El canto alegre de la muerte es un libro de cuentos de la autoría del reconocido dramaturgo y poeta santiaguero José Adolfo Pichardo, publicado en el año 2019 por Ediciones SOCIEDARTE.  Es el único libro de narrativa que ha publicado el autor. Consta de un número de 12 cuentos: Proyección, Accidente pasional, Un hombre bondadoso, Escena conyugal, La morada, Interrupción mínima, Amor senil, El sustituto, Aprendizaje peligroso, Sófocles, El canto Alegre de la muerte, Cumpleaños. Pichardo es conocido en casi la totalidad de su obra, de ser un escritor que trabaja la psicología en sus personajes, difícilmente los personajes de Adolfo Pichardo tienen un final feliz. También es un autor que pone de manifiesto la crueldad humana frente a la explotación del medio ambiente, lucha constantemente para que tomemos conciencia de la importancia de mantener, por ejemplo, los ríos en buen estado ya que sabemos la importancia del agua para todo ser vivo.

José Adolfo Pichardo nació en Santiago de los Caballeros, República Dominicana, el 15 de agosto del año 1964. Es licenciado en Comunicación Social, con Maestría en Ciencias de la Educación, mención Planificación Educativa por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA). Desde el 2001 dirige el grupo Teatro Experimental de UTESA, también ejerce como docente de Letras y de Literatura en la Universidad Nacional Evangélica. Es el actual director del Departamento de Arte y Cultura de la Universidad Nacional Evangélica recinto Santiago. Es un reconocido Gestor cultural, coordinador del grupo de teatro de la Universidad Nacional Evangélica y es el director de la Editorial Sociedarte. En 1981 creó el grupo Núcleo Teatral Santiagués, a través del cual presentó, en diversos clubes más de diez piezas dramáticas de su autoría. En 1991 crea, junto a Roberto y Ángel Polanco el Teatro de la Forma. Es miembro fundador del Taller de Autores dramáticos de Santiago, en el año 2009 creó el grupo de teatro Aficionado: Te asombra, también entre los años 2004–2007 dirigió el Departamento de Teatro del Centro de la Cultura de Santiago, desde donde pasa a la Dirección Provincial de Cultura de la misma provincia- Posteriormente Subsecretaría de Estado de Cultura para la Región Norte- a encargarse del departamento de Teatro y Literatura.

Adolfo Pichardo tiene más de 40 obras de teatro publicadas, algunas de ellas han sido presentada en el extranjero. Sin más nada que agregar, les dejo uno de los cuentos que contiene el libro (El Canto Alegre de la Muerte).

José Adolfo Pichardo.

Proyección

No había duda, el hombre la estaba siguiendo. Apretó el paquete contra su vientre y apresuró el paso. Hizo un rápido recuento mental: “Salí del almacén y surgió de…”. No recordó de dónde lo vio salir, sólo se percató de que, no bien entraba a la primera calle, cuando percibió la sombra lejana de ese hombre que, en cada giro de cabeza, simulaba mirar a otro lado.

Cuando cruzó la calle que da acceso al edificio en el cual vive, él también lo hizo y hasta parecía silbar, no es que le escuchara, pero sus pómulos hundidos y sus labios semiabiertos, se lo indicaban.

Al llegar al hueco de la puerta que comunicaba con la escalera, decidió dar una vuelta a la manzana para despistar a su nuevo y desconocido enemigo.

Ya en la esquina fronteriza de la otra hilera de edificios, viró la cabeza… ¡Sorpresa! El tipo había desaparecido. De todos modos y para evitar levantar sospecha, pensó que lo mejor sería dar la vuelta completa. Cuando se encontró de nuevo con su escalera, no tuvo que hacer esfuerzo alguno para descubrir, al otro lado de la calle y con el pie derecho contra la pared, a su incansable hombre. Ahora el muy inexperto perseguidor, disfrutaba de una botella de cerveza.

