Los países que han alcanzando mayor desarrollo económico y social son aquellos que han invertido cuantiosos recursos en el arte, como vehículo de creación y educación.
En nuestro caso, no olvidemos que las escuelas de arte –me refiero a las oficiales- nacieron como fruto de una realidad que obedecía más bien a una fantasía tiránica que a una necesidad espiritual, y que luego fueron olvidadas, hasta el punto de que los funcionarios del Ministerio de Educación no sabían que esas escuelas pertenecían al sistema educativo nacional. Todavía hoy, casi ocho décadas después, pocos políticos, o quizás todos, saben de la existencia de estas instituciones, que funcionan –no nos cansaremos de repetirlo- gracias al esfuerzo de sus profesores. Es tanto el deseo de darle a la sociedad profesionales en el arte, que más allá de la indiferencia y el olvido estatal, se ocupan y preocupan por formarlos con los estándares propios de países desarrollados. Como vemos, en este solo párrafo nos encontramos con tres componentes absurdos.
Uno.– A un tirano se le ocurre crear escuelas de arte por pura megalomanía y capricho, ni siquiera para satisfacer las exigencias de élites sociales afrancesadas.
Dos.- Muerto el tirano, las escuelas de arte son olvidadas y desconocidas por los funcionarios de los gobiernos sucesivos.
Tres.- El cuerpo docente de las escuelas de arte se empecina en llenar el vacío que deja el Estado.
Con estas tres absurdidades hemos caminado por el lodo desde hace años y hemos pretendido a la vez renovar los programas académicos de las escuelas de arte, y valorar en su justa dimensión los diplomas y títulos que estas entregan.
En el caso concreto de la Escuela Nacional de Arte Dramático (ENAD), por ejemplo, su programa de estudios ha sido reestructurado más de cuatro veces en los últimos quince años, cada mes se trabaja a fondo en la definición de los contenidos por materia, pero el Estado, a través de las instituciones competentes, no termina de entender (porque no le interesa, claro) la utilidad del arte en el desarrollo social. Y es el Estado quien debe velar por la enseñanza y difusión de todas las artes y definir cómo estas se interrelacionarán con el gobierno y la sociedad.
Un creador debe ser ante todo un intérprete fiel de su realidad social para ponerse en condiciones de transformar su entorno y coadyuvar con el desarrollo de su pueblo.
Si fuésemos favorecidos por un gobierno decente, los egresados de las escuelas de arte estarían relacionados con el proceso de enseñanza artística en las escuelas públicas, con el propósito de crear grupos artísticos, y sus proyectos personales serían un compromiso con la sociedad. De hacerse realidad un día este sueño, los artistas no tendrán que ir a pedirle ayuda a ningún pelagatos.
Pero desde el polvo no es mucho lo que se puede lograr. Necesitamos definir para qué quiere el Estado escuelas de arte si sus gobernantes no entienden la utilidad del mismo, y puesto que esto sería otro absurdo, debemos colegir que nuestra aspiración principal debería estar sustentada en un sistema de gobierno diferente, dirigido por hombres y mujeres honestos y dispuestos a echar la lucha para salir del atraso, y que en este proceso participen activamente nuestros creadores.
Entonces, llegado el momento propicio para dar un salto cualitativo en la enseñanza artística, decidiremos qué queremos enseñar y para qué. Luego, solo luego: sabremos cómo y con quiénes vamos a enseñar lo que queremos.
Partiremos de la idea de que somos un pueblo distinto de todos los demás pueblos del planeta, con características multifacéticas que conforman una estructura simbiótica original: somos un pueblo que ha sido deformado en el tránsito viral de la historia y aún así conservamos un espíritu capaz de remover la inercia a la que nos han conducido. Es a partir de este criterio que debemos abocarnos a enseñar arte, porque dilucidado este dilema seremos capaces de encontrar formas artísticas que nos representen como conglomerado social.
Un creador debe ser ante todo un intérprete fiel de su realidad social para ponerse en condiciones de transformar su entorno y coadyuvar con el desarrollo de su pueblo. Es decir, necesitamos creadores conscientes de lo que hemos sido y de lo que somos, que asuman el arte, el teatro en este caso, como un instrumento para la transformación en sentido general.
Así, lo que enseñaremos en nuestras escuelas de arte estará fundamentado en nuestra idiosincrasia, y de esta manera tendremos un resultado artístico que nos representará como pueblo. Claro, jamás echaremos al zafacón el legado universal de importantes teóricos y maestros del arte, pero sí nos abocaremos a un proceso interminable de búsqueda formática contestaria, que sintetice nuestro devenir histórico.