Si entramos a cualquier museo —tomemos por ejemplo uno arqueológico, antropológico e histórico—; al pisar el umbral de la puerta de la sala de exhibición, en ese mismo instante pareciera que se detiene el tiempo en cada una de las muestras: en antiquísimas rocas talladas, restos de humanos de miles de años, indumentarias de un emperador o en un manuscrito en sánscrito. Se detendría el tiempo en la sala completa, también en el espectador. Creo, quizá como otros, que en ese instante nada evoluciona, nada sufre modificaciones, todo ha quedado congelado en la dimensión espaciotemporal, como una fotografía. De inmediato el tiempo retrocede y enciende luces de esos ayeres. No sería un museo el mejor ejemplo comparativo con la dinámica de los cambios característicos de la hipermodernidad. Esos acelerados procesos disruptivos, algorítmicos o caóticos.

En la cultura humana, las piezas de un museo serían como chispas que encienden los recuerdos de una memoria cercana o ancestral. Lo mismo sucede cuando un dominicano escucha un merengue típico con instrumentos de épocas pasadas. Pareciera que el merengue se detuvo en el tiempo y se convierte en un recuerdo o una ejecución musical de carácter folclórico. En ese sentido, que a nadie le sorprenda mucho la evolución del ritmo, hasta petrificarse en su forma o estilo de expresión y ejecución en el tiempo, dando paso a otras mixturas o manifestaciones musicales de carácter creativo, donde se sostiene la cultura como memoria temporal, sujeta a cambios.

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La chispa que enciende 

Los estímulos que provocan los recuerdos individuales, en dos personas, o en grupos llamados “colectivos”, nunca serán los mismos. Son totalmente diferentes, aunque tengan puntos comunes que encienden la chispa, la imagen o emoción guardada en el inconsciente, como rastro en nuestra complejidad de los procesos cerebrales o memoria, como les llamamos. Esto está sustentado en elementos simbólicos. En el poema “Elegía para ti y para mí”, el poeta cubano José Ángel Buesa, en unos versos, nos da el ejemplo de cómo se enciende la chispa de la memoria: “Una canción de entonces me traerá tu recuerdo”. O cómo se apaga la memoria, “igual que un río oscuro que corre hacia el silencio”. Llegado a este nivel, el olvido llega al culmen cuando poetiza: “Y quizá, para entonces, al cruzar una calle, / nos vimos frente a frente, ya sin reconocernos”.

Jean Piaget (1896-1980), psicólogo, epistemólogo y biólogo suizo, destaca que “una imagen de memoria nunca es una reproducción estricta de semejante escena y su significado no es la escena originalmente comprendida, sino la escena solicitando los esquemas por los cuales fue asimilada y así comprendida” (Arbocco, 2009, p. 2010).

Quizá el concepto de “memoria colectiva” soporta opiniones y juicios discrepantes. Pero si el estímulo que enciende el recuerdo alojado en la memoria es diferente en cada individuo, entonces en el colectivo sería mucho más complejo, si es que existe. ¡Claro! Existen detonantes, como imágenes o emociones de carácter simbólico que despiertan recuerdos en la memoria. 

Todo eso está dotado de una extraordinaria complejidad, como ya había referido. Pongamos un ejemplo: Los aviones de Al Qaeda, liderado por Osama Bin Laden (2001), que impactaron en las torres gemelas del World Trade Center en New York. Cuando eso sucedió, el recuerdo de los que estuvieron en la torre y sobrevivieron de alguna manera, no es igual a la mío que solo vi por televisión en un país caribeño. Los recuerdos, tanto de imágenes y emociones, de un sobreviviente del quinto piso de ese hecho, no son las mismas que el mío. Y mucho menos el proceso de evolución, porque los recuerdos de un hecho, ni son los mismos, ni se congelan en el tiempo, se transfiguran simbólicamente, se pierden rasgos de imágenes y las emociones o sensaciones son diferentes por todos los procesos bioquímicos que experimenta el cerebro de cada quien.

Fantasía del pensamiento

La memoria es una referencia del pasado, donde hay presencias y ausencias: “Lo que está presente es la imagen de memoria, pero lo ausente es la experiencia original que, si bien ya no está, queda inventada por y en la imagen. La experiencia del pasado vuelve a la mente a través de estas imágenes de memoria” (Arbocco, 2009, p. 209).

El tema de mayor atención, después de la memoria, para el psicólogo Sigmung Freud (1856-1939) llegó a ser la “fantasía del pensamiento”. Es un acto fraccionado o aumentado del hecho, el sentimiento o la emoción, lo cual considero positivo para la creatividad y sobre todo para la creación artística.

No es lo mismo que un apasionado estudioso de la antropología entre a un museo y vea los restos de un Tiranosaurio rex a otra persona que nada le interesa ese bendito esqueleto. El umbral perceptivo del primero es más grande que el del segundo. Basta con poseer más conocimiento del T. rex para ampliar sus estados sensibles, su manera de acomodación de esa experiencia visual, de reconstruir un marco conceptual en torno de esa imagen y a su vez evocar un recuerdo asociado a la especie nombrada.

Una imagen puede cambiarlo todo

Los recuerdos entre dos personas o grupos deben poseer puntos donde se contacten imágenes simbólicas, sensaciones o emociones afines, sabiendo que el deterioro, de aspecto orgánico y mecanismos psicológicos en los individuos humanos pueden provocar alteraciones en los hechos. Nadie está seguro de que se perciban los hechos tal como ellos suceden. Si usted vio por televisión el choque de los aviones con las torres gemelas desde diferentes ángulos o posicionamiento del observador, no solo llevará al inconsciente la imagen del impacto de una sola manera o de un solo ángulo, cuando activa la memoria por reconocimiento, reconstrucción o evocación, el acto será siempre diferente, porque la memoria se reconstruye constantemente.

Entonces, ¿dónde cabe el concepto de “memoria colectiva”? Ni siquiera la aprehensión simbólica es de carácter colectivo. Carl Jung (1875-1961) nos habló de un inconsciente colectivo, lo consideraba como un segundo sistema psíquico cuya naturaleza es universal e impersonal, que está compuesto por imaginarios, símbolos y experiencias que no son adquiridas por medio de los aprendizajes, sino que son compartidos por todos los seres humanos. La “memoria colectiva”, como tal, algunos estudiosos niegan su existencia y podría ser confundida con el concepto del consciente colectivo que definía Jung.

La expresión “el tiempo lo borra todo” es una metáfora para decirle adiós a la memoria en su evolución. Siempre quedan restos. Por eso los individuos humanos somos únicos, semejantes, pero tan diferentes entre sí, por esa mezcla de lo inconsciente y lo consciente, con ese inconsciente colectivo que acumula, y por ese consciente colectivo en constante dinamismo y construcción de estructuras de pensamientos.

Si la percepción de una imagen o un hecho puede cambiarlo todo, específicamente, pensamientos y lenguajes; si una emoción, como resultado del reconocimiento, reconstrucción o recuerdo registrados en la memoria, son tan complejos, ¡qué gran oportunidad tenemos los individuos humanos para ser creativos! Si fuéramos conscientes de este razonamiento, cabrían menos sojuzgamientos, iones psicológicos, arquetipos y manipulaciones entre humanos.

Domingo 4 de febrero de 2024.

Virgilio López Azuán en Acento.com.do