Frank Moya Pons.

El jueves 1 de diciembre fue puesto en circulación el libro “Centro Histórico de Santo Domingo: Herencias Coloniales y Orígenes de la Nación Dominicana”, del economista y reputado consultor en turismo Juan Lladó.

El historiado Frank Moya Pons tuvo a su cargo la presentación de la obra. A continuación su discurso:

Señoras, señores…:

Cuando los reyes y príncipes eran la encarnación del Estado emergieron en Europa, en los siglos XVI y XVII, varias generaciones de escritores que acostumbraban a proponer soluciones a los problemas materiales de los reinos.

Muchos lo hacían de manera gratuita buscando complacer al príncipe señalándole nuevos caminos de enriquecimiento y poder, además de ofrecerle sugerencias para enfrenar ciertas urgencias sociales.

Siendo aquella la época en que también emergían las monarquías absolutas, muchos de estos intelectuales se atrevían a proponer fórmulas de acción estatal complacientes al príncipe, esto es, a la Corona, aun fuera en detrimento de la población subalterna.

Estos hombres fueron llamados “arbitristas” en razón de que sus propuestas emanaban de su arbitrio, esto es, de la propia reflexión de sus conciencias individuales.

Fue tanta la abundancia de consejos que los reyes recibían para su exclusivo provecho que algunos escritores, filósofos, moralistas llegaron dudar del beneficio que los consejos de los arbitristas pudieran dar al hombre común (no utilizo aquí la palabra intelectual porque no tenía entonces el significado que tiene hoy).

Por ejemplo, el famoso Diccionario de Autoridades de la lengua española, publicado inicialmente por la Real Academia Española en 1726, define al arbitrista como “el que discurre y propone medios para acrecentar el Erario público, o las rentas del Príncipe. Viene del nombre Arbitrios, pero esta voz comúnmente se toma en mala parte, y con universal aversión, respecto de que por lo regular los arbitristas han sido mui perjudiciales a los Príncipes, y muy gravosos al común sus trazas y arbitrios”.

Lladó, como todos ustedes saben, es un destacado especialista en educación y turismo que su doctorado en la Universidad de Harvard hace ya más de cuarenta años, habiendo escrito y publicado varios estudios antológicos sobre este tema.

Esa definición clásica choca mucho con el uso que le dan a esa palabra en México y otras partes de América Latina aquellos que ven en la consejería pública una virtud ciudadana cuando se lleva a cabo con sólida ilustración y fundamentos y buena intención.

Aun cuando en España y en otras partes del mundo hispanohablante todavía se utiliza el término “arbitrista” con un significado heredado del Diccionario de Autoridades, pues todavía se le asocia con la costumbre de proponer planes y proyectos “disparatados y empíricos”, hoy el arbitrista ya no es percibido tan negativamente pues existen en todos nuestros países numerosos hombres y mujeres de sólida formación y originalidad de ideas que continuamente aportan, en público y en privado, contribuciones prácticas inteligentes, bien fundadas y desinteresadas.

Por ello, la última edición del Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, de 2020, define al arbitrista como aquella persona que “en los siglos XVI y XVII elevaba memoriales al rey o las Cortes con propuestas de arbitrios de todo género para resolver problemas de la Hacienda y del Estado”.

Juan Lladó. Foto. Mery Ann Escolástico. Acento.com.do

Hubo un tiempo, a principios del siglo pasado, en que a los arbitristas les llamaban “publicistas” por la costumbre de publicar en periódicos y revistas sus consejos y sugerencias, propuestas y esquemas, con ánimo de influir, no solo en los gobernantes sino también en el público lector, en la ciudadanía.

Es lástima que esa palabra haya caído en desuso porque refleja mejor, o significa más precisamente, lo que hemos venido diciendo acerca de los arbitristas y, en el caso que nos ocupa, del autor de esta obra, el distinguido amigo Juan Lladó, a quien la definición de “publicista” del diccionario le ajusta precisamente.

Según la Real Academia Española, publicistas es aquel “autor que escribe del derecho público o persona muy versada en esta ciencia”. Es también “persona que escribe para el público, generalmente de varias materias”. También se le llama así en las Américas a aquellos que ejercen la publicidad como profesión, pero esa no es la acepción que conviene a lo que ahora estamos dilucidando.

Teniendo conciencia de estas sutilezas lingüísticas, y partiendo de una diferenciación definitoria entre los arbitristas y publicistas de ayer y de hoy (desde los siglos XVI y XVII hasta el XXI), es que me permito sugerir que llamemos a Juan Lladó “el buen arbitrista o el gran publicista”, porque si hay alguien que se destaca por encima de la mayoría de sus contemporáneos en el ejercicio de un apostolado y evangelismo ciudadano proponiendo soluciones a cuantos problemas afectan a la ciudadanía, ese es nuestro distinguido amigo Juan Lladó.

