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Subes por el metro de la calle 181. La primera imagen es la de un puesto de esos como hongos: vendiendo cualquier cosa pero con un asta que soportará una serie de camisetas con tres banderas que se van entrelazando: tres colores que se van desparramando y mutándose en bandera norteamericana, puertorriqueña y dominicana. La frase “dominicana la tambora” me rebota como una pelota vasca. Me recuerda el estarle llamando la atención a una dominicana en Amsterdam y oír “déjame así, porque los dominicanos somos bullosos”. Recuerdo al viceministro Pastor de Moya, rugiendo como uno de los últimos leones del zoológico de Moca, airado, porque le pregunta que cómo el Ministerio pensaba hacer una feria del libro a “ritmo de merengue”, si lo que más perjudica a la lectura es tener una tambora y un guayo, chiquichí y chiquichá chá chá.

¿Es “lo dominicano” un imperio de tamboras, gritos y saltos por los aires? ¿Por qué tengo que oír tu conversación, tu bachata, los saludos de chapeador o chapeadora? “Tell me why”, diría Neil Young. Dímelo, por favor.

“Lo dominicano” podrá ser algo más que los millones de nacionales dentro y fuera de la Isla, pero ya no me aventuro a un atrapar esa mosca. Seguramente como siempre, bajo una raqueta china. Todavía no sé cuál institución podrá certificar a ciencia cierta en qué consiste “lo dominicano”. Yo por ahora me conformo con recoger las frases de media humanidad, de acoger como hojas disecadas la imágenes más frecuentes que tratan de tipificarse. Le pregunto a la persona que vende esas banderas qué es lo dominicano y me mira como si yo saliera del Jurasic Park.

“Hasta la tambora” es uno de esas frases luminosas que te dan buenas pistas. Sigue ahí, Sherlock, que vas bien. La preposición “hasta” significa un límite. “Hasta un punto es que se juega”, le escribiría Luis Teror Días a Sonia Silvestre. Pero también “hasta” es un adverbio: “hasta la tambora” también podría ser que estemos como eso compacto, ruidoso, un equivalente de “hasta donde dicen Cirilo”. Para un lector escandinavo “Dominicano hasta la tambora” podría equivaler a “Dominicano hasta que alcance el cuerpo”, hasta que reviente, hasta que no pueda más, lo cual implicaría un complicado teorema spinoziano. ¿Cómo es que se es dominicano hasta reventar? ¿Qué es lo que tiene “lo dominicano” que te pueda llevar al desborde, a traspasar los límites? Si tu cabeza está hasta la tambora, si el domingo en la noche sigues hasta la tambora, mejor buscarse al pusher más cercano o pensar en el 911. Pero mejor dejarlo así y seguirle preguntando a los dominicanos de San Nicolás en Lo Alto qué significado tiene eso de “hasta la tambora”, para no seguirnos agobiando.

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Cuando el director de la Sinfónica Nacional, José Antonio Molina, anunció una obra “en base a nuestros ritmos nacionales”, me alegré pensando en algo en la línea de Carlos Chávez o Heitor Villa-Lobos. Me fui desinflando, mientras tanto, porque la pieza mencionada me recordaba el primer bizcocho chino de mi infancia, hecho en la Cafetería El Ángel de la Duarte, entre Barahona y Francisco Henríquez: una construcción de cartón rellena de suspiro, con un poco de masa en la parte baja.

¿Es posible integrar la tambora de manera armoniosa en una orquesta sinfónica? Seguramente. Recuerdo “Al caer la tarde”, del maestro José Dolores Cerón. La tambora suena fina, delicada, flotando como un buen pedazo de plátano en un sancocho respetable: discreto y acompañado de buenas carnes.

La pieza de Molina me decepcionó, porque la tambora era algo así como una pesadilla.

Tal vez estuve “hasta la tambora”.

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Charles Haden se había aparecido en Santo Domingo en Santo Domingo debido a sus deseos de colaborar con el pianista cubano Gonzalo Rubalcaba, por entonces residente en nuestra isla. A la sesión habían sido invitados Gustavo -Cuquito-Moré y Chichí Peralta. Todo prometía lo que finalmente fue: un jam session espectacular. Sin embargo, hubo su detallito pícaro. En un momento del encuentro el maestro de la percusión Peralta quiso demostrar sus habilidades con el cuero, instante en que una frase sonó como una afiladisima espada samurai: “No percussion, please”, exclamó Charles Haden, luego de arreglarse sus espejuelos.

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La percusión con la que arranca la campaña publicitaria de Cerveza Presidente para el pasado mundial de béisbol fue retomada de uno de los últimos hits de Rita Indiana. Lo que en la primera versión simulaba un desplazarse por el Caribe, en la segunda daba una sensación wagneriana de que algo grande acontecería.

Nunca hubo publicidad más fina y desbordante de purísima nacionalidad como la de la cerveza presidente en el pasado Mundial de Beísbol. Daba la impresión de que hasta la mano divina estaba moviendo sus pulgares para que aquella copa consagradora arribase luego al Museo de la Fama Dominicana y tres millones de habitantes de Santo Domingo estaríamos “hasta la tambora”, desde el malecón hasta la Plaza de la Bandera. Teníamos millones de razones para considerarnos reyes del mundo. Pregonados por esa música de Rita Indiana y con la potente figura de Super Frank o algo así, al parecer los dominicanos ya teníamos todos los ingredientes para ser parte del cosmos Marvel. ¡Cuántas estrellas en un solo equipo!

Pero no.

El equipo dominicano fue más decepcionante que yo tratando de patinar sobre hielo: jugadores que parecían más cansados que el oso Yogui, una arrogancia que llegaba hasta el quinto cielo sin que hubiese un respaldo suficiente de pitcheos y jugadas hermosas, el hermoso arte del béisbol convertido en un desfile de jugadores que más bien parecían futuros huelguistas de la hermandad de pensionados de las Fuerzas Armadas.

Quedamos más fritos que una papa frita. Le ganamos a Israel de chepa.

Al pensar en aquel terrible naufragio, me siento “hasta la tambora”, como todo buen dominicano.