El eco de Montesinos

El picapollo como metáfora electoral

La ignorancia no discierne, busca un tribuno y toma un tirano. La miseria no delibera, se vende. Alejar el sufragio de manos de la ignorancia y de la indigencia es asegurar la pureza y acierto de su ejercicio. Algunos dirán que es antidemocrático pero la democracia, tal como ha sido ejercida hasta ahora nos ha llevado a este triste destino. 

Juan Bautista Alberdi

Para los que no se han dado cuenta (quizás porque nunca son dominados por el hambre o se privilegian de tolerar dietas con bajo contenido calórico), estamos en el preludio de la temporada electoral o de politiquería campal. Para muchos, como yo, el momento oportuno para empezar a organizar unas vacaciones capaces de desconectarme de esta realidad al menos temporalmente, pero eso es solo un ideal que rara vez he consumado; seguimos aquí…

Pues bien, primero las primarias (o pre-primarias) en cada Partido en las que sus caudillos no pueden escaparse de las apariencias democráticas y para repartirse el poder se someten a contiendas -paradójicamente- que en ocasiones resultan más trasparentes y sanas que las eliminatorias organizadas por la Junta Central Electoral. Luego Grandes Ligas, elecciones generales para decidir la distribución del Poder -ahora con mayúscula- que alguna vez perteneció al pueblo, quien desde esa primera y última vez que lo detentó, solo ha sabido de este por las noticias o porque uno de los suyos deja de ser parte al transformarse en funcionario, un hombre que ahora parece tener algo -o estar más cerca- de ese Poder (la esperanza de casi todos).

Entre una y otra rebatiña ahora es el estadio donde los políticos se comunican, negocian sin intermediarios y transan con el pueblo (hasta Leonel se deja leer y escuchar opinando y respondiendo preguntas), y eso hay que aprovecharlo!

Lamentablemente, contrario a lo que siempre escucharán decir a esos políticos, este es un pueblo constituido en su gran mayoría por gente bruta políticamente, quizás buena, mala, sabia, generalmente inteligente, hábil, capaz, noble, maliciosa, hay de todo, pero el común denominador es aquel.

El pueblo dominicano de hoy, que no es el mismo que protagonizó durante más de 10 años la lucha independendista y luego restauradora, y que tampoco tiene que ver con el de las resistencias al yanqui durante el siglo XX, es otro pueblo, el posmoderno, al que protagoniza una generación líquida (Bauman: 2017); en el que ya es cultura el trueque picapollo por voto, y dentro del rango de valoración subliminal de ese picapollo, todo otro bien de consumo posible, y que resulte efectivo para materializar ese típico y necesario intercambio que mantiene vivo nuestro fabuloso sistema electoral rentista.

Un pueblo en el que un político confiesa abiertamente que no va a debatir con sus contendores, y se le aplaude bajo el estúpido entendimiento de que quien está arriba no discute, dizque porque eso nada suma, cual si se tratara de una lucha personal -como en efecto lo es para no pocos candidatos, pero como nunca un posible debate electoral debería ser visto ni asimilado racionalmente por los ciudadanos-.

Ningún testigo de excepción (sociólogo, politólogo o brechero) podría desmentir que en los discursos electorales de los últimos 25 años (al menos) han valido más los chismes, trapos y alfombras persas al sol, que el peso de las ideas y los argumentos evidenciadores de capacidades y aptitudes. Pero eso podría empezar a cambiar si tan solo los miembros no brutos del pueblo -aún no comprometidos en la cocinadera- trataran de orientar un poquito a sus prójimos sobre como capitalizar sus picapollos como un subsidio compensatorio y no un suicidio político.

Hablo así porque solo recientemente he salido de las filas de esa masa de brutos, de las que -confieso- fui parte durante toda mi vida, no por las razones que critico aquí, si no por una más censurable aún: nunca he votado, teniendo el derecho y la posibilidad de hacerlo en cada proceso. Pero eso ya no me enorgullece decirlo ni vienen al caso mis antiguas razones [víctima de mí mismo vencido por la resignación y la impotencia], lo que prueba que he cambiado para bien.

[Advertencia: consciente de que el horno de sociedad que tenemos no está para galleticas, y aceptando con pesar la inviabilidad inmediata de mis máximos ideales políticos, la siguiente es una propuesta que nace de mi nuevo optimismo razonado y que -entendiéndola practicable con éxito- procura únicamente minimizar el costo cultural, social e institucional de permitirnos no hacer nada, o bien de continuar promoviendo los mismos cambios para que todo siga igual]

Hace unos meses me decidí a también recibir mi picapollo, no uno, todos los que pueda conseguir, pues comeré con los ojos, hasta el límite de que mi bula pueda perjudicar a otros que también necesiten o merezcan el suyo, pues me considero justo. Y como el que me da un picapollo pretende estar haciendo con éxito, (siendo un acuerdo con causa ilícita) también haré trampa y votaré por quien a mi entender merezca ese apoyo, decisión que tomaré analizando en primera instancia la posibilidad de identificar un candidato lo más distinto a todos los abusadores que se han aprovechado de la brutalidad de mi pueblo, creando en las últimas décadas este estado de cosas insospechables para el buen juicio, cultivado por nuestra miseria política, misma que termina cada 4 años cosechando victorias electorales inmerecidas.

Por tanto, aquí mi llamado a salir de la cueva: empleados públicos conformistas, motoconchistas bandereros, ciudadanos moribundos con t-shirts y gorras blancas, rojas, verdes, amarillas y moradas, asesores y contratistas del Estado, periodistas en la papa, artistas que están de zafra, jueces y fiscales agradecidos, empresarios con créditos públicos, yo los entiendo, sigan cogiendo su picapollo, pero no a cambio de su voto [independencia, integridad, pulcritud, honestidad y patriotismo] que vale mucho más que eso. Vamos por tantos picapollos como podamos (porque mal comío no piensa y menos goza), pero después de ahí, hagamos lo correcto y valoremos el voto, y así quizás logremos evolucionar y eliminar el picapollo de nuestra tóxica dieta electoral sin darnos cuenta.

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