Apenas habían desembarcado y ya habían sido derrotados. Algunos no habían pasado ni siquiera del muelle, dos estaban heridos y uno estaba muerto y el comandante había ordenado la retirada. Sus palabras habían sido lapidarias: «Esto fracasó, nos vamos para Santiago de Cuba».

«Los tripulantes, que se habían quedado ayudando en el desembarque de las armas, de inmediato soltaron los rifles que tenían en las manos y se aprestaron a abordar el avión. Lo mismo hicimos todos sin comentarios. Ya tendría tiempo de sobra para hacer preguntas.

La breve explicación que me dio Horacio una vez acomodados en el avión y en espera del despegue fue la siguiente: “Resolvimos retirarnos porque los otros aviones no han llegado, no pudimos tomar el telégrafo por lo que ya a estas,horas deben estar al llegar refuerzos lo que no nos dará tiempo para hacer contactos con el Frente Interno y además ya hemos tenido tres bajas entre ellos dos heridos. Si llegamos a tiempo a un hospital podremos salvar sus vidas”.

»Por el tono en que habló comprendí que la decisión había sido tomada entre los componentes del comando de acción. En ningún momento se me ocurrió discutir si esa decisión era o no correcta. Ni si se tenían pruebas fehacientes de que en realidad no habían llegado los otros aviones.

»Como esos no eran momentos para hacer especulaciones ni mucho menos recriminaciones, pusimos todas nuestras energías en los problemas inmediatos entre los cuales el más apremiante era levantar vuelo y alejarnos de aquel sitio en el que era evidente que ya nada teníamos que hacer». (1)

Levantar el vuelo sería lo difícil, o más bien lo imposible. Debido a la prisa y los nervios, y el inminente peligro que se cernía sobre ellos, actuaron con precipitación y torpeza. Pero lo decisivo fue la desinformación que recibieron de uno de los hombres que todavía permanecían en el muelle, uno de los auxiliares o colaboradores que tanto habían ayudado en el descargue de las armas (las armas que caerían en manos del ejército) y que muy pronto se descubriría que era un espía o un partidario del gobierno de la bestia. Fue ese desgraciado, el mal nacido auxiliar, el culpable del desastre y la tragedia que estaban a punto de producirse.

Dice Tulio Arvelo que la única salida o entrada navegable era un canal de poco calado (incluso para el Catalina), delimitado por la orilla este de la ensenada, la orilla derecha (con relación al litoral) y un gigantesco palo negro, una baliza de gran altura que aún en la oscuridad podía verse desde lejos. Para entrar, como lo habían hecho casualmente, había que pasar del lado izquierdo. Para salir era pues necesario pasar a la derecha. Sin embargo, mientras el dominicano José Rolando Martínez Bonilla recogía desde el Catalina el cable que lo ataba al muelle, «oyó claramente cuando nuestro “auxiliar”, ahora hay que ponerlo entre comillas, le gritó que tomara a la izquierda del palo para salir de la bahía. Y así lo tradujo al piloto». (2)

De esta manera se acabó de torcer el destino de los hombres del Catalina. Todo parecía conspirar y conspiraba contra ellos. La nave se dirigió hacia mar abierto por el lado izquierdo de la baliza y no tardó en encallar en un banco de arena. Para peor, el piloto forzó los motores para tratar de salir de aquella trampa, pero sólo consiguió que el avión se pusiera prácticamente de nariz. Inútilmente, a pedidos del capitán, los hombres se tiraron al agua, que apenas tenía unos dos pies de profundidad, para aligerar la nave e intentar liberarla, Pujarían y empujarían con todas las fuerzas de la desesperación, pero todas las fuerzas de la desesperación no fueron suficientes. Los hombres empujaban, los motores rugían, los heridos se quejaban. Y cuando nada parecía que podría ser peor apareció un avión que nadie escuchó ni vio venir.

Con el avión vino la luz, una brillante luz, una luz cegadora. La noche se hizo día y los hombres trataron de esconderse bajo las alas del Catalina. El pequeño avión se alejó y volvió, iluminó de nuevo el escenario y desapareció.Tulio Arvelo siempre creyó que se trataba de «una unidad de la embajada de los Estados Unidos». (3) de la que tenían constancia que los había seguido desde Guatemala.

El pequeño avión no se había ido sin haberle dado aviso al temido guardacostas que había mencionado el hombre que les había ofrecido las llaves de su camioneta. Los servicios de inteligencia de la bestia y del imperio eran inmejorables. Parecía que los estaban esperando, o por lo menos buscando. Quizás no conocían el lugar preciso del desembarco, pero los estaban esperando y buscando y finalmente los encontrarían.

«Poco después de la aparición del pequeño aeroplano los aviadores apagaron los motores y abandonaron la cabina. Cuando nos pasaron por el lado los tres llevaban debajo del brazo un pequeño bulto en el que supuse llevarían sus pertenencias más preciadas. Nadie les dijo una sola palabra. En lo que dijeron en inglés comprendí que se dirigían a la orilla.

«El único que los acompañó fue el nicaragüense Alejandro Selva. Tal vez pensó que junto a ellos tendría más garantías que quedándose con nosotros. Nunca más los volví a ver.

»Después de la partida de los aviadores era obvio que nada nos quedaba por hacer cerca del hidro-avión. No fue necesario tomar una decisión conjunta. Sin que nadie lo ordenara recogimos lo que pudimos cargar sin muchas molestias y emprendimos la marcha hacia la orilla más cercana. Entre las cosas que llevábamos estaban algunas armas, dos cantimploras y dos frazadas.

»Cuando llegamos a la orilla, Gugú notó la ausencia de José Rolando y emitió un silbido con el que ambos acostumbraban llamarse; pero no recibió respuesta. En ese momento nos percatamos de la llegada del guardacostas porque encendió un potente reflector que iluminó el área en donde se encontraba el Catalina. Al ver la luz nos ocultamos detrás de unos matorrales y esperamos unos instantes. La luz estuvo encendida como medio minuto. Cuando la apagaron nos internamos un poco más en la maleza y permanecimos en completo silencio. A los dos o tres minutos volvieron a encender el reflector, oímos claramente una voz que en tono insultante nos amenazaba y de inmediato el tableteo de una ametralladora seguido de una fuerte explosión que iluminó todo el recinto como si fuera de día. Los tanques del Catalina habían sido tocados por las balas. Al primer estallido le siguieron otros de menor potencia.

»Fue un espectáculo aterrador ver aquel aparato incendiado en medio de la noche acompañado por el estruendo que hacían los proyectiles que explotaban dentro de él. Pero lo más sobrecogedor de todo era el conocimiento de que habían quedado dentro de aquel infierno tres compañeros todavía con vida a lo que se sumaba la incertidumbre por la ausencia de José Rolando». (3)

Por fortuna, José Rolando aparecería al poco rato, después de emitir un silbido semejante al de Gugú Henríquez y el reencuentro resultaría regocijante. Se había salvado casi de puro milagro, pero se había salvado. Ahora sólo quedaba emprender la fuga tierra adentro, la fuga a través de los montes

(Historia criminal del trujillato [130])

Notas:

(1) Tulio H. Arvelo, “Cayo Confites y Luperón. Memorias de un expedicionario”, p. 171

(2) Ibid., p. 172

(3) Ibid., p. 174

(4) Ibid., p.175