Cuando abordé por primera vez esta novela, con ojos de editor, vinieron a mi mente una veintena de interrogantes que, fiel a mi costumbre, traté de dilucidar por mi cuenta, en una batalla que se libra siempre solo con los textos, pues ellos deben defenderse por sí mismos: ser autónomos, suficientes, incluso feroces en su afán de sostenerse ante el mundo. Creo que, al final, quedaron unas tres que tuve que consultar con la autora y a los que le buscamos, como siempre, hermosas soluciones.

La novela, siempre lo digo, es el reino de la libertad creadora. En ella cabe desde lo más sobrio hasta lo más descabellado; orden y caos, realidad y fantasía, en un acto demiúrgico cuyos límites serán, únicamente, los de la imaginación de su autor.

Pero algo ocurre,  a veces, con las primeras novelas. Nacidas más de la intuición que de la reflexión, del impulso profundo de crear un universo que nos acosa en ocasiones durante años, para que lo hagamos nacer, sin atender demasiado a técnicas, o ignorándolas, las primeras novelas se erigen sobre intangibles que no podemos explicar demasiado.

Muchas primeras novelas parecen dictadas directamente por la divinidad. Perplejos, sus autores no saben cómo ni por qué las palabras tomaron ese orden definitivo, ni de dónde salieron esas voces, ese giro, esa finalidad… Como reza aquel verso de Borges: Algo, que ciertamente no se nombra con la palabra azar, rige estas cosas.

Hay una especie de inocencia, de candidez, una naturalidad que, la mayoría de las veces, no se puede replicar luego, porque cuando tratamos de seguir escribiendo y tomamos consciencia de lo increíblemente difícil que resulta, despertamos de golpe a una realidad que ha perdido su matiz idílico, su conexión a esa fuente nutricia primigenia que logramos rozar a puro instinto, a golpe de intuición.

Por eso hay tantos escritores de una sola novela. Algo que, esperamos, no ocurra a nuestra autora, pues, algunas de estas cosas que explico están en estas líneas, en esta Adiós Chinita que hoy nos obsequia Mercedes Morales.

¿Ella podría explicar de modo racional todo lo que creó, y respira aquí? Si se aplica a ello con todas sus fuerzas es posible que logre desplegar unos cuantos argumentos válidos, pero, además de un ejercicio inútil, sería perfectamente incompleto. En algún momento chocaríamos de plano con una frase muy suya que surgió durante el proceso de edición, y que, con sus variantes y cotejos, vendría a ser más o menos así: «Rafael, no sé muy bien de dónde salió eso, pero se queda. Me gusta».

Entrar al cosmos de Adiós Chinita fue un placer. “Solo lo difícil es estimulante», escribió el gran Lezama Lima, «solo la resistencia que nos reta, es capaz de enarcar, suscitar y mantener nuestra potencia de conocimiento».

Por eso, en mi dictamen editorial, escribí:

Adiós Chinita es una historia cautivadora, llena de giros imprevistos y de voces que se entrecruzan para formar contextos novelescos deleitables. Hay literatura aquí; y una destreza narrativa peculiar. Así mismo, los personajes están muy bien delineados. La estructura, que apuesta un tanto por el caos, funciona, dado que el objetivo es que el lector arme la trama y la complete finalmente solo en su cabeza. [1]

Y este, el de exigir una participación activa del lector, es un elemento a destacar en este libro. Se pide abstracción, se pide inteligencia e imaginación. Línea a línea, el lector tendrá que ir atando cabos, dilucidando información, completando el mapa argumental y emocional de personajes que se narran unos a otros, ficción dentro de la ficción que ordena y desordena todo para volver a armarlo, como un caleidoscopio. Es del milagro del que hablé al principio. No creo que Mercedes pueda replicar esto, ni aun intentándolo.

El quid, el punto cero, está precisamente en una cuestión de orden técnico, y de la que Mercedes no fue plenamente consciente: los narradores. No pienso explicarlo en detalle, pues correría el riesgo de aportar claves demasiado reveladoras, pero sí les diré que la frase “personajes que se narran a sí mismos” no es en modo alguna gratuita.

Al menos tres narradores, todos de gran complejidad, coexisten en esta novela, superponiéndose unos a otros en un sumun de voces increscendo que alcanza puntos álgidos en algunos pasajes cuando uno de ellos, por ejemplo, está mirando (literalmente) a los otros, mientras, a su vez, los narra, o ha puesto ideas en su cabeza, para que las ejecuten ante sus ojos.

