El jueves 31 de agosto se celebra en Japón una huelga histórica. Desde esta mañana, uno de los grandes almacenes más concurridos de Tokio permanece cerrado. Y esta huelga no pasa desapercibida en el archipiélago, ya que la última huelga en este sector tuvo lugar hace más de sesenta años.

Con Bruno Duval, corresponsal de RFI en Tokio

Seibu Ikebukuro es la versión en Tokio del famoso Harrods londinense: unos grandes almacenes de gama alta, con doce plantas y 100.000 clientes al día. Pero el jueves 31 de agosto cerró sus puertas. Los sindicatos protestan contra la venta de la tienda a un fondo de inversión estadounidense, que planea convertirla en una tienda de electrónica.

Una huelga en este sector no tiene precedentes desde 1962 en Japón. Y a la mayoría de los habitantes de Tokio no les entusiasma: "Los grandes almacenes son servicios esenciales, como las oficinas de correos o los bancos, así que para mí las huelgas en estos sectores deberían estar prohibidas", dice un residente de la capital. "Hacer huelga es tomar como rehén al público en general", añade otro tokiota.

Pero otros residentes entienden el movimiento social, como esta mujer: "Una huelga nunca es lo ideal. Al fin y al cabo, esta gente lucha por preservar cierta diversidad comercial: Tokio ya tiene muchas tiendas de electrónica”. Otros la apoyan: "Lo aplaudo. En Japón, a los empleados siempre se les pide que hagan todo lo posible, pero el servilismo nunca ha hecho avanzar a la humanidad", dice un entrevistado japonés.

Huelguistas con el rostro difuminado

Los paros son poco frecuentes en Japón, donde sólo el 16% de los empleados están sindicalizados. Afiliarse a una organización de trabajadores suele considerarse un signo de desafío al empresario.

Muchos de los huelguistas de Seibu Ikebukuro aparecen actualmente en televisión con la cara difuminada y la voz distorsionada para no ser reconocidos.