Ustedes y yo, queridos amigos, que hemos venido a celebrar este libro del doctor Lladó estamos aquí, creo yo, por la amistad que le profesamos, ciertamente, pero también por la admiración que nos produce la lectura de sus innumerables artículos en los periódicos y revistas, tanto en papel como digitales, cada uno de los cuales es una lección de economía, educación, sociología, historia, tecnología, ecología, geografía o turismo, para nada más mencionar algunas de la múltiples áreas que Juan Lladó domina profesionalmente.

Al igual que muchos de ustedes, recibo por internet casi diariamente sus eruditos textos que un día hablan sobre el desarrollo de la industria turística y el impacto que tienen en ella la salinización de los acuíferos en la zona de Bávaro y Punta Cana, el desastre del sistema educativo nacional, la evolución de las tasas monetarias, la competencia de otros mercados, el manejo del sargazo, la guerra de Ucrania, la expansión del mercado de cruceros, en fin, temas esos sobre los cuales Lladó ha escrito mucho y ha tenido a bien recogerlos en un volumen que puso a circular hace varias semanas para deleite de sus numerosos lectores y admiradores.

Lladó, como todos ustedes saben, es un destacado especialista en educación y turismo que su doctorado en la Universidad de Harvard hace ya más de cuarenta años, habiendo escrito y publicado varios estudios antológicos sobre este tema.

Su curriculum académico es uno de los más impresionantes que es dable encontrar en la República Dominicana. Obtuvo dos diplomas de estudios secundarios, uno en el Colegio La Salle, en Santo Domingo, en 1965, y otro en Deering High School, en Portland, Maine, al año siguiente. Más adelante obtuvo su licenciatura en humanidades en la Universidad de Brandeis en 1971, y un año más tarde terminó una maestría en educación en la Universidad de Harvard, la cual le abrió las puertas para proseguir estudios de doctorado en esa misma academia, en donde recibió su PhD en 1977.

Durante algunos años estuvo realizando estudios sobre el sistema educativo para clientes dominicanos y extranjeros, incluido el Estado dominicano, pero rápidamente fue evolucionando hasta que se montó en la ola del desarrollo turístico del país, en donde ha producido numerosos estudios técnicos y ha laborado como consultor y asesor de numerosos organismos y empresas nacionales y extranjeros, llegando a desempeñarse como subsecretario de turismo en 1981 y 1982.

Desde entonces Lladó combina sus labores de consultor con las de publicista y ha hecho de esta segunda parte de su vida un evangelio en favor del desarrollo turístico del país.

Productos de esas tareas y de la enorme experiencia acumulada durante tantos años, y de sus reflexiones sobre las mejores vías para mantener una industria turística sostenible, son su libro de reciente circulación ya mencionado (Retos del sector turístico dominicano, vol. II), y esta obra sobre el centro histórico de Santo Domingo que nos reúne aquí hoy.

Al igual que el libro anterior, esta obra es una recopilación de artículos publicados en el muy importante periódico digital Acento. Una obra en la que se entrelazan la historia y la política, la cultura y la ingeniería, todas guiadas por una voluntad de conseguir que las cosas se hagan bien para que la llamada ciudad colonial (zona colonial) termine de rescatar su patrimonio histórico y se haga digna de ser rebautizada como “Centro Histórico de Santo Domingo”.

Esta es una denominación por cuya adopción pública Juan Lladó ha luchado tenazmente y, en cierto modo, este libro es una gran pieza argumental para que las autoridades municipales o nacionales adopten ese nombre.

Lladó sabe que no todo el mundo comparte sus argumentos aun cuando los presenta como propuestas para la elaboración de una estrategia oficial para convertir al viejo Santo Domingo colonial en un digno émulo de ciudades menos antiguas como Cartagena, Veracruz y La Habana, para solo mencionar unas pocas.

Lo que hace de este libro una pieza de atractiva lectura es que su autor va entretejiendo capítulos de historia con propuestas “arbitristas”, esto es, con sugerencias de política económica y cultural conformando un recetario del que bien podrían nutrirse quienes han gobernado y gobiernan el cabildo de la ciudad y los ministerios de turismo, cultura, educación y medio ambiente, lo mismo que los voluntariados y direcciones de los museos establecidos en el antiguo espacio colonial.

Al leer tantas propuestas constructivas y observar que muy pocas de ellas son puestas en práctica por quienes manejan la ciudad colonial, a veces pienso que a Juan Lladó le ocurre lo que también les ocurrió a muchos arbitristas y publicistas cuyas ideas no eran acogidas por los oídos oficiales porque enfrentaban grandes intereses o poderosas personalidades contrarias a sus argumentos.

Tal vez Lladó no haya ayudado mucho en ese sentido dada la verticalidad de su personalidad y su manera directa de expresar las cosas, sin medias tintas y sin tonos ambivalentes. Juan Lladó posee una personalidad que choca mucho con un rasgo casi universal en la cultura dominicana que es el de la resistencia a aceptar ideas nuevas si no vienen acompañadas de un lubricante de relaciones personales primarias. Entrenado en un mundo regido por las meritocracias, Lladó llama pan al pan y vino al vino, y no se anda con medias tintas cuando se trata de explicar o defender su ideas.

