La entrevista que se reproduce a continuación corresponde a la próxima edición de la revista Estudios Migratorios, que dirige el doctor Wilfredo Lozano. La publicación será puesta en manos del público en los próximos días, con este y otros contenidos de interés. Acento la ofrece a sus lectores con la autorización del Doctor Lozano.

El historiador dominicano Frank Moya Pons es uno de los más profundos conocedores del complejo proceso de modernización y cambio social experimentado por la sociedad dominicana en los siglos XIX y XX. En función de ello, el Dr. Wilfredo Lozano, director de la revista Estudios Migratorios, sostuvo un diálogo enriquecedor con el reputado académico, a propósito del lugar que ocupa la migración en el proceso de formación de la nación dominicana.  

Wilfredo Lozano (WL): Desde su formación como sociedad colonial, la isla de Santo Domingo estuvo fuertemente marcada por las inmigraciones de pobladores blancos europeos que iniciaron la colonización en el siglo XVI hasta esclavos negros importados de África. A tu juicio, ¿entiendes que ese sesgo inmigratorio ha determinado el perfil societal y cultural de lo que hoy podemos definir como nación dominicana?

Frank Moya Pons.

Frank Moya Pons (FMP): Por el lado racial la nación dominicana es el resultado de la mezcla entre aborígenes americanos, europeos y africanos. Durante muchos años se estuvo hablando de cuál podría ser el componente dominante, y en 1951 el doctor José de Jesús Álvarez Perelló publicó una primera cuantificación a partir del estudio de los grupos sanguíneos anticipándose a cálculos más modernos basados en el análisis de DNA. Esos cálculos fueron hechos recientemente, en el año 2015, por un equipo de la National Geographic Society y la Universidad de Pennsylvania con la colaboración de un grupo de investigadores dominicanos de UNIBE coordinados desde la Academia Dominicana de la Historia por Bernardo Vega. Una síntesis de esos resultados fue publicada en 2019 en el número 197 de la revista Clío de la Academia Dominicana de la Historia (enero-junio, pp. 197-221).

WL: Llama la atención el periodo de ocupación haitiana entre 1822 y 1844. El perfil étnico y cultural de la comunidad dominicana no se modificó significativamente ni tampoco la independencia produjo una prolongada guerra patriótica en ese periodo. Los dominicanos simplemente se separaron de Haití, aunque unos años después sucedieron las invasiones haitianas. La verdadera guerra social vino con la Restauración y esta se libró contra España no contra Haití. ¿Por qué entonces el dominicano no tiene mayores problemas con el español y, sin embargo, sí los tiene con el haitiano?

FMP: Hay una explicación para ello. Extinguidos los taínos ―con los cuales los europeos no se identificaban en absoluto aun cuando algunos se amancebaron con mujeres nativas y tuvieron descendencia mestiza―, los españoles y sus descendientes criollos quedaron como la población dominante en la isla. Andando el tiempo, muchos se unieron a sus esclavas y libertas afrodescendientes que, por ser minoría, terminaron asimilando los contenidos de la cultura europea, entre los cuales la religión católica y la lengua española sirvieron de fundamento en la conformación de una nueva identidad criolla-hispano-dominicana.

Al ser la población afrodescendiente menos numerosa que la hispano-criolla, la hibridación racial fue evolucionando hacia la formación de una población mulata que, por razones de lengua y religión, terminó identificándose con el ser español, soslayando, negando y hasta olvidando sus orígenes africanos.

Basta leer la extensa documentación disponible que retrata muy bien la profunda crisis identitaria padecida por la población criolla dominicana a partir de 1791 cuando estalló la revolución haitiana. Esa crisis se acentuó con la cesión de Santo Domingo a Francia en 1795 (mediante el Tratado de Basilea) y las invasiones de Toussaint Louverture en 1801 y Jean Jacques Dessalines en 1805, así como la Guerra de la Reconquista en 1808-1809, que fue una guerra popular librada para expulsar a los franceses y volver al dominio español.

De la conflagración detonada por la revolución haitiana quedó claro entre los habitantes de la parte española de Santo Domingo que ellos, quienes no habían querido ser franceses durante el siglo XVIII, tampoco deseaban ser haitianos y, si bien no eran enteramente blancos, no eran negros ni africanos ni haitianos ni estaban dispuestos a ser identificados como tales.

Es bien conocido que, en aquellos años, los dominicanos se llamaban a sí mismos “blancos de la tierra”, con lo cual reconocían que no eran enteramente blancos (pardos o mulatos, como los europeos los denominaban entonces), pero tampoco eran africanos o descendientes recientes de africanos como los haitianos.

La dominación haitiana (1822-1844) acentuó el sentido de identidad nacional como distinta de la haitiana, que también estaba en proceso de formación y en cuya definición y fundamentación histórica trabajaban los intelectuales mulatos más cultivados de Haití.

El régimen haitiano era una dictadura militar. Es importante no olvidar ese detalle, pues los gobernantes haitianos gobernaron despóticamente a la población dominicana, lo cual quedó consignado muy claramente en el documento mediante el cual los dominicanos anunciaban su decisión de separarse de Haití titulado “Manifestación de los pueblos de la parte del Este de Santo Domingo sobre las causas de su separación de la República Haitiana”, publicado el 16 de enero de 1844.

En ese documento los dominicanos enumeraron un amplio conjunto de agravios, ofensas y abusos cometidos por los haitianos durante los veintidós años de ocupación “sufriendo la opresión más ignominiosa”.

Según los firmantes de ese manifiesto, el régimen de Boyer “redujo a muchas familias a la indigencia, quitándoles sus propiedades para reunirlas a los dominios de la República y donarlas a los individuos de la parte occidental, o vendérselas a ínfimos precios. Asoló los campos, destruyó la agricultura y el comercio, despojó las iglesias de sus riquezas, atropelló y ajó con vilipendio a los Ministros de la Religión, les quitó sus rentas y derechos y por su abandono dejó caer en total ruina los edificios públicos para que sus mandatarios aprovechasen los despojos que así saciasen la codicia que consigo traían de Occidente”.

Además, el Gobierno militar haitiano, “estableció el espionaje e indujo la cizaña y la discordia hasta en el hogar doméstico. Si se pronunciaba un español contra la tiranía y la opresión se le denunciaba como sospechoso, se le arrastraba a los calabozos, y algunos subieron al cadalso para atemorizar a los otros […]. Trató a sus habitantes peor que a un pueblo conquistado a la fuerza”.

La separación, como es bien sabido, trajo la guerra, pues los haitianos no aceptaron la independencia de la parte del Este de la isla. Para los haitianos se trataba de una pugna por el control de los recursos económicos de la parte oriental de la isla: minas, maderas preciosas (caoba, guayacán, entre otras), tabaco y, particularmente, dinero en efectivo para pagar su deuda con Francia. Para los dominicanos la guerra dominico-haitiana era una lucha por su supervivencia.

