas las familias estaban establecidas. Sería como en el 1933-34”.

Quique recuerda que “había una casa montada en pilotillo, dos secadoras de café, y tenía otra propiedad en un sitio que nosotros llamábamos Grosillé, donde había muchos víveres”.

En el año 49, Danilo Trujillo llevó sus hombres a los pinos de Los Arroyos –incluidos presos de confianza- y desalojó a las familias de los guardias que cultivaban las tierras. Les dio un plazo de 24 para salir. Unos, sin recuperar sus bienes, corrieron hacia Pedernales; otros, como Marcí, fueron montados en una fragata y tirados en el municipio Barahona, 124 kilómetros hacia el este. Obligado, abandonaba su casona de Higo Grande, a donde había regresado a vivir después de su retiro en el 31.

La depredación de caobas, robles, cedros almácigos y pinos arrancaba para suplir los tres aserraderos con tecnología moderna que el pichón de tirano había instalado en lugares estratégicos del Baoruco. Embarcaba la madera por un muelle que había construido en el mar Caribe, frente a Pedernales, con pilotillos cortados en la montaña por presos y campesinos. El mismo muelle por donde sacaría la madera de su casona de Los Arroyos, tras la caída del Jefe, su tío.

OTROS RETOS

Marcí se vio compelido a cambios bruscos en su vida. De repente, le habían dejado con las manos vacías.

“Llegó a Barahona sin nada; se lo quitaron todo, pero mi papá era un hombre muy diestro, hábil”, puntualiza Quique. Según Milcíades Mancebo, 87 años, él es un buen referente de la provincia.

“Comerciante, ganadero y dueño de fincas de café. Nunca lo vi tomando ni jugando gallos. Era un hombre querido por todos. El primero y único que tenía tres fincas de café en Aguas Negras, dotadas de casas de zinc y pisos de madera, con secaderos para secar el café. En Pedernales tenía tres casas con sus secaderos, finca, potrero para los animales. El primero en tener una bodega, grande para la época, un camión de cama larga para llevar y traer mercancías desde Barahona”, explica”.

Hijo de Inocencia Fernández (Chenchén) y el español Miguel Nin, un bohemio que su hijo vería por primera vez a los cinco años. Tiempo que dejó a su pareja, a punto de parir, para ir a comprar la canastilla del bebé. A su regreso, Miguel, con desparpajo sin parangón, al verle la cara, solo comentó: ¡Éste es el mío!

Sería criado por su madre y su tío materno Antonio Fernández (Toño). Padre de 14. En su primer matrimonio con Rosa Mancebo tuvo siete hijos: Oscar (fallecido a los 11 años), Hostos, Mireya, Claudio (Quique), Argentina, Doña, Nelson y Pipín. De su segunda familia, con Rosa González (Linda): Altagracia, Any, Adria, Lelin, Máximo y Elizabeth.

El despojo de sus propiedades de las lomas y la “deportación” hacia Barahona, no amilanaron al exguardia. Regresó al pueblo. Y, según Quique, “vivió como el rey de reyes, tuvo muy buenos negocios y era compadre de todo el mundo, todo el mundo le quería. Maximiliano era el más excelente con sus hijos”.

Él viajaba en su camioneta hasta Barahona y Tamayo a vender y comprar productos (víveres y vegetales) para abastecer su bodega. Compraba café y revendía. Atendía sus reses y sus potreros en el Campo de Aviación y en la Playa.

“En la misma esquina de la Duarte, al final, al llegar a la playa, ese solar, que ahora cuesta muchos millones, era originalmente de José Ramón Tejeda; hacia el este, en línea recta, le seguían Lucho Mancebo, Irena Pérez, Fabio Fernández, Benigno Pérez. Hacia el norte, contiguos, los de Adelo José, Maximiliano Fernández, Otilio Pérez, Fonsito, Capitán y Onésimo Pérez (ahorcado en una mata de magno por matones trujillistas). La gente ignora eso, esa es la gente que fundó a Pedernales, la gente que me crio y me enseñó mucho”, evoca emocionado Quique.

En 1963, Horacio Julio Ornes lo nombró síndico de Pedernales. Su paso por el cargo fue efímero, pero con un superávit de 20 mil pesos al finalizar el año, construyó el taller de mecánica, el cementerio, la gallera, aceras y contenes de calles céntricas.

Contribuyó a españolizar los nombres de las colonias agrícolas. Los Arroyos por Tesús; Mencía, por Lestó; Cabeza de Agua, por Tetagló; Aguas Negras por Yonué. Marcí lucía un hombre apacible.

Siempre con voz baja. Una ligera variación en su tono era suficiente para que hijo o hija se enderezara. Estricto de sobra con los horarios de compromisos de trabajo. Como recuerda Elizabeth, “si el viaje era a las siete, era a las siete”.

En el último tramo de su vida, en su casa de la calle 27 de Febrero, se sentaba en las tardes en su mecedora de sentadera de pajas y, mientras se balanceaba suavemente y chasqueaba el dedo pulgar sobre el índice de su mano derecha, contaba historias interesantes.

Eso sí, sin mancar, cenaba cerca de las seis de la tarde y a las siete de la noche la cama era su destino, día tras día.

No era bebedor, pero sí fumador empedernido durante décadas. Vicio que un día, con ocho décadas encima, paró en seco y jamás se dejó atrapar. “Era un hombre de los buenos, le servía a todos aquí”, ha afirmado Clemente Pérez, 98 años.

A ratos, él resultaba distraído. Su hermano Fabio (f) se reía y se aprovechaba cuando él colgaba la camisa en un árbol del potrero de la playa para dedicarse a trabajar, pero la olvidaba y regresaba a su casa.

“Fabio la hallaba y se la ponía; luego, se la llevaba a la casa, muerto de risa”, refiere Máximo.

Gotas no le faltaban. Como aquella vez que visitó a Otilio Pérez para solicitarle el burro que encastaría su yegua. Le urgía un mulo, que era el medio usado para cargar productos y personas por los escabrosos caminos de la cordillera y viajar a Oviedo. Es un animal muy resistente.

“Cuando le pidió el burro prestado para el encaste, Otilio le respondió: ‘Lo tiene Largo”. Emilia, la esposa de Otilio, rió de buena gana por la connotación. En realidad, Otilio se refería a su amigo Largo Méndez (Largo Matilde).