El hambre ataca a la gente, no hay de donde sacar los pesos de la comida. Las pandillas criminales y quienes las azuzan, siguen ganando terreno. Luce que gobiernan al país; la policía nada garantiza. El 7 de julio de 2021 en la madrugada, exmilitares colombianos contratados, en contubernio con la Policía, asesinaron en su cama al presidente Jovenel Moise. Ahora dirige el primer ministro Ariel Henry.

La oligarquía y políticos han saqueado y han depredado a ese país del oeste de la isla Española, en el Caribe. La cobertura boscosa es de 2%. República Dominica, su vecina isleña, registra 42,8%.

Potencias del mundo se han cebado con sus recursos naturales. La anarquía es generalizada. No hay agricultura, ni salud, ni educación, ni agua, ni seguridad… Nada que dé ganas de vivir allí.

Los políticos locales son ruidosos y se lavan las manos como Pilatos. El canciller Claude Joseph luce huérfano de la mesura que exige el cargo y de la coyuntura actual.

Estados Unidos, Francia y la Unión Europea, ONU y OEA, celosos por la democracia neoliberal y los derechos humanos en otros países, miran de lejos al Haití invivible de hoy, como si no fuera la peor bomba de tiempo para el continente.

Para justificarse, revictimizan al pueblo haitiano y abren cancha a su liderazgo oportunista que solo es diestro en derivar culpas y simular amor por su pueblo.

La estampida está montada.

Hablamos de 11 millones de personas desesperanzadas porque unos cuantos se han apropiado de las riquezas y viven como jeques en residenciales de lujo de la capital, Puerto Príncipe, y en otros países, incluyendo RD, EE.UU., Canadá y Francia.

Para que se tenga una aproximación a la tragedia, 6 millones y medio de su población viven en pobreza extrema, conforme datos del mismísimo Banco Mundial. Algo así como que cada familia sobrevive con menos de un dólar al día. Y no hay empleos. Se maneja el dato conservador de un 70% de desempleo.

Haití ocupa el lugar 16 entre los 25 países más pobres del mundo, con PIB per cápita de 732 dólares, dice un reporte de VisualCapitalist. El más rico es Luxemburgo, con PIB per cápita de 109,000 dólares, y el más pobre, Burundi, con 264 dólares.

Del lado este, a lo largo de cerca de 391 kilómetros de la frontera (171 de ríos y lagos, 219 de terreno común, 40 de carreteras), malviven cinco provincias dominicanas empobrecidas, aunque lejos aún del insufrible drama sociopolítico y económico haitiano.

Montecristi, Dajabón, Elías Piña, Independencia y Pedernales son las comunidades más pobres de República Dominicana, según el estudio sobre el desarrollo de la frontera presentado en 2015 por la Unidad de Políticas Públicas del Observatorio Político Dominicana.

De acuerdo al mapa de la pobreza de 2005 y 2014, Elías Piña es la más pobre con un índice de calidad de vida de 38.2 y 49.1%,  Y Dajabón, 52.3%.

La realidad socioeconómica y política haitiana no es para nada envidiable. Pero tampoco la de nuestras provincias fronterizas.

El discurso mediático desde RD, sin embargo, se concentra en Haití. No solo ahora en que allí se ha desprendido una ola impresionante del viejo caos, sino siempre. Y esa oportunidad la aprovechan muy bien los políticos de ese país, quienes, allá y aquí, viven de la tragedia de la población haitiana repitiendo discursos de agencias internacionales que tienen su propia agenda y pagan en euros y dólares a sus promotores.

Nuestras provincias, que cargan con el desafío añadido de ser garantes naturales de la frontera respecto de Haití, permanecen invisibilizadas, salvo cuando ocurren escándalos de drogas, hechos de mucha sangre o reacciones populares a fenómenos “sobrenaturales” inventados por la mente humana a partir de creencias mágico-religiosas y la imposibilidad de entender los hechos.

Se trata de un comportamiento tan extraño como injusto el de la mayoría de los medios periodísticos del lado oeste de la isla. Sus discursos cotidianos “vuelan” sobre las provincias fronterizas nuestras y aterrizan al otro lado. Las puentean, las ignoran. De repente, parece que no existen.

El impacto de esa actitud discriminatoria y antiética es grande.

La histórica inacción de los gobiernos y, como consecuencia, el empobrecimiento progresivo en esos territorios tiene que ver, en parte, con la falta de seguimiento a su dura realidad por parte del periodismo nuestro y de opinantes creíbles.

A causa de la escasa institucionalidad, en RD nada fluye conforme las responsabilidades descritas para los cargos, sino por la agitación de la denuncia y la crítica mediáticas.

Los funcionarios corren a la búsqueda de soluciones de problemas sociales visibilizados de manera sostenida en los medios de comunicación, no por sensibilidad ante tales males en sí, sino porque la permanencia en primeros planos les crea ruidos en Palacio y corren el riesgo de ser destituidos. Así que su principal misión es “estar fríos, no dejarse calentar” en los predios de la casa de la Moisés García.

En este tipo de conducta encaja el funcionario-tíguere, que pretende tapar el sol con un dedo. Prefiere derivar millonarios recursos hacia actores de medios nacionales con la intención de distraer para sacar la denuncia de la opinión pública e instalar un discurso falso en el que destaquen supuestos méritos y eficiencia como gerente. Se excita con las loas.

Se trata del mismo ser que gasta el tiempo alabando al presidente, en vez de presentar resultados institucionales reales. Esta es una maña vieja, instaurada en la dinámica del Estado.

Comoquiera, las provincias dominicanas de la frontera dominico-haitiana necesitan presencia en los medios de comunicación. Pero una presencia sostenida y de calidad que conmueva a las autoridades y ayude a la construcción de un estado de bienestar general.

Equilibren la carga. Tal vez así se le quita presión a las olas migratorias de haitianos y dominicanos, que ya aterrorizan y avergüenzan a muchos en las metrópolis.