Aquella fue una guerra de diecisiete años en la cual un gobernante haitiano, Faustino Soulouque, declaró en 1849 que cuando tomara posesión de Santo Domingo ni las gallinas quedarían vivas. Aquella amenaza puso a los dominicanos a combatir hasta el último hombre, dada la memoria colectiva de las atrocidades cometidas contra los franceses y mulatos durante la revolución haitiana, y en vista de las tropelías y crímenes de Dessalines y en los pueblos del Cibao en 1805. Durante esa guerra otros gobernantes haitianos amenazaron también a los dominicanos con imponerles fuertes castigos si no aceptaban volver por las buenas bajo el dominio haitiano.

Con la Guerra de la Restauración el proceso fue diferente. En primer lugar, el conflicto duró relativamente poco tiempo, dos años apenas. Los españoles no buscaban aniquilar una comunidad nacional, como querían hacerlo los gobernantes haitianos, sino asimilar a sus territorios un país con una población que hablaba su mismo idioma y practicaba su misma religión y tenía costumbres domésticas parecidas.

Ese conflicto fue en cierto modo una guerra civil entre españoles peninsulares y criollos hispanizados con una cultura de fuerte influencia española. Por ello, terminada la guerra y restaurada la República, ambos países tardaron poco tiempo en restablecer relaciones diplomáticas y de amistad. En pocas palabras, los dominicanos se sentían más cerca de España que de Haití, más españoles que haitianos, y así ha sido hasta el presente, independientemente del color de su piel. A diferencia de Haití, donde el sentimiento e identidad racial se sobreponen muchas veces al sentimiento nacional, entre los dominicanos este último tiene más peso que la cuestión racial, aun cuando últimamente están surgiendo algunas narrativas que, influidas por el debate y los conflictos raciales en los Estados Unidos, intentan demostrar lo contrario.

Wilfredo Lozano. Foto: © Mery Ann Escolástico
Fecha:26/01/2022

WL: Entre la segunda República, tras el triunfo de los restauradores en 1865, y el ascenso al poder de Trujillo en 1930, las relaciones con Haití se mantuvieron en un clima que podríamos calificar de cooperativo, salvo las disputas en la frontera, que en 1929 produjeron el acuerdo fronterizo definitivo. Los braceros haitianos ingresaban al país periódicamente con regularidad y en estricto control del Estado dominicano, dinámica en la que cooperaban como socios la burocracia haitiana, los empresarios azucareros, los gobernantes de turno y los militares de ambos países. Entonces, ¿a qué se debió ese acontecimiento desatinado, que en el país se conoce como “el corte”, pero en palabras simples fue una matanza de haitianos?, ¿qué determinó este real o aparente absurdo histórico?

FMP: Durante ese largo período comprendido entre la restauración de la República y la masacre de 1937, que son más de setenta años, los haitianos emprendieron un consistente movimiento de penetración en las zonas fronterizas y fueron gradualmente apropiándose de tierras, convirtiendo aquellas entonces remotas regiones en una extensión de su país, hasta el punto que los comercios y la población transaban gran parte de sus operaciones en moneda haitiana en lugares tan adentro del territorio dominicano como Mao, Quinigua y Santiago de los Caballeros, por el lado norte, y Azua, por el lado sur del país.

Trujillo llegó al poder en 1930 con la intención de ejercer el mando supremo por el resto de su vida, pero le tomó varios años consolidarlo interiormente. Una vez alcanzada su consolidación, no podía tolerar que una parte del territorio nacional estuviese fuera del control político y económico del Gobierno que él presidía. El Tratado de 1929 había definido cuáles eran los límites de ambos territorios, el haitiano y el dominicano. Aparte de la brutalidad de su acción, la expulsión y matanza de los haitianos en 1937 respondió a la lógica del poder dictatorial y a la ambición de consolidar y centralizar el Estado nacional dominicano en la totalidad del territorio. Esa centralización había comenzado efectivamente con la construcción de vías de comunicación por el gobierno militar durante la ocupación norteamericana, entre 1916 y 1924.

Desde ese punto de vista, la recuperación de los territorios fronterizos y la imposición de una frontera física debidamente custodiada y con el territorio poblado por dominicanos no fue una “absurdo histórico”, sino la cristalización de una “aspiración histórica” expresada en múltiples ocasiones por mucha gente común, además de intelectuales, comerciantes y políticos dominicanos a lo largo de los setenta años anteriores.

 WL: Durante la dictadura de Trujillo el país se mantuvo de alguna manera aislado y su población quedó en una especie de jaula de hierro que desconectaba a la nación del resto del mundo, salvo, claro está, su élite política y, de alguna forma, su élite intelectual. Pero a partir de la muerte de Trujillo este panorama se transformó y el país pasó a ser una comunidad nacional en movimiento tanto si se mira a través de la rápida urbanización que se da entre los años sesenta y ochenta del pasado siglo XX como si se aprecia por la vía de la masiva dinámica emigratoria de mediados de los sesenta, la cual alcanza su clima a mitad de los setenta hasta principios de los noventa. A tu juicio, ¿qué papel ha jugado la migración en lo que podemos definir hoy como el nuevo perfil nacional de los dominicanos envueltos en un dinámico proceso de cambios sociales?

Los dictadores Rafael Leónidas Trujillo, dominicano, y Francois Duvalier, haitiano, en 1958.

FMP: Dos procesos importantes se observan como consecuencia de la emigración sostenida de dominicanos hacia los Estados Unidos y, más tardíamente, hacia Europa. Uno es la asimilación de nuevos valores por parte de nuestros emigrantes y su transmisión hacia su sociedad o sus comunidades de origen. Otro es la formación de una sociedad de emigrantes transnacionalizados que ha contribuido a la modernización de la sociedad dominicana por vía de la norteamericanización.

De ambos procesos se ha escrito mucho en las recientes décadas. La emigración dominicana, y las demás migraciones caribeñas, se diferencian de las viejas oleadas migratorias hacia Norte y Suramérica, procedentes de Europa (desde Alemania, Italia, Irlanda Gran Bretaña, Polonia, Suecia, etc.), en que las caribeñas, por la fácil disponibilidad del transporte aéreo y la relativa cercanía de los Estados Unidos y las Antillas y Centroamérica, son procesos circulares que permiten a los emigrantes transitar periódicamente entre sus sociedades de origen y destino.

Cada emigrante que regresa a su lugar de origen lo hace cargado no solo de objetos de uso cotidiano, sino también de ideas, valores y actitudes distintas a las prevalecientes en la sociedad tradicional o de origen. Esa carga cultural impacta las sociedades exportadoras de emigrantes en prácticamente todo: el trabajo, la familia, la política, la religión, etcétera, dejando numerosas huellas que, en caso dominicano, se observa en la modernización acelerada de las costumbres en el país. Claro, siempre se puede decir que hay otros vectores de penetración cultural (internet, cine, televisión, por ejemplo) tal vez más efectivos para acelerar el cambio cultural en la sociedad dominicana, y es cierto, pero no se puede descartar el impacto que han tenido y siguen teniendo los más de 1.4 millones de dominicanos que viven hoy en países más modernos y que traen con ellos incontables ingredientes de cambio cultural.