El más poderoso de los tres narradores, ese Yo ambiguo, que interviene de pronto, por lo general sin aviso previo, y que está al mismo tiempo fuera y dentro de la narración, en una posición imposible si no se tratara de una ficción difícil como esta, es el que al inicio de la novela “pone” la historia en la mente de una de los personajes, el mismo que  en otra escena está encima de una loma mirando el reencuentro de Inmaculada y Manuel, o a dos pasos detrás de madre e hija caminando por la Duarte, o que dice, de pronto: «Es hora de quitarme», o, más atrevido aún, ya al final de la obra, y casi a modo de justificación por inquietar tanto nuestra mente, pero para sumar, en verdad, un nuevo desasosiego:

Pasos detrás de ellas, vengo yo, que he tramado todas estas historias, mezclán­dolas hasta la saciedad y hasta el dolor. Yo, que nací un miércoles, y soy quien surge de la urgencia de cambiar un día por otro… ».[2]

Y luego:

Yo, unos asientos atrás, cavilo: es hora de escoger que la china se vaya, de dejar­la ir… Adiós, chinita. (…) Y yo…, bueno…, yo atravieso el tren en busca de otra salida. Ahora me dispongo a cerrar para siempre. Me quito. Si fuera cine nos veríamos en un plano amplio saliendo las tres por diferentes caminos.[3]

Este superambiguo narrador, que se comporta a veces como un narrador-personaje, es, a nuestro juicio, acaso el único verdadero, un dios omnisciente y controlador, pero instalado en la primera persona, que está escribiendo y reescribiendo a todos, continuamente.

El gran dolor de cabeza es que los otros narradores están instalados, también, en esa primera persona, íntima, cercana, confidente… Es decir, de ahí al desconcierto, un paso, sin embargo, señores, Mercedes Morales lo logró. La novela es hermosamente funcional, y brota de ella una extraña poesía nacida expresamente de esos elementos cuasi irracionales que también nos habitan: instintos, pesadillas, elucubraciones, horrores…

Además…, una vez inmersos en este raro tejido narrativo, cualquier aparente confusión o entrecruzamiento de voces tributa a aquello que no está escrito para ser entendido, sino sentido, esos intangibles que ya hemos mencionado y que funcionan desde lo emocional y lo subliminal. Entendemos entonces lo que es, para mí, el secreto total de esta novela:  no estamos, nunca estuvimos escuchando una voz, o voces aisladas, sino un coro…

Basilio Belliard también lo entendió bien cuando dijo que se trataba de una historia coral, y cuando tomó nota de la sorpresa que lo invadió al sumergirse en ella, donde «la memoria sentimental (…) pone en vilo el principio de realidad de los seres de carne y hueso que pueblan las páginas de esta magnífica ópera prima». [4]

Quisiera destacar también otro elemento interesante de Adiós chinita: su delectación cinematográfica. No por gusto en el pórtico de la novela la propia autora cierra sus palabras con la siguiente frase: «Todavía esto quiere ser cine». Ese anhelo, ese deseo, es apreciable en estas líneas hasta el punto de que a veces sentimos que es una cámara subjetiva quien nos va contando la historia: paneos, travelling, zoom… Sí, esto quiere ser cine, y ojalá que lo logre. Pongámonos en ello.

Concluyo estas líneas de presentación con la nota de contracubierta que, junto a la de Basilio, ya acompaña a esta novela por el mundo, en un recorrido que comienza hoy y que quién sabe a dónde llevará, porque los libros tienen vida propia y, una vez salidos de nuestras manos, solo nos pertenecen ya en abstracto. Espero haber podido atrapar parte de su aura en estas pocas líneas:

La dolorosa, imprescindible búsqueda del yo a la que todos estamos sometidos, tiene en esta novela un perfecto teatro. Como en una confusa caja china de la que van surgiendo fascinantes relatos derivados de la historia matriz, asistimos al periplo vital de personajes de gran complejidad, un cosmos de sucesos, hallazgos, desconciertos…, que documentan no solo la aventura del viaje hacia otras latitudes, sino hacia el interior de estos seres plurales, repletos de humanismo y de rara poesía.

La sombra de un tirano, la orfandad, el puñal del exilio, la crueldad del destino, el incesto fatal, nos llevarán en vilo por esta notable obra iniciática cuya babel de voces narrativas termina conjugándose en un único grito de mujer. Hermosamente musical y cinematográfica, siempre entre lo terrible y lo sutil, su lectura transcurre en la mente como un filme: la pantalla es la literatura; el escenario, el fuego de la imaginación,  la cámara que filma es nuestro corazón.

¡Felicidades, querida Mercedes! 

Santo Domingo de Guzmán, 14 de nov. de 2023

10:07 am

 

 

 

[1] Dictamen editorial de la novela Adiós chinita, de Mercedes Morales, archivos de Río de Oro Editores, 2023.

[2] Mercedes Morales, Adiós chinita, Río de Oro Editores, Santo Domingo, 2023, p. 152.

[3] Ibid, 157-158.

[4] Basilio Belliard, nota de contracubierta de Adiós chinita, Río de Oro Editores, 2023.