Antes de que caiga la noche, tu dulce y encantadora voz dejará atrás este triste capítulo aplastado por el fuego en la prisión. La longue nuit fue ayer, pero es largo camino mientras los chacales obstaculizan las fuentes vivas de nuestra pasión.

Somos la Piedra arrojada a los pozos de fuego. La joven fugitiva que escapa del cautiverio, encerrada (por varios lustros) por misioneros que hablan un trabalenguas cuando no estamos presentes o cuando creen –en sus mentes– que no estamos presentes porque no pueden dilucidar, descifrar o comprender que estamos en todas partes. Y en nuestra presencia hablan en guaraní.

Las hojas secas y los hongos de vidrio cubren nuestros rostros y recuperamos–con más vigor– la conciencia tan necesaria para llegar al final del túnel.

Somos la arena acumulada en un estado hasta ahora desconocido. Y nuestras palabras: lanzas gestadas en cautiverio a través de la partenogénesis.

Un día cualquiera, por así decirlo, encontramos nuestro linaje en África, en las Islas Canarias y en la tierra más allá del Alba y la Pluma donde se originan los mares.

Somos los restos momificados de la ciguapa asesinada por los antiguos bloques de impresión presionados bajo el espesor de hombres letrados que se jactan de la escala de sus zancos.

El cuerpo desnudo, en toda su desnudez, tendido todo el día en la plaza pública, yace ahora expuesto a los elementos, expuesto sin piedad al calor abrasador que corroe todo tu ser.

Somos el verbo impreso en la indisoluble lingua franca del deseo. Sufrimos el filo arrollador del corte, la vejación y la incesante lluvia de escupitajos redondos en nuestros cuerpos de papel; somos y seguiremos siendo (si no alzamos la voz) objetos del exterminio en tinta roja y espesa como te hablé.

Nos abruma el destierro.

Pero allí en Delmas o Salónica o Accra o Villa Juana guardo mi secreto, escondo mis cicatrices y mi pasado doloroso enterrado debajo de las ruinas del incendio que quemó nuestro hogar de infancia.

A ciencia cierta, todos nuestros nombres heredaron la memoria y la estrechez de los obstáculos difíciles que nuestros antepasados encontraron en el camino. Soy la Cabra de Oro hecha añicos por la golpiza canalla, despiadada; soy el río que divide la isla; he sido (dicen los folios de la biblioteca) quemada viva ante centenares de espectadores; mis uñas, arrancadas de raíz.

Estoy muerta de hambre y de sed.

En el fondo del mar se esconde otro infierno: la quema de azúcar y la invención que extrae lucro y sudor de nuestras almas pulverizadas.

El gran incendio puso fin a todo esto.

Desde un principio, hemos sido, y seguiremos siendo, la línea circular de rostros y voces bañadas en sangre pútrida renovada por el fuego o el amanecer.