WL: Parece no haber controversia entre historiadores en torno al inicio de la inmigración de braceros haitianos a las zafras azucareras dominicanas, el cual se localiza en el periodo de ocupación norteamericana entre 1916 y 1924. Pero a partir de ahí la inmigración de trabajadores procedentes de Haití ha tenido fases diferentes. ¿Qué podrías decirnos al respecto?

 FMP:  Hay varios estudios sobre la contratación de braceros para las zafras azucareras dominicanas. José del Castillo, Wilfredo Lozano, Carlos Dore, José Israel Cuello y Bernardo Vega, entre otros, han escrito importantes trabajos sobre este interesante tema. Es cierto, como dices, que esa inmigración de trabajadores haitianos ha tenido fases diferentes, pero también podríamos simplificar esa historia diciendo que ha tenido solo dos fases: la más larga, de casi un siglo de duración, podríamos llamarla la fase de la inmigración estacional controlada cuando los braceros venían al país dentro de un sistema de estricta supervisión legal y física manejado por los gobiernos en coordinación con las compañías azucareras. Bajo ese sistema, casi la totalidad de los haitianos que entraban al país salían de regreso hacia Haití al terminar las zafras y cerrarse su contrato de trabajo. Esa fase terminó hace más de veinticinco años, con la quiebra paulatina del Consejo Estatal del Azúcar (CEA), desapareciendo entonces el sistema de contratación formal de braceros supervisada por ambos Gobiernos (haitiano y dominicano). La otra fase es la actual: migración libre, desordenada, irregular, amparada por la corrupción política y militar, y estimulada por los productores agropecuarios y constructores dominicanos que necesitan mano de obra. Alrededor de un millón de haitianos, que ya no son braceros de la caña, han logrado colarse por la frontera y establecerse en la República Dominicana sin ningún control ni supervisión estatal durante esta segunda fase, que vivimos hoy.

WL: Como es típico entre países que comparten fronteras terrestres por donde se mueven corrientes de mercancías, migrantes y recursos financieros, la frontera haitiano-dominicana ha sido escenario de conflictos históricos y políticas de Estado que persiguen fortalecer el control político en esas regiones por parte de los Gobiernos ―como fue el caso de las políticas trujillistas― y, por consecuencia, generan efectos en el vecino país no siempre deseados ni mucho menos comprendidos. En el caso dominicano se agrega el hecho de que la primera independencia (1844) fue de Haití, lo que ha generado efectos a largo plazo que retardaron en muchos sentidos el “delineamiento” de la frontera. A tu criterio, ¿qué relevancia posee el diferendo fronterizo domínico-haitiano en cuanto al desarrollo de una visión conflictiva no resuelta de nuestras élites políticas respecto a Haití y de las élites haitianas respecto a la nación dominicana?  

FMP:  Hoy no existe ningún diferendo fronterizo. La frontera está perfectamente delineada por el Tratado de 1929 y el Protocolo de 1936. Lo que ha existido en las últimas dos décadas, hasta hoy, es un estado de laissez faire que tiene como contrapartida un descuido permanente de la seguridad fronteriza por parte de las autoridades dominicanas.

Esa situación hubiera seguido evolucionando en su propia inercia de no haber colapsado el Estado haitiano a partir del asesinato del presidente Jovenel Moïse, pues ha sido el reciente estado de inseguridad y violencia en Haití lo que ha hecho despertar a las autoridades dominicanas para movilizar recursos y asegurar un mayor control fronterizo.

Ni a los dirigentes haitianos ni a los gobernantes de Estados Unidos, Canadá, Francia y otros países les preocupa que los haitianos emigren en masa hacia la República Dominicana. Cada haitiano que entra y se queda en nuestro país es un inmigrante menos que podría llegar a Norteamérica, lo cual desean los Estados Unidos. Lo mismo vale para las élites haitianas: cada haitiano que sale de su país es un problema menos que tienen que manejar.

WL: Hoy la frontera remite a una realidad social muy distinta a la de las guerras de independencia o a su delineamiento como fenómeno geográfico-político a inicios del siglo XX. Ahora se trata de una frontera globalizada, transnacionalizada, con gran dinamismo económico, desarrollos diversos de las comunidades fronterizas e incluso en lo militar muy diferente desde el punto de vista de la seguridad y la modernidad política. ¿Te parece que hoy la frontera se acoge más a una lógica ―al menos en República Dominicana― integrada al desarrollo general del país?

 FMP:  Las fronteras, en general, son espacios complejos, de manejo difícil, sobre todo si son áreas muy pobladas. En el caso dominico-haitiano, si la voluntad política estuviese acompañada del necesario conocimiento geográfico, antropológico y sociológico, la frontera podría ser más efectivamente manejada. Parte del problema es que la mayoría de los dominicanos, entre ellos muchos de los que toman las grandes decisiones, no conocen la frontera.

Para comenzar, lo primero que hay que entender es que, espacialmente, geográficamente, hay más de una frontera. No son iguales las fronteras de Pedernales y Dajabón. Tampoco lo son las de Jimaní y Restauración/Capotillo o las de Bánica/Pedro Santana y Hondo Valle/Aniceto Martínez/Calimete. Diferente a todas esas es también la de confluencia de los ríos Macasías y Artibonito.

Tenemos ocho “fronteras”, además de una que, por su singularidad, hay que mencionarla aparte: la carretera internacional, que desde el año 2000 hasta la fecha se ha estado convirtiendo en una extensa calle haitiana de 53 kilómetros de largo, en la cual se ha ido estableciendo una población que necesita de la leña y el agua de los bosques dominicanos para subsistir, además de la comida que les suplen los mercados locales.

En varias de esas fronteras han estado creciendo unos mercados fronterizos (Tirolí, Los Cacaos, Pedro Santana, Hato Viejo, Bánica, Comendador, Cañada Miguel, Hondo Valle, Jimaní, Pedernales) que conectan a las poblaciones de “ambos lados de la raya” por la vía comercial y económica, pero también por la de las costumbres. Esa población “rayana”, como se le llama, es común en muchas fronteras del mundo, pues con el tiempo se van estableciendo lazos de dependencia recíproca que refuerzan las relaciones de todo tipo. No es posible ni deseable romper esos mercados, pero es necesario supervisarlos y conocerlos tanto por razones fiscales como de seguridad nacional.

Comercio en Jimaní, en la frontera entre República Dominicana y Haití.

En el caso dominico-haitiano, la geografía de la frontera influye mucho para que esta región (o regiones) no sea susceptible de fácil integración al desarrollo general del país. Muchas ideas para el supuesto desarrollo fronterizo expresadas por personas de buena voluntad que circulan por ahí son inaplicables porque no tienen en cuenta la geografía y las singularidades de esas regiones. Sobre esto podríamos hablar mucho.

