Hace un año, Be’eri fue uno de los kibutz devastados por Hamás y otros milicianos palestinos. Con 101 civiles asesinados y 10 rehenes aún en Gaza, ese 7 de octubre pervive en la memoria de sus residentes. Recién ahora, esta estrecha comunidad ha podido empezar a derribar algunas de las zonas destruidas y recuperar y enterrar la mayoría de los cuerpos. Una herida que pocos residentes han decidido transitar regresando, mientras que el grueso de los vecinos siguen desplazados por falta de casas y servicios.

En Be’eri, el contraste entre la vida de antes y después del 7 de octubre de 2023 se ve en un sencillo recorrido.

En cuestión de metros se puede pasar de un paisaje de chalets y senderos arbolados a la desolación de viviendas carbonizadas y destruidas, con carteles que recuerdan a los vecinos asesinados o secuestrados en el kibutz.

Un contraste que personifica de igual modo Nili Bar Sinai. Ella sobrevivió al asalto de Hamás y otros milicianos de Gaza escondiéndose en un refugio del que no pudo cerrar por completo la ventana, pero que quedó intacto. Al lado, mataron a su vecina e incendiaron su casa.

"Así de arbitrario fue", rememora para France 24.

Esta pensionada de 74 años cuenta que su marido Yoram también murió en ese terrorífico 'shabat', cuando recibió un disparo mientras intentaba alcanzar el hogar de su hija. Él es uno de los 101 residentes que fueron brutalmente masacrados –además de 31 guardias israelíes–. Una profunda herida para una comunidad muy, muy unida, que hace un año rondaba los 1.100 habitantes.

Un dolor que, 365 días después, escuece y quema particularmente porque en las últimas semanas se han llevado a cabo los entierros de varias de las víctimas, cuyos cuerpos por fin pudieron ser repatriados para ser sepultados.

Es un momento difícil porque estamos trayendo a los muertos que estaban en tumbas temporales por todo el Estado. Es muy intenso y no puedes dejar de pensar en eso", añade Nili.

Es un sentimiento compartido por Gal Cohen, quien relata cómo en cada funeral "todos esos sentimientos vuelven".

"La gente que perdimos eran personas con las que vivimos toda nuestra vida. La pérdida es realmente grande. Es muy duro procesar lo vivido, es horrible, y hay que vivir con ello", agrega el secretario general del kibutz.

No obstante, incluso con esos tristes recuerdos a la vista –no solo de ruinas, sino de casas marcadas por el Ejército con letras y números que indican que allí no habían trampas explosivas–, tanto Nili como Gal necesitaban volver.

Son de los 200 que han decidido vivir de nuevo en su Be’eri natal, casi todos, adultos sin menores a su cuidado, ya que para el kibutz aún es imposible rehabilitar el sistema educativo. 

De hecho, el primer regreso de Nili fue solo cuatro meses después del 7-O y, desde entonces, ayuda en el archivo del kibutz, escribiendo los panegíricos de los fallecidos y liderando tours en los que explica a diplomáticos y otros extranjeros lo que ocurrió.

"Es un alivio volver", dice, porque nadie "quiere ser un evacuado, ni siquiera con todos los lujos. Cuando eres un evacuado, esperas; cuando vienes a casa, trabajas".

Antes que ella, uno de los primeros en retornar fue el director de la compañía de impresión local, que es la principal fuente de ingresos de la comunidad. Reactivó la empresa el 15 de octubre, cuando su madre figuraba desaparecida, y poco después le confirmaron su muerte. Ese encendido de máquinas ayudó, detalla Nili, a devolver cierta vida a Be’eri.

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"Hay personas que encuentran su rehabilitación haciendo, trabajando", destaca. Pero también admite que hay otros residentes "más traumatizados" o que tienen hijos pequeños y "eso es una perspectiva totalmente diferente". "Todo depende de tu experiencia personal de ese 'shabat'. Creo que a esas personas les tomará más tiempo. El kibutz va a cambiar en muchos sentidos, pero va a recuperarse", afirma Nili, con convicción.

La reconstrucción de Be’eri podría tomar dos o tres años más

El hogar de Gal está en primera línea de Gaza, arrasada por la invasión israelí. Se oyen nítidamente los drones y el estruendo de las bombas. "Hay vecinos que aún no pueden ni entrar en el kibutz, recuerdan los disparos", nos cuenta.

Pero como líder comunal al frente de la reconstrucción de Be’eri, cada mañana Gal Cohen se levanta pensando únicamente en esa misión. Aunque admite: el proceso puede llegar a demorarse "de dos a tres años" más.

Y es que "entre 120 y 130 viviendas fueron completamente destruidas, otras tienen daños por balas o incendios en sus interiores, muchos de los caminos pavimentados fueron levantados por el paso de los tanques".

"Pero esa es la parte fácil de reconstruir, el aspecto humano es mucho más complicado", advierte.

Por eso, para el recién electo secretario general es esencial "tirar abajo todos los vecindarios llenos de sangre y malos recuerdos y reconstruirlos de una manera diferente".

Cuando no ves las casas carbonizadas en las que personas fueron asesinadas, puedes recordar las cosas buenas de la gente, no solo el ruido de armas automáticas, gritos en árabe y otros actos viles", insiste Gal.

