Documentos y olvido

Pintura de Haffe Serulle.

El hombre de la carreta tenía llagas verdes en la cara y cicatrices profundas, semejantes a grietas de desecación: es como si le hubieran acuchillado las mejillas. En la frente se le notaba una marca hecha con un carimbo, instrumento que me recuerda los peores años del sufrimiento humano.

A la verdad, la vida ha sido triste y pesarosa: entre desigualdades y homicidios colectivos hemos estado girando en la órbita del desequilibrio emocional y de la comercialización del pensamiento.

Sin embargo, a pesar de haber sufrido tanto,  quienes creemos en un mundo inclusivo y equitativo nos damos la mano y vamos al encuentro de una luz que nos ayude a superar la barbarie.

Es necesario cambiar la balanza de la historia para que un hombre como el de la carreta llegue a disfrutar de una vida digna. Tarde o temprano la ambición por el poder y la riqueza habrá de darle paso a la sensatez.

Lamentablemente, la mayor parte de la humanidad no entiende de estas cosas porque está alienada y obnubilada en este mar de conspiraciones en contra de las buenas costumbres y del discernimiento, mas no importa cuán pocos seamos los que queremos alcanzar una vida en armonía con el planeta  porque habremos de lograrlo algún día.

La hierba crecerá libremente como todo lo que habita la tierra. Las especies nativas desaparecidas volverán a regenerarse, igual los ríos, los valles y las montañas. Las aves cantarán como al principio y todos correremos alegres hacia las puertas de un presente favorable al progreso y abiertas de par en par a un futuro esplendoroso.

Por pensar en el hombre de la carreta, me llegan a la memoria imágenes de un pasaje histórico que me marcó de niño, aquel  en que  un religioso de alto vuelo le advertía al cacique Hatuey, tras haberle anunciado algunos de los preceptos  de la fe cristiana, que si deseaba creer en lo dicho iría al cielo, de lo contrario, su refugio sería el infierno, con su habitual secuela de personas quemadas y torturadas. Hatuey miró al fraile, registró las zonas de sus ojos en donde pululaban el odio y la avaricia, y le preguntó en voz baja si los cristianos  iban al cielo. Sí, contestó el fraile, los buenos cristianos entran al cielo. Hatuey, con su orgullo crecido, le dijo sin alterarse que en ese caso él preferiría ir al infierno antes que al cielo, para no tener que estar con los españoles.

El 4 de julio de 1976 se aprobó en Argel la Declaración Universal de los Derechos de los Pueblos.

La sangre del pasado cubre los surcos de la tierra y aunque el hombre de la carreta no lo sepa hay parte de esa sangre en su hoja de vida, porque él es esclavo y siervo, fruto de la desigualdad e indiferencia. Él es una hierba perdida en el ocaso, y aún así vive y le sobran las ganas de desafiar sus limitaciones, dispuesto a enfrentar a quienes usurpan nuestras riquezas naturales y adornan sus leyes con frases estelares, pero vacías. En los hechos, esas leyes contienen los mismos postulados que rigieron las Capitulaciones de Santa Fe (son un documento escrito por los Reyes Católicos el 17 de abril de 1492, que recoge los acuerdos alcanzados con Cristóbal Colón relativos a su expedición planeada por el mar hacia occidente), y la Bula Intercatera de 1493, que legitima la ocupación española de las “Indias Occidentales”, actual América.

Las leyes de hoy nacieron del Código Negro Carolino de 1528, así como de las Reales Cédulas de las Devastaciones de 1603. La Doctrina de Monroe de 1823 es una secuela, y las odiosas proclamas del general Pedro Santana y del comandante H.S. Snapp de 1861 y 1919 respectivamente son sus consortes, y son la negación de los principios expuestos en la Declaración de Derechos de Virginia de 1776 y en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, y más recientemente la Carta de los Derechos de los Pueblos de 1974 y 1976 son la antítesis de aquellos viejos preceptos. Cuánto las hubiera gozado nuestro personaje de haberlas conocido.

Yo, de joven, me aprendí de memoria aquello de que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. De la misma manera  aprendí que “todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad, y a la seguridad de su persona”.

¡Qué lejos estamos de estos anhelos! Si miráramos atentamente a nuestro discapacitado comprenderíamos la vastedad del sufrimiento.

Para reafirmar los propósitos de las Naciones Unidas, especialmente aquellos relacionados con el mantenimiento de la paz y la seguridad, y con el fomento de las relaciones de amistad entre las naciones y la realización de la cooperación internacional en la solución de problemas de carácter económico y social, quiero recordarles a quienes tengan acceso a estas disquisiciones mías lo que establece en uno de sus párrafos la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados: …promover la seguridad económica colectiva para el desarrollo, en particular de los países en desarrollo (sic), con estricto respeto de la igualdad soberana de cada Estado y mediante la cooperación de toda la comunidad internacional.

El artículo 1 del documento referido precisa que todo Estado tiene el derecho soberano e inalienable de elegir su sistema económico, así como su sistema político, social y cultural, de acuerdo con la voluntad de su pueblo, sin injerencia, coacción ni amenaza externas de ninguna clase.            

El 4 de julio de 1976 se aprobó en Argel la Declaración Universal de los Derechos de los Pueblos. En su preámbulo se denuncia que “El imperialismo, con procedimientos pérfidos y brutales, con la complicidad de gobiernos que a menudo  se han autodesignado, sigue dominando una parte del mundo. Interviniendo directa o indirectamente, por intermedio de las empresas multinacionales, utilizando a políticos locales corrompidos, ayudando a regímenes militares que se basan en la represión policial, la tortura y la exterminación física de los opositores; por un conjunto de prácticas a las que se les llama neo-colonialismo, el imperialismo extiende su dominación a numerosos pueblos”.

En el Artículo 28, dicha Declaración advierte que “todo pueblo cuyos derechos fundamentales sean gravemente ignorados tiene el derecho de hacerlos valer especialmente por la lucha política o sindical, e incluso, como última instancia, por el recurso a la fuerza”.

Si el hombre de la carreta viviera y conociera los documentos mencionados, diría que no sirvieron de nada porque “mírenme”, gritaría él, “mírenme y díganme si vale la pena vivir como he vivido”.

 

Haffe Serulle en Acento.com.do