WL: Para nadie es un secreto que en determinados círculos dirigentes del país persevera una visión conflictiva con Haití, al punto de que en algunos sectores de la población se aprecia la presencia de un creciente antihaitianismo. Esto también se dice de las élites haitianas que “miran” el Estado dominicano como un “otro filantrópico” que les antagoniza. En tal sentido, a tu criterio, ¿cuándo se originan el antihaitianismo y el antidominicanismo que potencian un alejamiento hostil de ambas naciones?, ¿es un fenómeno propio de la modernidad tardía en el siglo XX? o ¿ha sido un componente constitutivo del proceso de creación de los dos Estados que pueblan la isla? En pocas palabras, ¿cuáles son las raíces históricas del antihaitianismo dominicano y el antidominicanismo haitiano?

FMP: Existen dos formas tradicionales de antihaitianismo que son equiparables con formas similares de antidominicanismo en Haití, pues hay haitianos tanto de las élites como de las clases populares, pero mayormente de las élites, que son radicalmente antidominicanos.

Como esta pregunta trata acerca del “antihaitianismo”, llamemos a una de esas formas ”antihaitianismo histórico”, y a la otra ”antihaitianismo de Estado”.

El antihaitianismo histórico se sostiene en la evolución real de ambos pueblos, de ambas naciones. En su origen remoto, este tipo de antihaitianismo tiene mucho que ver con las relaciones conflictivas que, aparte de las relaciones comerciales, sostenían franceses y españoles en el siglo XVIII en la isla de Santo Domingo.

Aquellos que han tenido la ocasión de estudiar la historia colonial de la isla durante ese siglo deben recordar cuán difíciles fueron las relaciones entre Francia y España por los conflictos permanentes que existían entre colonos franceses y españoles a lo largo de las fronteras coloniales.

Esas relaciones se deterioraron más al comenzar la revolución haitiana, y se agravaron después que España cedió la isla a Francia en 1795, llegando a su peor momento durante las invasiones haitianas de 1801 y 1805. Estas invasiones marcaron, y todavía marcan, la psicología nacional dominicana, y son realmente la raíz histórica de ambas formas de antihaitianismo.

La invasión y ocupación de la parte oriental de la isla por Toussaint en 1801 y, luego, la invasión por Dessalines y Christophe, en 1805, como hemos dicho antes, produjeron violentos enfrentamientos entre haitianos y dominicanos que quedaron registrados en los textos históricos.

En el diario de campaña de Dessalines, por ejemplo, hay descripciones de los horrores de esa guerra que tenía como objetivo expulsar a los militares franceses que gobernaban la parte oriental de la isla en aquellos momentos.

Al fracasar en su intento y retirarse con su ejército, quienes llevaron la peor parte fueron los pobladores de las villas de Monte Plata, Cotuí, La Vega, Moca, Santiago y las aldeas campesinas en la región central del país. Las matanzas de gente inocente y la destrucción de esos pueblos por las tropas de Dessalines dejaron una profunda huella en la memoria nacional dominicana.

La dominación haitiana en la parte oriental de la isla ejecutada por Jean Pierre Boyer a partir de 1822 creó tensiones sostenidas durante 22 años que culminaron en la proclamación de la independencia dominicana en 1844.

Para entender los agravios sufridos por los dominicanos durante el periodo de dominación haitiana (1822-1844) solo hay que leer el Manifiesto del 16 de enero de 1844.

La separación dominicana de Haití fue sucedida por una serie de invasiones militares haitianas y una guerra de 17 años, en la cual los haitianos trataron de aniquilar la naciente República Dominicana.

Esta guerra marca el comienzo del “antihaitianismo de Estado” porque los Gobiernos dominicanos de la Primera República (1844-1861) hicieron uso de la memoria colectiva, de los temores de aniquilación, como lo prometía Soulouque, y de la memoria de las matanzas de principios de siglo, y convirtieron esa memoria en material de propaganda de guerra para sostener vivo el espíritu bélico dominicano en la lucha por su independencia.

Ese temprano antihaitianismo de Estado cesó durante los años posteriores a la anexión a España en 1861 porque el Gobierno haitiano, presidido por el general Fabré Gefrard, ofreció ayuda a los independentistas dominicanos que entraron en guerra contra España entre 1863 y 1865, y detuvo todo intento de sus compatriotas de recuperar la parte oriental de la isla.

La colaboración haitiana con los dominicanos en su lucha contra España generó un cambio en las relaciones entre las élites y los pueblos de ambos países, de tal manera que poco tiempo después de la expulsión de los españoles en 1865, los Gobiernos de Haití y República Dominicana firmaron, en 1867, el primer tratado de paz, amistad, comercio y navegación entre ambos países.

A este acuerdo siguió un segundo tratado dominico-haitiano, en 1874, para discutir la cuestión de los límites fronterizos que todavía no había sido resuelta. En el último cuarto del siglo XIX, este tratado fue sucedido por una serie de negociaciones para definir los límites fronterizos en las cuales hasta el Papa León XIII fue árbitro y mediador.

En el curso de esas negociaciones, que tuvieron una duración de varias décadas (todavía en 1911 ambos Gobiernos estaban negociando), se sentían débiles ecos del antihaitianismo de Estado en los escritos de intelectuales y en los periódicos.

El antihaitianismo histórico, mientras tanto, no desapareció. Como prueba, nada más hay que leer los interrogatorios que hicieron miembros de una comisión senatorial de los Estados Unidos a la República Dominicana en 1871 para constatar lo que opinaban los dominicanos de los haitianos en aquel año.

Podríamos también decir que había entonces un antihaitianismo popular, sustentado en la memoria histórica, que pervivió a través de los años y seguía vivo a principios del siglo XX como quedó en evidencia en 1918, año en que el gobierno militar de la ocupación norteamericana hizo una encuesta para recoger las opiniones de los maestros e inspectores de educación de todo el país acerca del estado cultural de la población. Los que lean esa encuesta podrán observar que cuando se preguntó acerca de los haitianos, las opiniones de los inspectores de educación, directores de escuelas y algunos maestros fueron consistentemente negativas.

Las opiniones eran tanto más negativas cuanto más cerca de la frontera estaban los interrogados. Esto es muy importante tenerlo en cuenta porque esas opiniones reflejaban las actitudes de aquellos que tenían contacto directo o cercano con los haitianos.

Durante la ocupación militar norteamericana, la mentalidad antihaitiana persistió y se mantuvo vigente. No obstante, en varios de sus libros, el historiador y diplomático Bernardo Vega ha mencionado que pocos años después de terminada esa ocupación, a partir de 1930, Trujillo hizo esfuerzos por mejorar las relaciones con Haití, lo cual es un indicador de que el antihaitianismo de Estado entró en receso desde la firma del Tratado de Límites Fronterizos de 1929, y hasta la matanza de los haitianos en septiembre-octubre de 1937.

Bernardo Vega, historiador, economista y escritor. Acento.com.do/10/2014

marca un parteaguas en las relaciones dominico-haitianas porque en ese momento el Estado recogió todos los contenidos del antihaitianismo histórico y los convirtió en el material fundamental de una campaña destinada a consolidar ideológicamente el gran proyecto nacional de dominicanización de la frontera, particularmente, a partir de 1941. Desde entonces, el Estado trujillista convirtió el antihaitianismo en un elemento consustancial a la interpretación oficial de la historia dominicana por parte de los intelectuales del régimen.

