Trabajar un poeta en una narrativa museográfica parecería simple, pero no lo es tanto, dado que la poesía misma es una narrativa estética de la palabra, que se haría acompañar esta vez, de otra estética visual, la museográfica, aunque son narrativas distintas, esta vez una, la museográfica, se pone al servicio de la poética, para contar una historia, que podría ser concebida en su conceptualización museológica, como un poema ilustrado, una historia del artista, un impacto social de su obra, o la fuerza de su narrativa poética y por eso celebro el título de la muestra: Pedro Mir. Un poeta universal y nuestro.

Sin embargo, Raulina Capellán y Diego Medina en la museografía con el apoyo museográfico de Guadalupe Casasnovas, jugaron con muchos momentos, contextos y discursos para presentarnos, con la rigurosa curaduría de quien domina la temática, Ylonka Nacidit Perdomo, con una propuesta que nos traslada a distintos momentos del poeta.

Narrada en un recorrido corto, pero densamente significativo, con sutileza expositiva y elegancia de detalles y montajes que convierten esta muestra dedicada al poeta nacional Pedro Mir, en un destacado y singular homenaje que circula la difusa frontera entre lo museográfico y lo poético, lo discursivo y la museografía discreta que le acompaña, como si fuera una silueta, una sombra que no ocupe o reduzca la dimensión de quien tiene la estatura de los astros, que como sabemos poseen luz propia.

Con un concepto de espacios abiertos, cada ámbito o temática, ligeramente tratada en términos de sitio, asegura una comunicación hacia adentro entre el visitante y el poeta, en un dialogo intermediado por la museografía y su narrativa, que nos remonta a momentos y explicaciones de este gran poeta y su obra y por supuesto, la calidad universal de sus escritos y de su poesía, pues la inquietud y sensibilidad social del poeta, lo llevó más allá de la poesía y lo introdujo igualmente en el ensayo histórico, y en ese campo aportó con profundidad y reflexiones de índole social e históricas con sentido crítico.

Caribeño en sus orígenes paternos y maternos, uno cubano, y la madre puertorriqueña, poco importante para que esto impidiera escribir el poema: Hay un país en el mundo (1949), tan nuestro como de la humanidad por su profundidad y dimensión universal en cada prosa, en cada párrafo y en cada descripción que permite denunciar cualquier momento de la historia y en cualquier lugar del mundo. De este poema se hicieron versiones en poesía coreada de Maricusa Ornes y Servio Uribe con su grupo Calíope que jugaron un papel político en su momento.

Se crece de la nada el poeta, en andanzas por rincones e ingenios nacionales y se hace descubrir escribiendo como Pedro Mir, en el Listín Diario que lo asume Juan Bosch con la dimensión de poete social necesario, Pedro Mir llegó a las letras nacionales para redimensionar esa poesía social en momentos de satrapía y dolor nacional.

Aunque se graduó de Derecho en la Universidad de Santo Domingo (1941), a cuya profesión nadie nunca lo ha relacionado porque su vocación fue más allá de su profesión que ejerció brevemente en 1965. Dedicó una parte importante de su vida a la docencia en la Universidad Autónoma de Santo Domingo cuya Biblioteca lleva su nombre, siendo además miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana por sus ensayos sociales e históricos: Tres leyendas de colores, Antología del Pensamiento crítico dominicano, Noción de períodos de la historia dominicana, entre otros.

Gracias a la colaboración de la colección de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, donde reposan objetos y parte de su colección, de su familia y de la parsimonia elocuente del trabajo de Ylonka Nacidit, nos entrega el Centro Cultural Banreservas esta trascedente muestra de quien nos colocó en el mismo trayecto mismo del sol, como dijera el poeta, con su poema patria, y el otro de gran difusión, Contracanto a Walt Whitman. La línea de tiempo de la exposición nos habla de un progresivo avance de su obra, de su compromiso social y de su estatura como artista internacionalmente reconocido.

Fragmentos de poemas, dibujos del artista y otras voces de acompañamiento como la majestuosa acuarela de la arquitecta y artista Iris de Mondesert, o de su amigo del lienzo, Fernando Ureña Rib, convierten esta exposición del Centro Cultural Banreservas, en una alegoría de cantos, poemas y museografía, hechas con elegancia, comedimiento, sentimiento, reconocimiento patrimonial de la palabra hecha estética, y de un merecido homenaje.

Cierro mi mirada a esta exposición, con una cita de quien lo ha seguido de cerca Basilio Belliard: También es un canto apocalíptico, dice Belliard, una elegía y un canto moral, en el que la metáfora de la sangre representa el dolor y el duelo de la muerte. Así de profunda es la obra de Pedro Mir. Gran proyecto expositivo, homenaje necesario, retorno a la memoria como reconocimiento a una obra, aun poeta, a un gran ciudadano. Buena iniciativa.

 

Carlos Andújar Persinal en Acento.com.do