No lo pensó más, entró y subió hasta la cuarta. Eso sí, en cada recodo temía encontrarse con otro intruso. Sus brazos temblaban y sudaban la gran funda plástica. Una vez dentro del apartamento, descansó su carga en la mesa. Se lanzó a la ventana: ¿lo habrá visto alguna otra vez? Pensó que sí, pero no lograba recordar de dónde. De todos modos, había que actuar rápido, así que no debía perder el tiempo tratando de reconocer al intruso aquel.

Lanzó una mirada chispeante al paquete recién depositado en la mesa. Nada de su contenido le interesaba, pero la envoltura sí. Verlo allí, como un bolso cualquiera, la devolvió a ese momento doloroso.

La tarde de un domingo, regresó después de haber visitado a su madre. Cuando entró, notó algo raro en el ambiente, la casa sola… ¿sola? Decidió prepararse algo para comer, al parecer su sirvienta tuvo que salir sin tiempo para cumplir con su deber. ¡Vaya! –Pensó- Una se mata trabajando, paga a otra casi la mitad de su sueldo y se encuentra con que, para lo que paga, tiene que fajarse a hacerlo una misma.

Mientras movía los utensilios de la cocina, escuchó un ligero quejido, ¿de dónde vino? No lo sabe. Movió de nuevo los calderos. ¡Nada! Se quedó quieta un momento para tratar de escuchar y… ¡Efectivamente! Los alaridos provenían de otro lado. La ventaja de tener un apartamento pequeño es que todo le queda cerca.

Dejándose llevar por los oídos, llegó hasta la puerta de su habitación, y fue cuando, entreabriéndola… Se llevó la más ingrata sorpresa: su marido se estaba revolcando con la sirvienta. Pensó en matarlos a ambos, pero contra toda iniciativa, solo permitió que terminaran su acto. De modo que, sin hacer ruido y a pesar del hambre que tenía, salió de la casa.

El propósito de la compra no significaba una necesidad por los productos, sino que, como las veces anteriores, tenía que usar la funda para botar, en este caso, el último rastro: las piernas de aquella desgraciada que aún quedaba por sacar del apartamento. Cargó con todo lo innecesario, de tal manera que le pudieran dar una bastante grande. Pensó que, si compraba solo las fundas, al descubrirse, en los diferentes puntos de la ciudad, las diversas piezas del cuerpo humano la iban a asociar con el crimen, lógico: no podía haber suficiente basura como para sacar de allí.

Buscó. Entró a las habitaciones, en el desván, en los baños… ¿dónde? ¿Dónde pudo haber metido esas piezas? Se quedó rígida en medio de la sala, no podía comprender. Era absolutamente imposible que desaparecieran las piernas. Si es que ni los gusanos pudieron habérselas comido tan rápido.

Empezó a sentir ese ardor en el pecho que siempre, en momentos como este le asalta. La sudoración afloró, se le tensaron los músculos, abrió los ojos hasta el dolor, en un intento por romper con sus rayos lo que se le atravesara, y no se hizo esperar… era algo inevitable… involuntario: su grito, el grito que sucede cada vez que le sobreviene la recurrente crisis. Solo que éste vino acompañado por amenazas comprometedoras, advirtiendo que, al encontrar las piernas, las cortaría centímetro por centímetro.

¡Pero cierto! –Recordó- esas sucias piernas que rodeaban el cuello angelical de su marido, fue lo primero que cortó y sacó de allí. El recuerdo le llegó hazañoso, incitándole a brindar por ello. Tomó la botella y empezó a beber. La alegría le convirtió el envase de alcohol en la pareja ideal para una danza y fue en el segundo giro danzarín que cayó en cuenta: si las piernas fueron las primeras piezas que botó, ¿qué otra parte le quedaba? Porque una cosa cierta es que algo faltaba, y no podía esperar a que la descubriera su marido al regresar de su viaje, que sería en no más de tres horas.