Podríamos decir que el antihaitianismo histórico tuvo siempre un sustento político y sociocultural. Fue político en el siglo XIX porque atendía el problema de la supervivencia nacional. Los dominicanos libraron una guerra para preservar su nación y su república, amenazadas de muerte por el emperador Faustino Soulouque y otros gobernantes haitianos.

Las declaraciones de Soulouque, desde luego, asustaron terriblemente a los dominicanos porque les recordaban muy bien lo que hicieron las tropas de haitianas en Moca, La Vega y Santiago durante la invasión de Dessalines en 1805.

Para entender el fenómeno del antihaitianismo contemporáneo es importante tener presente esos tempranos contenidos de la memoria histórica dominicana que fueron reforzados por los conflictos entre haitianos y dominicanos durante la dominación haitiana (1822-1844) y la guerra dominico-haitiana (1844-1859).

Durante esa contienda los dirigentes políticos y militares dominicanos enfatizaron, como parte de su propaganda de guerra, las diferencias raciales y religiosas. Si se leen los manifiestos de esos años, incluido el primer manifiesto de la independencia dominicana, es posible observar el esfuerzo que los dominicanos realizaban para marcar las diferencias culturales y políticas que los separaban de Haití.

Los dominicanos se veían a sí mismos diferentes de los haitianos no solamente porque hablaban distintos idiomas, sino porque consideraban que su vida religiosa y sus instituciones diferían de las haitianas, lo mismo que sus costumbres conyugales, familiares y domésticas. Así que el rechazo de sus anteriores dominadores no era solo de naturaleza racial, sino cultural.

Es importante repetirlo: Aquella contradicción no era únicamente por la disparidad en el color de la piel de ambos pueblos, aunque la autopercepción racial dominicana tendía entonces, como ahora, a marcar las diferencias con Haití. Ser dominicano durante la guerra de la independencia no era solamente no ser haitiano, sino también ser antihaitiano. "El que sea prieto, que hable claro", era uno de los refranes más populares entonces.

¿Por qué? Porque el incipiente ejército nacional estaba compuesto por muchos soldados procedentes de las clases populares que eran hombres de color, y había zonas, como San Cristóbal, donde la población era mucho más oscura que en el resto del país. Entonces los generales del ejército dominicano no sabían, recién terminada la dominación haitiana, cuál de sus soldados podría ser todavía leal a Haití, ya que veintidós años antes el Gobierno haitiano había sacado a varios miles de afrodescendientes de la esclavitud. De ahí la importancia sociocultural del refrán citado.

Ahora bien, a partir de 1937 y 1941, el antihaitianismo de Estado enfatizó mucho el aspecto político, pues su propósito fundamental fue mostrar las diferencias políticas entre ambas naciones. Durante la Era de Trujillo el antihaitianismo de Estado también asumió el racismo como un elemento adicional de su propia definición.

Amparados por la dictadura, varios importantes intelectuales de aquella época desarrollaron un discurso racista que luego fue repetido ad nauseam por los políticos y turiferarios del régimen trujillista durante 20 y tantos años, a través de mensajes que enfatizaban las obvias diferencias raciales, religiosas y también culturales del pueblo dominicano frente al pueblo haitiano.

En pocas palabras, digamos que el antihaitianismo de Estado se asentó en el soporte sociocultural del antihaitianismo histórico, y se sostuvo y trasmitió durante más de dos décadas a través del sistema educativo y los medios de comunicación que el régimen de Trujillo usó muy eficientemente para inculcar entre los dominicanos la noción de sus diferencias con Haití.

Podríamos seguir hablando sobre la evolución de este fenómeno en los últimos sesenta años, esto es, desde la muerte de Trujillo hasta el presente, pero habría que hacerlo teniendo como contrapunto la evolución del antidominicanismo en Haití, las actitudes negativas y agresivas de algunos importantes intelectuales haitianos hacia la República Dominicana y los dominicanos. Eso puede quedar para otra entrevista o un estudio aparte poque sobre este tema hay mucha tela para cortar. Ejemplos recientes son las virulentas declaraciones que han emitido varios políticos haitianos contra la República Dominicana y las prédicas académicas que durante años han estado ofreciendo conocidos intelectuales haitianos. 

WL: Más allá de lo discutido hasta aquí, en las dos naciones insulares, la haitiana y la dominicana, del siglo XX a nuestros días se ha experimentado un acelerado proceso de transnacionalización social que ha hecho de ambos pueblos comunidades insertas en un dinámico y complejo proceso de cambios estructurales y culturales que ha mundializado en muchos sentidos aspectos de sus identidades y cotidianizado un ethos transnacional en los individuos y grupos. Al mismo tiempo, ha incidido en las estructuras sociales, permeando el andamiaje institucional desde la estructura familiar, el sistema político y el propio Estado. Esto, de alguna manera, choca con signos que marchan a contracorriente de ese proceso de creciente transnacionalización, y nos referimos al “encerramiento” ideológico de las élites políticas, envueltas en un nacionalismo que resiste las responsabilidades que trae el nuevo mundo en materia económica, de derechos humanos y tolerancia política y cultural. ¿Lo que está detrás de todo esto es quizás el derrumbe de un tipo de Estado clientilizado que resiste la apertura democrática ante fenómenos como las diásporas dominicanas en ciudades como New York o Madrid?  

Vieja puerta de la frontera en Dajabón.

FMP:  En el último cuarto del siglo pasado los estudios de migración todavía estaban dominados por unas teorías básicas que se concentraban en los llamados procesos de atracción y expulsión de migrantes tanto por parte de las sociedades receptoras como de las emisoras. Estas teorías empezaron a cambiar con los estudios de las migraciones caribeña, mexicana y centroamericana a los Estados Unidos en los años 80 del siglo pasado.

En esas investigaciones algunos académicos descubrieron que, a diferencia de otros procesos migratorios, cuyos sujetos salían de sus países para no retornar jamás, o lo hacían una sola vez en la vida, los nuevos migrantes caribeños y mesoamericanos a los Estados Unidos se mantenían regresando a sus países favorecidos por la cercanía geográfica y la disponibilidad de medios de transporte rápido y barato.

Recuerdo que fue Virginia Domínguez, en su libro From Neighbor to Stranger: The Dilemma of Caribbean Peoples in the United States, publicado en 1975, una de las primeras académicas en señalar la existencia de un proceso nuevo, que ella llamó “migración circular” para diferenciarla de la “migración de retorno” ya conocida y estudiada en otras épocas y circunstancias.

Decía Domínguez que gracias a la disponibilidad del transporte aéreo en aviones jet los emigrantes dominicanos, caribeños y centroamericanos estaban gozando entonces de una oportunidad desconocida para los millones de emigrantes europeos que cruzaron el océano Atlántico en barcos y, por la distancia y los costos, no pudieron regresar a sus países de origen.

