El nuevo año nos invita a reflexionar sobre la precariedad de nuestra condición humana, lo cual implica tener conciencia de la debilidad del mundo. También nos ayuda a pensar en la fragilidad de la vida y acabar con el mito de la eternidad, que solo ha servido para dar rienda suelta a la prepotencia y arrogancia del ser humano.

Para mí, los límites del mundo están determinados por el alcance de nuestras acciones, que producen efectos contradictorios, dando lugar al fenómeno de la entropía, tanto en la naturaleza como en la sociedad. Igualmente, con el transcurso de los años las cosas cambian y se transforman. La fragilidad del alma se irradia en esas condiciones inestables que traspasan a todo poder que quiera contener el desarrollo natural del universo.

Aquí nos detenemos a juzgar sobre otro punto: el deterioro es otra forma de los límites, pero en el sentido de una manifestación de la entropía que deshace a los seres llevándolos a su desintegración. Su pérdida es un desenredarse de la realidad y su imposible retorno es el impedimento de un renacimiento fortuito. Lo que más podemos emprender es intentar cambiar, ansiando mejorar la condición anterior.

Aquellos que no logran entender los límites del mundo corren el riesgo de perderse en el paisaje de la complejidad, sin poder reaccionar ante todo lo que puede evitarse.

El sentimiento de impotencia es otro encuentro con el límite de la condición humana. Expresa la frustración de no poder recuperar lo que se ha perdido. Sin embargo, podemos intentar recordarlo para que no se nos olvide. Aquí la memoria es como esa operación que hace que recordemos lo ya conocido. Un acto de interpretación que no es más que recordar. Es el momento en que abrimos un espacio para las cosas que se perdieron y no queremos olvidar, porque marcaron un sello con la forma de valor.

De este modo se produce un extraño forcejeo. Por una parte, vemos un límite; por otra, tenemos la necesidad de volver a las cosas perdidas, pero con una actitud interpretativa que nos permita retomarlas desde otro contexto. La interpretación destaca la voluntad humana de retornar a lo que aconteció para comprender lo que ocurre ahora.

Pero, por otro lado, hay límites a la interpretación, ya que no podemos abarcar toda la realidad. Empero, ella es ilimitada a la vez, en el sentido de que siempre quedará algo por entender, lo que constituye también el alcance de la comprensión humana. Se trata de lo que se denomina la gran paradoja hermenéutica: el hecho de que la interpretación es un proceso abierto y simultáneamente limitado.

En estos tiempos que corren es necesario enfatizar en las relaciones entre mundo, interpretación y lenguaje, dado que nuestra sociedad, quizás más que nunca, pende de estas dos en sus diversas manifestaciones: discursos, sistemas simbólicos y sígnicos, imágenes… Además de la informatización a la que ha sucumbido inevitablemente hasta concretar una cultura digital. Es desde este contexto que debe explicarse la actual condición humana. Lo que ha conllevado a otra exigencia para el pensamiento consistente en dirigir nuestra mirada hacia aquello que impregna nuestras vidas pero que, sin embargo, pasan desapercibidas por nosotros.

Aquellos que no logran entender los límites del mundo corren el riesgo de perderse en el paisaje de la complejidad, sin poder reaccionar ante todo lo que puede evitarse. Para esos, la vida y el acontecimiento les brinda un guiño de ojo que no logran descifrar por la jactancia de sus “capacidades”.