Opinión

El pueblo como incordia

Por Arturo Villegas

Desde muy temprana edad, en los hogares, escuelas y calles de nuestro país, escuchamos y por repetición asimilamos que la democracia es una forma de organización estatal en la cual el pueblo es quien gobierna y sostiene el poder. Aunque esta definición suele ser atractiva para las mentes más jóvenes, es una concepción distanciada de la idea originaria de democracia. Para los griegos, el concepto de democracia evocaba una anomalía en el sistema político, donde el gobierno era del pueblo, más este no era el titular del ejercicio del poder. Esta acepción es evidenciable a partir de una derivación etimológica entre democracia y oligarquía, mientras la primera se compone por el sufijo cracia, cuyo significado es gobierno, la segunda palabra se construye con el fonema aquía, que equivale a poder. Como podemos ver, no existe una palabra que conjugue el demos con la aquía, ya que para los helenos era incompatible el gobierno del pueblo con la titularidad de la potestad de imperio sobre la polis.

Aunque la disociación entre pueblo y poder ha sido abandonada y la teoría de la soberanía popular ha tenido un gran auge y acogida en los estados contemporáneos, la República Dominicana continúa siendo una democracia en todo el sentido ateniense de la palabra ya que existe un gobierno conformado popularmente, sin embargo, las élites políticas, económicas y sociales mantienen un poder efectivo sobre la toma de decisiones. La Constitución del 2010 es una clara manifestación de cómo esta construcción histórica impera actualmente en la política dominicana. Aunque el texto constitucional recoge figuras de participación directa, como la iniciativa legislativa popular el referendo y el plebiscito, sin embargo, las mismas son arropadas por un torrencial de limitaciones y restricciones que nulifican la capacidad real de actuación y participación de los ciudadanos en la dinámica del contrapoder al poder de las élites

La quimérica formalización constitucional de mecanismos de participación materialmente inalcanzables para los ciudadanos y a la vez repudiados por las esferas del poder público es el reflejo de una inauténtica democracia legitimada en la representatividad. La institucionalización de la dificultad del acceso ciudadano a ejercer directamente el poder arroja como resultado una dictadura de élites elegidas, popular o burocráticamente, que se niegan a ser controlados por los poderes cívicos.

El edificio de una verdadera democracia se construye a partir de la deliberación y participación ciudadana, aquella idea griega donde el pueblo no es capaz ni digno de ejercer el poder es una escenografía del pasado. “El pueblo como incordia” es el título de la tragedia protagonizada por las élites dominicanas quienes campantemente recitan el estásimo de su obra, pero no olvidemos que este dramático canto tiene como desenlace inevitable un destino nefasto para sus héroes.

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