Las antiguas limitaciones del transporte en barcos de vela o vapor favorecieron la asimilación de aquellos migrantes en las sociedades receptoras, pues emigrar entonces significaba dejar atrás, tal vez para siempre, la posibilidad de regresar. Muchos, sin embargo, lograban retornar, y por ello los que se quedaban mantenían la esperanza del regreso, algo muy estudiado en la literatura sobre migraciones.

Pero no fue hasta la aparición de la aviación comercial en aviones jets que la posibilidad de retornar frecuentemente al país de origen se hizo posible. En el Caribe y Centroamérica, particularmente, esta posibilidad fue favorecida por la relativa cercanía de los países de estas dos zonas con los Estados Unidos, y ello dio lugar, como decíamos, a un nuevo proceso, desconocido hasta entonces, que Domínguez llamó migración circular o circulatoria.

Doce años después de Domínguez, la antropóloga Eugenia Georges se anticipó a la incipiente formulación del concepto de “transnacionalidad”, elaborado por Nina Glick-Schiller, Linda Basch y Cristiana Blanc-Szanton en Towards a Transnatioal Perspective of Migration: Race, Class, ethnicity, and nationalism Reconsidered (1992), y lo aplicó a su estudio de la emigración de dominicanos de la Sierra, particularmente de El Rubio y San José de las Matas, a la ciudad de Nueva York.

El estudio de Georges fue publicado por la Universidad de Columbia en 1990 con el título The Making of a Transnational Community: Migration, Development, and Cultural Change in the Dominican Republic. Que yo sepa, esta fue la primera vez que alguien utilizó el concepto de transnacionalidad para designar algún aspecto de la migración de dominicanos hacia los Estados Unidos.

A partir de entonces se suceden los estudios bajo este marco teórico, como el trabajo de Luis Guarnizo, publicado en 1998 con el título “The Locations of Transnationalism”, recogido en su libro Transnationalism from Below, en el cual corrige su óptica anterior, pues cuatro años antes había publicado un trabajo titulado The Dominicanyorks: The Making of a Binational Society.

En la década de los 90 del siglo pasado, el tema de la transnacionalización se puso de moda en los estudios de migración tanto de los países caribeños y centroamericanos como asiáticos y africanos, extendiéndose a la migración norte-sur y este-oeste.

Algunos han querido relacionar la transnacionalización de los procesos migratorios con el fenómeno de la globalización y, en cierto sentido, tienen razón, pues una condición necesaria para la formación de sociedades transnacionales es la disponibilidad abundante de buenas comunicaciones, factor sobre el que descansa en gran medida la globalización del mundo actual.

Un excelente ejemplo de estos nuevos enfoques para entender los procesos migratorios en el Caribe y, en particular, el de los dominicanos a Estados Unidos, es el de Jorge Duany, Quisqueya on the Hudson: The Transnational Identity of Dominicans in Washington Heights, publicado inicialmente en 1994, y reeditado en edición ampliada por el CUNY Dominican Studies Institute, de Nueva York en el año 2006. Duany también ha realizado estudios similares sobre los migrantes dominicanos a Puerto Rico.

Aparte de los anteriores, uno de los libros más ilustrativos de lo que significan los modernos procesos de migración en la región del Caribe, es el de Ruben Gowricharn, Caribbean Transnationalism: Migration, Pluralization, and Social Cohesion, publicado en 2006.

Según los estudios mencionados, los modernos procesos migratorios están produciendo la conformación de sociedades transnacionales tanto en los países emisores como en los receptores.

¿Qué son estas sociedades transnacionales? ¿Qué significa el transnacionalismo migratorio?

La respuesta es sencilla y simplificándola un poco, podemos decir que en estos últimos tiempos los migrantes y sus descendientes ya no desean ni necesitan asimilarse rápidamente a las sociedades receptoras, como ocurría antes, pues la amplia disponibilidad de comunicaciones les permite ahora residir en un país distinto al suyo sin tener que “desnacionalizarse”, como era tradición en Estados Unidos, Argentina o Brasil, donde los inmigrantes se integraban rápidamente al llamado melting pot.

Ahora, debido al transporte aéreo fácil y rápido, y a los teléfonos, faxes, videos, televisión por satélite, celulares, internet, etc., los inmigrantes se mantienen en contacto físico, cultural, económico y político con sus sociedades de origen.

También mantienen vigentes sus redes familiares y sociales, viajando, hablando por teléfono, enviando remesas, llevando y recibiendo regalos, participando en actividades culturales y políticas, votando en elecciones, recibiendo educación y manteniendo ciudadanías dobles, a veces múltiples.

Los modernos migrantes caribeños son, entonces, migrantes transnacionales. Ya no son siquiera migrantes de retorno, pues hasta aquellos que deciden volver a establecerse en sus sociedades de origen continúan viajando y circulando entre estas y la anterior sociedad receptora. La transnacionalidad les permite ser miembros y ciudadanos, casi siempre bilingües, de ambas sociedades.

Para algunos académicos, en el caso de la isla de Santo Domingo, estamos encaminándonos hacia la constitución de dos sociedades transnacionales, una haitiana y otra dominicana.

¿Qué significa esto?

Por un lado, significa que lo que ha ocurrido en los últimos treinta años en materia migratoria es algo que la República Dominicana y Haití no habían experimentado antes.

La aceleración exponencial de la emigración haitiana a la República Dominicana comenzó en el año 2000 con la puesta en ejecución de una política de “desarrollo fronterizo” y la creación de una Oficina de Desarrollo Fronterizo durante el gobierno de Hipólito Mejía.

En virtud de esa política, y a través de esa oficina, el Estado dominicano concentró e invirtió una enorme cantidad de recursos en las provincias fronterizas para construir caminos vecinales y carreteras, escuelas, casas, clínicas, hospitales, acueductos rurales, centros deportivos, viveros frutales y maderables, y para instalar paneles solares y centros de educación tecnológica.

Observando de cerca el impacto que esas inversiones estaban ejerciendo en las poblaciones de ambos lados de la frontera, advertí en el año 2003 que el desarrollo fronterizo, tal como lo promovía el Estado dominicano entonces, se estaba convirtiendo “en el principal foco de atracción de la población haitiana hacia la línea fronteriza”.

“En 1998 eran muy raras las construcciones y viviendas de los haitianos a lo largo de la línea fronteriza. La baja oferta de trabajo, por un lado, y la política represiva dominicana, por el otro, limitaban antes esa presencia, y los haitianos que residían a lo largo de la línea fronteriza evitaban acercarse a la misma por temor a ser castigados”.

“Hoy eso ha cambiado totalmente, y los haitianos ahora están construyendo un largo pueblo lineal que comienza en Tirolí y termina frente a Pedro Santana, 53 kilómetros más abajo, siguiendo el cauce del río Artibonito”.

“Junto con las construcciones de obras públicas y comunitarias que llevan a cabo el Estado dominicano y varias docenas de organizaciones no gubernamentales a lo largo de toda la línea fronteriza, también se ha ampliado el margen de tolerancia de las autoridades dominicanas tanto para el establecimiento de los haitianos a lo largo de la línea, en su territorio, a lo cual tienen derecho, como a su penetración y asentamiento en territorio dominicano, muchos kilómetros más adentro”.