Esto es objeto de debate en Be’eri y en cada uno de los kibutz atacados el 7-O: si las viviendas en ruinas deben ser reconstruidas o deben dejarse tal cual a modo de memorial de las masacres. Nili tiene una postura firme sobre eso.

"La gente que no quiere creer lo que pasó no se va a convencer por más que les muestres esto. Y los que viven aquí no tienen porqué tener un recordatorio físico de la muerte. Ya tenemos suficiente para recordarlo", afirma. 

Ella en sí misma acumula memorias dolorosas porque hace 52 años su madre fue una de las 26 víctimas de la masacre de Lod, un tiroteo en el aeropuerto internacional (hoy Ben Gurion) perpetrado por tres miembros del Ejército Rojo japonés, reclutados por el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP).

Tal vez eso explique su distancia respecto de aquellos vecinos del kibutz que mantenían vínculos con los palestinos de Gaza, varios de los cuales están entre las víctimas del 7 de octubre.

Pero pese a su falta de fe, Nili asegura que, de alguna manera, tiene que haber una convivencia porque "nadie se va a ir, nadie quiere a seis millones de judíos de vuelta y nadie los quiere a ellos (en referencia a los palestinos de la Franja), así que no hay adónde ir".

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Con la decisión consensuada de rehabilitar este lugar, las excavadoras ya han derribado decenas de casas y han preparado la tierra para reedificar. Gal indica que al menos 52 apartamentos de un nuevo vecindario ya están en marcha y que en enero comenzará la construcción de un centenar de viviendas más.

"Creemos en la vida, tenemos que reconstruir Be’eri. Necesitaremos mucha ayuda y apoyo, pero creo que si vienes en cinco años, verás de nuevo un paraíso aquí", subraya el líder local, confeso "optimista".

Los lazos de Be’eri en pleno desierto del Neguev

Ante la incógnita de si habrá o no un regreso total de los residentes, unas 50 familias con hijos se esfuerzan por mantener los lazos comunitarios a unos 40 kilómetros de Be’eri, en un vecindario temporal montado en el kibutz Hatzerim, en pleno desierto del Neguev.

Pese a extrañar el verde de su hogar, Ayelet Hakim siente algo de consuelo por haberse instalado en una de las casas prefabricadas de este barrio provisorio, que le ha permitido a sus hijos iniciar el año escolar y estar rodeados de sus amigos.

Aunque había estado desplazada junto a otros vecinos en hoteles del Mar Muerto, confiesa que lo pasó "muy mal, confinada en una pequeña habitación", al punto de "sentir náuseas todo el tiempo". Por eso estuvo siete meses en un apartamento de alquiler en Tel Mond, en el centro de Israel, hasta que pudo trasladarse a Hatzerim.

Es una época en la que esta madre de dos hijos se siente "como una persona sin techo" porque se despierta en la mañana y "no es mi cama, no es mi casa, no es el escenario al que estoy acostumbrada, no tengo mi ropa ni mis cosas".

Hakim considera muy importante encarar esta transición, el trauma, rodeada de otros residentes de Be’eri porque "para que un kibutz sea fuerte, su comunidad debe estar junta, apoyándose y trabajando juntos".

En esa comunión, "el lugar principal es el comedor, donde nos reunimos a desayunar, almorzar, cenar, celebrar las fiestas" y, mientras se completa la construcción de uno en el barrio temporal, "van a habilitar una tienda especial al aire libre para tener esos encuentros".

De momento, las casas se alinean una al lado de la otra, sin árboles, césped o espacios de recreación.

Es un lugar también en construcción, pero Ayelet espera que "entre un 70 y un 80% de la población" se instale aquí, algo de lo que "no estoy tan segura", lamenta, pues no tiene certeza de que ese número de vecinos vuelva a vivir después en Be’eri.

Ella, no obstante, no lo duda: "Quiero regresar, es el único hogar que conozco, viví ahí por 55 años. Todo lo que necesito es una casa y una escuela para mis hijos".

Su vivienda en el kibutz "no fue destrozada, solo rompieron cosas dentro, pero el resto de mi vecindario sí fue destruido".

Así, solo ha retornado de visita "unas pocas veces" para monitorear su residencia o asistir a funerales porque le resulta "muy duro volver sabiendo que faltan tantas personas, que en casi todas las casas por las que paso hubo alguien muerto o secuestrado".

Es muy difícil sentirme feliz ahora en Be’eri, así que no voy demasiado", afirma Ayelet.

Esa aflicción, asegura, "no creo que se vaya a ir" y, aunque está bajo tratamiento psicológico, considera que "nadie puede curar mi alma rota" porque "nada puede ayudar" a paliar las secuelas de ese 7 de octubre, de "que alguien entre en tu casa, el lugar que se supone más seguro, y te saque de tu cama para matarte o amenazar tu vida".

Procesar lo sufrido es aún más complicado para ella porque su hermana Raz Ben Ami estuvo entre la treintena de secuestrados por Hamás en Be’eri y fue una de las liberadas en noviembre pasado. Y su cuñado Ohad es uno de los 10 rehenes del kibutz que aún siguen cautivos en Gaza.

Su rostro decora la camiseta de Ayelet, que en la puerta de su casa ha colgado un lazo amarillo con la palabra "AHORA", símbolo de la campaña por el regreso de los rehenes.

Ella no baja los brazos en su lucha, con la ilusión de que, un día, todos puedan reencontrarse de nuevo en Be’eri.