En el pasado mes de agosto la sociedad dominicana ha sido conmovida por los asesinatos de varias mujeres y de un adolescente a manos del cura Elvin Taveras Durán. Entre éstos hay dos casos que han causado una particular indignación ante la sociedad y una reacción de los medios de comunicación, siendo el caso de Émely Peguero al que más atención mediática se le ha dado. Se trata de dos adolescentes de 16 años, menores de edad, estudiantes ambos del nivel secundario, envueltos en relaciones afectivo-sexuales con dos jóvenes, mayores de edad.

Los asesinatos de Émely Peguero y  Fernelis Carrión nos demandan preguntarnos por las causas sociales de las condiciones precarias, de pobreza y exclusión, en las que vive un número significativo de niños, niñas y adolescentes, junto con sus familias; por las que pueden ser víctimas de personas adultas que los utilizan sexualmente como si fueran una cosa, que deciden sobre su vida, que los matan, tiran sus cuerpos como basura en cualquier lugar y que luego intentan justificar sus acciones, culpando a las víctimas, como en el caso de Fernelis.

Fernelis cayó en las garras de una persona inmadura que bajo la protección de su estatus religioso estableció una relación de poder y de dominio con un adolescente durante 3 años (13 a 16 años). Lo convierte en su pareja sexual y lo mantiene atado en base a una relación comercial. Se ha dicho que Elvin Taveras, el asesino, le habría dado cerca de 190,000 pesos durante el período de la relación y que el motivo principal de la muerte estuvo en que Fernelis le exigía más dinero;  y por eso utilizó la estrategia de amenazar al cura con publicar, por las redes digitales, unas fotos que comprometerían al cura y pondrían al descubierto su relación con el joven.

En el caso de Émely se trata de una adolescente que desde los 12 años se convierte en un objeto sexual de Marlon Martínez y en una muchacha de servicio a las órdenes de una mujer poderosa, Marlin Martínez, la madre y supuesta responsable de la decisión de la interrupción de un embarazo que terminó en asesinato. De hecho se ha dicho que Émely limpiaba la casa de los Martínez y que hasta  le arreglaba el pelo a Marlin. 

Las cosas no salieron como Marlin y Marlon las esperaban y probablemente la situación se complicó cuando a la muchacha se le practicó un aborto inadecuado y al ver que se desangraba, fue golpeada en la cabeza para que terminara de morirse y posteriormente deshacerse del cuerpo para que no se pudiera probar el crimen.

Muchas personas con conciencia crítica se han preguntado sobre las causas sociales de las muertes de estos adolescentes a mano de sus parejas sexuales, con las que establecieron relaciones de poder y de dependencia, económica y psicológica.

José Luis Taveras (1), ha afirmado la responsabilidad social en la muerte de estos adolescentes, porque, según el autor, “Construyeron sus vidas sobre los escombros de una sociedad malograda, poblada de carencias, olvidos y silencios. Espejos rotos donde se miran tantos jóvenes de nuestros barrios, residuos de una sociedad infame que los seduce con aquello que les niega, haciéndoles pagar con su propia vida las baratas concesiones por las que se entregan. Esas muertes son eructos de un sistema atroz de violencia, exclusión y abusos”.

Y continúa diciendo J.L. Taveras: “Esa avalancha de provocación aplasta mentalidades frágiles con poca o ninguna madurez para discernir sanamente y sin la cercanía o el ejemplo de un papá que oriente, apoye y ame. Así, los adolescentes de nuestros arrabales abandonan, sin contrapesos ni resguardos, los caminos correctos detrás de espejismos existenciales tan engañosos como frívolos. Es aquí donde el éxito material y la ostentación se enaltecen como paradigma decadente de los tiempos, desplazando la realización dilatada, esforzada y meritoria”. 

E. Calcaño, por su parte, se hace la pregunta, ¿Quién mató a Émely? (2) Y Se contesta él mismo señalando las causales que les parecen más significativas: “En ese contexto, la respuesta a la pregunta es que a Émely, en términos de causas, no la mató su novio sino que, primero, la mató el modelo de sociedad en que vivió. Una sociedad machista que enseña a los muchachos desde pequeños que la mujer es propiedad del macho quien tiene derechos de posesión sobre su cuerpo, vida y emociones. (…). Segundo, la mató una religiosidad atrasada que impide que en el país se imparta, desde el Estado, educación sexual para enseñar que una sexualidad responsable y bien orientada no es nada malo. Tercero, la mató un país deshumanizado, híper materialista e insolidario que no mira al del lado a ver cómo está. Cada quien lo que procura es su sobrevivencia por encima de cualquier criterio de interés colectivo o ética ciudadana. Por último, a Émely la mató el gobierno dominicano. Ese gobierno controlado por unas élites dirigentes y dominantes depredadoras que han hecho del erario público un botín privado de las minorías de arriba en desmedro de las mayorías de abajo. Que es incapaz de asegurar instituciones humanizadas, eficientes y funcionales orientadas, sobre todo, a los que menos tienen (…). Un gobierno vulgarmente politiquero y clientelar que asume al pueblo como clientela de los que tienen poder y no como sujeto de derechos. A Émely la mató ese gobierno”.

Podríamos argumentar también sobre el nivel de responsabilidad de los adolescentes hoy desaparecidos en la génesis y desarrollo de unas relaciones de pareja que terminaron en tragedia. ¿Son Émely y Fernelis solo víctimas sociales? ¿No se envolvieron ambos libremente en un tipo de relaciones afectivo-sexuales de dependencia a cambio de beneficios económicos para ellos y sus familias, con personas de un nivel económico superior?

Nuestros adolescentes y jóvenes, muchachas y muchachos, hijos e hijas, sobrinos y sobrinas, nietos y nietas, amigos y amigas, por su parte tienen que crecer en conciencia sobre su nivel de auto-crecimiento, auto-responsabilidad y auto-vigilancia para no establecer relaciones afectivo-sexuales con personas que no ofrecen las mínimas condiciones de madurez humana, ni de eticidad para hacer de la relación afectivo-sexual una experiencia humana generadora de crecimiento integral, de felicidad y de bienestar compartido.

Como ha planteado en reiteradas ocasiones la antropóloga social Tahira Vargas (3), es tiempo de que la sociedad, la escuela, las familias, las iglesias y otras instituciones sociales se planteen en serio el tema de la adecuada educación sexual de niños, niñas, adolescentes y jóvenes. Educación orientada a ayudar a que las y los adolescentes y jóvenes estén preparados para rechazar relaciones afectivas dañinas y asuman con responsabilidad la sexualidad y la relación de pareja enmarcadas en un proyecto de vida que genere felicidad, bienestar y crecimiento integral. Pero no se trata solo del tema de la educación sexual. Es necesario y urgente establecer políticas públicas, sobre todo en las áreas de educación y salud, orientadas a generar las condiciones para que tragedias como las ocurridas en los casos de Émely y Fernelis no se sigan repitiendo.

Notas:

  1. J. L. Taveras. Las matamos. Acento, 5/9/2017. Disponible en: http://acento.com.do/2017/opinion/8488858-las-matamos/

  2. E. Calcaño. ¿Quién mató a Emely? Acento, 5/9/2017. Disponible en: http://acento.com.do/2017/opinion/8488921-quien-mato-emely/

  3. T. Vargas. Familia y sexualidad. Acento, 5/9/2017. Disponible en: http://acento.com.do/2017/opinion/8488977-familia-y-sexualidad/