“Las Mercedes, en Pedernales, Río Limpio, en Restauración, y Las Matas de Farfán [entre muchas otras] son zonas que hoy exhiben una alta presencia de trabajadores haitianos en fincas rurales […]”.

“Sorprende más todavía la presencia de grandes núcleos de trabajadores haitianos en zonas donde nunca los hubo, en donde hoy están formando comunidades permanentes de jornaleros rurales, tales como Los Montones, de San José de las Matas, Juncalito, de Jarabacoa; Las Palmas, Arroyo Frío, Tiro y Constanza, en plena Cordillera Central, para sólo mencionar unos cuantos” de esos núcleos.

“Las implicaciones de esa inmigración no regulada son varias, pues la misma ya está dejando de ser estacional y se está convirtiendo en permanente”.

“Debido a la atracción que hoy ejercen las inversiones masivas que se realizan en la frontera, la línea fronteriza no es una marca de separación entre los dos países, sino una estación de atracción y paso para los trabajadores haitianos que desean ocupar un puesto de trabajo en los conucos de Moca, en las granjas de vegetales y flores de Tireo y Constanza, en los cafetales de Juncalito y Barahona, en los arrozales de Jima y Villa Riva” o en los complejos hoteleros de la zona oriental del país.

Expresé públicamente, y varias veces, todo lo anterior en los primeros días de julio del año 2003, y lo hice como advertencia de que la política migratoria dominicana había experimentado un cambio radical en relación con los años anteriores, pues el gobierno de Mejía dejó a un lado la política de deportaciones masivas ensayadas en ocasiones, y luego suspendidas, durante la primera administración de Leonel Fernández.

El expresidente Leonel Fernández.

Terminado el gobierno de Mejía, las siguientes administraciones de Leonel Fernández y Danilo Medina continuaron la misma política de tolerancia y construcción de obras públicas en las zonas fronterizas (caminos, escuelas, clínicas, etc.), y relajamiento de los controles fronterizos, y el resultado fue la acentuación del proceso inmigratorio.

De ahí que, en adición a la tremenda fuerza de atracción de las obras de desarrollo fronterizo, la política social dominicana de aceptar en las escuelas a los hijos de los inmigrantes y brindar servicios médicos a los inmigrantes, particularmente a las mujeres embarazadas, esa política social, repito, ha sido uno de los principales factores de atracción para la inmigración haitiana.

Tan poderosa como esas medidas ha sido también la decisión del Estado dominicano de otorgar tarjetas de identificación a los inmigrantes haitianos, legales o ilegales, y de garantizarles el paso libre por la frontera cuando vienen a comerciar o necesitan visitar sus familiares o su país.

Por todo ello, la presencia haitiana en la República Dominicana es hoy más visible que nunca. Los políticos, los comunicadores, los intelectuales, los militares, los clérigos, los empresarios, en fin, mucha gente, tal vez la mayoría del pueblo dominicano, consideran que en la República Dominicana residen hoy más de un millón de haitianos.

En realidad, nadie tiene un número exacto, pero estos inmigrantes se ven en casi todas partes y la percepción común indica que son muchos.

La mayoría de ellos son hombres jóvenes, de 15 a 40 años. Hoy se ven ejerciendo de fruteros en las esquinas de la ciudad capital, de jardineros en los hoteles de playa, de guachimanes en las residencias privadas y torres de apartamentos, de obreros en la industria de la construcción, de arrieros en zonas ganaderas, de peones conuqueros en los campos, de recogedores de tabaco en el Cibao, de jornaleros en las fincas de Constanza y en el Valle del Cibao y la Línea Noroeste, de vendedores de periódicos.

Algunos ya son choferes de carros públicos; otros han empezado a manejar moto-conchos; muchos son lavacarros; una multitud aparece en las esquinas de las grandes ciudades limpiando vidrios y vendiendo tarjetas telefónicas, así como dulces y chucherías; otros muchos son pordioseros en las grandes avenidas de la capital y de Santiago, estos últimos son casi siempre mujeres y niños.

Estos son quizás los más visibles, pero también debemos mencionar a más de siete mil estudiantes universitarios, a un número indeterminado (también de varios miles) de escolares y a varios cientos de profesionales y empresarios que se han instalado en la República Dominicana buscando un mejor destino para ellos y sus familias, como hacen casi todos los emigrantes.

La inmigración haitiana ya no es lo que era pues hoy estamos en presencia de un proceso de formación de una comunidad haitiana transnacional en la República Dominicana, algo que no había ocurrido antes.

En efecto, mientras no había posibilidades de comunicación fluida entre una parte y otra de la isla, y mientras no hubo una masa suficientemente grande de inmigrantes haitianos residiendo o circulando en la República Dominicana, no era posible la formación de una sociedad transnacional haitiana en este país.

En otras palabras, este fenómeno no era posible antes de comenzar el siglo XXI porque la frontera estaba virtualmente cerrada, el comercio entre ambas partes de la isla era muy limitado, la estructura de las comunicaciones era muy deficiente y la mayoría de los haitianos que residían en el país no tenían muchos medios para moverse de un lado a otro de la isla ni comunicarse frecuentemente con sus familiares y amigos y sus redes sociales originales.

En estos últimos veinte años, y particularmente durante esta última década, la República Dominicana ha experimentado una verdadera revolución en la estructura de sus comunicaciones, de tal manera que hoy hemos alcanzado la cifra de un teléfono por cada habitante del país, y sabemos que de cada diez teléfonos por lo menos siete son celulares.

Esa revolución se ha ido extendiendo hacia Haití y ha estado cubriendo a una parte significativa de la población inmigrante que, por las razones que explicamos anteriormente, también tiene la posibilidad de comunicarse frecuentemente con sus redes sociales originales.

Los dominicanos hemos ampliado y mejorado sustancialmente las carreteras y otras vías de comunicación, como los caminos vecinales, algunos de los cuales conectan directamente con la línea fronteriza.

Asimismo, los vuelos entre Puerto Príncipe y Santo Domingo se han multiplicado, y los mercados fronterizos de Dajabón, Tirolí, Elías Piña, Jimaní y Pedernales son hoy activos centros de intercambio de bienes que, en conjunto, mueven centenares de millones de dólares cada año e involucran decenas de miles de personas.

Estos factores están permitiendo que los haitianos que viven hoy en la República Dominicana puedan poner en práctica estrategias de adaptación muy similares a las que han desarrollado los dominicanos en los Estados Unidos.

Esto significa que, al igual que los dominicanos en Norteamérica, los haitianos que se han establecido en la República Dominicana están reconstituyéndose en comunidades y otras entidades sociales que les permiten conservar y practicar sus costumbres, su religión, su lenguaje, sus rituales, sin importar que hayan cambiado su lugar de residencia ni su estatus legal.