Se asomó a la ventana, ¿cómo? El tipejo aquel no solo estaba allí, sino que, en ese preciso momento, miraba fijo hacia ella. No hay duda, ese hombre sabe todo, ¿la habrá escuchado cuando gritó lo que gritó? Pero ¿Por qué no le detuvo cuando estaba abajo? Bueno –Se contestó, como si de veras le estuvieran preguntando- necesita pruebas y eso esperaba encontrar. Continuó con su bebida, ahora con desesperación, y no pudo evitar volver a su recuerdo.

Mientras comía en un café cercano a su casa, planificó el modo de cómo mataría a su sirvienta y de qué manera se desharía del cuerpo. Calculó la ausencia del marido, él se iría de vacaciones por quince días al extranjero, y Danesa quedaría a su merced. Danesa es más fuerte, de manera que debía conseguir darle un golpe certero… un golpe que impidiera un enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

Y la oportunidad llegó. Carlos se fue, y esa misma noche, Danesa dormía plácidamente, y solo abrió los ojos y la boca cuando el cuchillo atravesaba su corazón por segunda vez. Fue como si despertara de una horrible pesadilla, y no tuvo tiempo de entender que en realidad estaba entrando en ella, sin opción de despertar. En sus ojos de animal herido, se podía adivinar el arrepentimiento de haber seducido a un hombre ajeno.

Con mucha paciencia empezó a picarla. Clasificó las piezas para saber en qué orden las tenía que ir sacando de la casa. Cada día salía de compra y la funda que traía, era la que le servía para llevar una pieza y tirarla lejos, muy lejos, en un zafacón diferente, en puntos distantes de la ciudad. Ya llevaba los brazos al basural del este, la cabeza tras la pared del cementerio municipal y así, cada día.

María, su mejor amiga, se lo había dicho todo:

-Tú no estás loca, es que te duele el que la sirvienta te esté cogiendo al marido.

Ya está hecho, -pensó- no hay rastros de mi sirvienta, y mi marido quedó para mí sola.

Se sentó. Tanta agitación le causó un cansancio terrible, además, necesitaba pensar con serenidad. Pasó revista a sus salidas, lo que llevaba en cada una de ellas y en la cadena de recuerdos se cruzó un eslabón… ¿qué influencia podía ejercer la sirvienta para convencer a su marido de que la llevaran a terapias psiquiátricas? ¿Y por qué tenía ella que acompañarlos? No recuerda haber dado indicio de demencia alguna.

Se paró maquinalmente, su sexto sentido le indicó que corría peligro. Se acercó nuevamente a la ventana y… ¡Santo Dios! El hombre no estaba solo, le acompañaban otros que ya estaban cruzando la calle y se encaminaban hacia su piso. Buscó una alternativa rápida.

Si le atrapaban le harían lo mismo que ella a la sirvienta: la matarían y le cortarían en piezas. Pero su astucia le salvó: llegó a la cocina, tomó un filoso cuchillo. Aseguró las puertas de tal manera, que cuando lograran abrirla, estaría lo suficientemente lejos como para evitar la ira de esos hombres. Y fue cuando se le ocurrió encender la radio y ponerle a todo volumen, así ellos creerían que ella no estaba al tanto de que la perseguían y le darían más tiempo.

No bien se abrió las venas y empezaron sus ojos a dilatarse, cuando apareció ella… no en carne y huesos, pues nada de eso le quedaba, la voz de la muerta brotó de la radio:

-“Vanessa, tranquilízate… tú no has matado a nadie… soy tu hermana, regresa al hospital: allá te atenderán”.

La parte final de la frase quedó flotando en el aire como un eco. La voz siguió martillando las sienes de la mujer, quien cada vez más débil por la pérdida de sangre, sentenció:

– “Si no estás muerta, muy pronto lo estarás, cuando regreses de vacaciones te mataré, te cortaré en pedazos y regaré tus piezas por toda la ciudad, me casaré con tu marido y empezaré a vivir mi vida de señora…”.