Creo que Fausto Rosario y sus colaboradores en Acento, como Gustavo Olivo, aquí presente, le están haciendo un gran servicio al país recogiendo todos estos artículos para que puedan ser leídos y captados en su variedad temática y su coherencia total, de manera que puedan ser utilizados como recetario para el diseño de nuevas políticas para la sostenibilidad turística de la nación y enriquecimiento de la zona colonial, bien llamada por Juan Lladó “Centro Histórico de Santo Domingo.

Gran parte de este libro, como su título indica, está dedicado a promover la idea de lograr una adecuación mayor al turismo de la zona más antigua de la ciudad, hasta ahora conocida como Zona Colonial. En una de las más fértiles secciones de la obra Lladó nos recuerda que “en las últimas décadas, hablar sobre la Ciudad Colonial se ha tornado consustancial con el turismo” y “en términos generales, el imaginario popular ya asocia a la Ciudad Colonial como sinónimo de la visita de extranjeros que vienen a conocer los vestigios de nuestro ayer”.

“Nos ufanamos, dice Lladó, por tanto, de que la Ciudad Primada de América sea un destino turístico en sí misma, aunque marginal cuando se le compara con el volumen de visitantes que atraen nuestros resorts de playa. Sin embargo, “la Ciudad Colonial ya ha desplazado a la isla Saona, la cual recibe más de 400,000 visitantes al año, como el principal destino de las excusiones por tierra que hacen los turistas extranjeros que se hospedan en los resorts.

“En el 2016 la Ciudad Colonial recibió unos 590,000 extranjeros, cerca de 182 mil más que cinco años antes, lo cual representó un aumento de un 15% con relación al año anterior. Durante el primer semestre del año 2017 el incremento fue de un 12%, para un total de 382,005 extranjeros”.

Hoy cinco años después, esos números han aumentado y sería muy grato y útil si nuestro apreciado autor quisiera actualizarlos para beneficio de todos sus lectores, incluidos nosotros.

Antes de la pandemia había, en la ciudad intramuros, más de 800 habitaciones turísticas disponibles “repartidas en hoteles pequeños” que atendían, y atienden principalmente a gente de negocios y turistas más curiosos que los que se quedan en los hoteles de Bávaro y Punta Cana, cuya presencia en la zona se concentra en los monumentos y sitios históricos y las muchas tiendas de suvenires, joyas, tabacos y baratijas. Eso nos da una idea de la vigorosa dinámica económica de este Centro Histórico.

En el capítulo central de su obra Lladó dice que se limita a ofrecer una reinterpretación de cuatro aspectos fundamentales: 1) el nombre de la Ciudad Colonial (que ya hemos señalado), 2) la misión del recinto en el contexto nacional e internacional, 3) la Ciudad Colonial como “ciudad viva”, y 4) la organización para la gobernanza.

Esos cuatro temas son el corazón de este libro, consumen un gran número de páginas y dominan todos los demás asuntos, además de que le sirven a Lladó para mantener al lector concentrado en su propuesta maestra de cambiar el nombre de la zona colonial por el de Centro Histórico de Santo Domingo.

Y la verdad es que, después de leer sus argumentos y los datos que aporta para sustanciarlos, es difícil no estar de acuerdo con él en cuanto al nombre que propone para el casco antiguo de la ciudad, aun cuando en ocasiones se deja llevar de su hiperactiva imaginación creadora y propone políticas que, aunque inteligentes y muy bien intencionadas, es fácil prever que chocarían con grandes intereses, particularmente, intereses burocráticos oficiales.

Alcázar de Colón. Fotografía de José Bujosa Mieses (Chino).

Pero, en fin, ese es el trabajo de los arbitristas/publicistas ¿no es así?: proponer esquemas de construcción y cambio de sus sociedades, (sean o no de fácil ejecución, pero sí plausibles), en espera de que el príncipe, esto es, el Estado (los gobernantes) se convenzan de sus bondades y se lancen a la ejecución de esos planes, como ocurrió con la restauración y puesta en valor de la zona colonial que se puso en marcha en 1967 y prosigue aun en estos mismos días.

Señoras, señores: Tengo clara conciencia de que esta rápida presentación no hace la debida justicia a esta riquísima obra, preñada de ideas y propuestas patrióticas aportadas por una persona ilustrada que vive en la zona colonial, la recorre a pie día tras día, la conoce histórica y socialmente, aprecia sus posibilidades de crecimiento económico y tiene la formación profesional y la solidez intelectual para diseñar buenas políticas de puesta en valor de este centro histórico que bien puede ser considerado único, por su antigüedad, entre los 45 centros históricos existentes en las Américas.

Agradezco a Juan Lladó el honor que me ha hecho pidiéndome pronunciar estas palabras que, espero, sirvan a ustedes de acicate para leer esta interesantísima y sugerente obra de bien patrio.

Muchas gracias.

Santo domingo, Academia Dominicana de la Historia.

1 de diciembre de 2022