Su amplia movilidad circulatoria también les permite comunicarse directamente con sus parientes y relacionados en su país de origen, intercambiar bienes, enviarles remesas, recibir familiares y reunificar gradualmente sus familias en el nuevo entorno social de la sociedad recipiente, en este caso, la dominicana.

Debido a los cambios en las políticas dominicanas de migración, desde el año 2000 hasta la fecha, hoy los haitianos se trasladan con facilidad relativa a su país, aunque también enfrentan dificultades coyunturales.

Estos nuevos inmigrantes mantienen vínculos políticos tanto en sus comunidades de origen como a escala nacional, y asimilan selectivamente aquellos rasgos de la sociedad dominicana que les sirven funcionalmente para sobrevivir, encontrar un nicho en el mercado laboral, ahorrar, educarse, trabajar y retornar a su país cada vez que lo deseen.

La gran novedad, y la gran diferencia, de la nueva inmigración haitiana en relación con la que tuvo lugar a la vuelta de los siglos XIX y XX, es que esta inmigración no busca necesariamente la asimilación, pues ya no la necesita ni está obligada a asimilarse a la sociedad receptora. Asimismo, la sociedad dominicana tampoco le exige asimilación.

Lo que busca la nueva inmigración haitiana en este país, como la dominicana en los Estados Unidos, es poder ejercitar su transnacionalidad y aprovechar todas las oportunidades disponibles para lograr lo mejor o lo menos malo de ambos mundos.

El oportunismo transnacional de los modernos migrantes es quizás el rasgo definitorio de estas nuevas sociedades que se están desarrollando en muchos países, incluyendo Haití y la República Dominicana. Veamos varios ejemplos.

Los dominicanos quieren que sus mujeres vayan a los Estados Unidos a dar a luz para que sus niños sean ciudadanos norteamericanos. Los haitianos quieren lo mismo cuando envían o permiten que sus mujeres vengan a dar a luz a los hospitales dominicanos.

Los dominicanos desean gozar de la doble nacionalidad, dominicana y estadounidense, para sacar ventajas de ambos países, los haitianos no quieren dejar de ser haitianos, pero desean ser documentados y aceptados como residentes en la República Dominicana, aun cuando su entrada al país se haya realizado sin cumplir con los procedimientos legales.

Los dominicanos desean participar en la política de su país aun cuando sean residentes legales en los Estados Unidos. Ya hay haitianos que también desean lo mismo (aunque esto merece un estudio más particular).

Cientos de personas participan en el Desfile Anual Dominicano este domingo en la sexta avenida de Manhattan, en Nueva York (Estados Unidos). EFE/Kena Betancur

Los dominicanos quieren ir a los Estados Unidos a gozar de un trabajo seguro y bien remunerado. Los haitianos que vienen a la República Dominicana también quieren lo mismo.

Los dominicanos se empeñan en aprender inglés para funcionar más eficientemente en la sociedad norteamericana. Los haitianos se dedican a aprender español lo más rápidamente posible con los mismos objetivos en mente.

Los dominicanos desean que sus hijos sean aceptados y educados en las escuelas de los Estados Unidos. Los haitianos buscan lograr lo mismo en la República Dominicana.

En fin, los dominicanos hemos logrado desarrollar gradualmente una sociedad transnacional que circula norte-sur entre los Estados Unidos y República Dominicana. Los haitianos también lo han hecho con los mismos Estados Unidos y Canadá, y lo están haciendo con la República Dominicana en estos momentos. El flujo en ese caso es de oeste a este y viceversa.

El proceso es relativamente nuevo y todavía es muy temprano para saber a dónde conducirá, pues a diferencia de los Estados Unidos, donde los dominicanos son una minoría dentro de la gran minoría latina o hispánica, en la República Dominicana los haitianos son una minoría creciente que, según los estimados más educados, ya anda por el diez por ciento de la población nacional.

WL: Esta discusión en modo alguno niega que entre los dos países insulares que pueblan la isla de Santo Domingo no existan conflictos y diferencias en torno a la compleja realidad insular que ambas naciones comparten en diversos aspectos, además del tema migratorio, como es la cuestión ambiental y la seguridad fronteriza. Con tu mirada de historiador, ¿cuáles crees que son los problemas centrales que deben enfrentar ambas naciones y Estados de cara al mundo globalizado en que se ven envueltos los dos países y las nuevas urgencias del desarrollo en una realidad transnacionalizada?

FMP: Ambas naciones tienen por delante varios retos insoslayables que atañen a su supervivencia. El más importante, a mediano y largo plazo, es la preservación de las fuentes de agua. Para ello ambos pueblos necesitan cuidar sus cuencas hidrológicas y restaurar sus bosques de manera que la lluvia que cae no se pierda. Hace años vengo diciendo que en la isla cae, en promedio, la misma cantidad de lluvia que hace cien años y, sin embargo, ambos pueblos tienen cada vez más difícil su acceso al agua potable, todo ello porque las cuencas productoras de agua han perdido sus bosques y la lluvia que cae no tiene vegetación que la detenga en su marcha hacia las tierras llanas y hacia el mar. El otro gran problema, que ya ha dado muestras de su gravedad, es la deficiencia de los sistemas educativos. En ambos países la inequidad se ha estado agravando cada vez más debido a la desigualdad en el acceso a la buena educación. Cada vez se hace más pesado el lastre de crecientes masas de analfabetos funcionales que están impedidos de salir de la pobreza o la miseria. En tercer lugar, la pandemia de COVID-19 ha introducido un nuevo reto de naturaleza epidemiológica que pone en riesgo las poblaciones de ambas naciones y amenaza seriamente con revertir todo lo que la República Dominicana ha hecho para tratar de vacunar a la totalidad de su población y mantenerla lo más sana posible.

La población dominicana no estará enteramente a salvo si la población haitiana no alcanza los mismos niveles de vacunación que la dominicana. Creo de muy alta prioridad que la República Dominicana negocie con otras naciones para dotar a Haití de los millones de vacunas que esa población necesita para protegerse del coronavirus. De no hacerlo así, la República Dominicana vivirá en permanente riesgo epidemiológico con alta posibilidad de que se reviertan los logros alcanzados hasta la fecha. Los expertos dicen que el virus continuará mutando y no sabemos cuándo la epidemia alcanzará niveles masivos de contagios y muertes en una población desprotegida como la haitiana.

Ya sabemos de los peligros sanitarios que se originan en la inmigración haitiana irregular. Hemos visto muestras de ello en el retorno de la malaria, la tuberculosis y el cólera al país, para solo mencionar tres enfermedades que la República Dominicana casi llegó a tener controladas y que volvieron a ser prevalentes en los asentamientos de inmigrantes haitianos llegados en las décadas pasadas. El cólera, respondiendo a otro punto de tu pregunta, fue un efecto de lo que llamas el “mundo globalizado”, pues fue reintroducido en la isla por soldados de las Naciones Unidas, dicen que procedentes de Nepal.

Hay muchos retos más. Son bien conocidos. Mencionarlos sería redundante en esta, excesivamente larga, entrevista.