Política

Los centros de torturas de la dictadura de Trujillo: Penitenciaría Nacional de La Victoria (3)

Por Alejandro Paulino Ramos

Durante el período de los “doce años de Balaguer” (1966-1978), en el ambiente de los militantes de izquierda se acuñó la frase que identificaba a la penitenciaría de La Victoria como un “cementerio de hombres vivos”. Pero una década antes, cuando todavía existía la dictadura de Trujillo, la situación en la que vivían los reclusos no era tan calamitosa aunque sí considerada de peligrosidad, pues de sus celdas fueron muchos los prisioneros sacados para ser asesinados fuera de sus muros. Se recuerda la forma en que los implicados en el tiranicidio del 30 de mayo, una vez llevados como prisioneros a esa penitenciaria, fueron extraídos del recinto en combinación con sus autoridades y trasladados a la “Hacienda María”, donde el general Rafael L. Trujillo hijo (Ramfis) en persona, acompañado de sus más cercanos colaboradores les dieron muerte, el 18 de noviembre de 1961.

La penitenciaría de La Victoria fue inaugurada el 16 de agosto de 1952 en medio del interés oficial de mostrar, especialmente ante los organismos internacionales, un cambio en la política relativa a los derechos humanos en el régimen de Trujillo. En los primeros años de la década de los cincuenta, la Comisión de los Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos estaba atenta a la situación política de la región del Caribe, en la que el gobierno dominicano se encontraba muy activo a través de su “Servicio de Inteligencia en el Exterior” e inmerso en conflictos diplomáticos con algunos países de la región.

Parte frontal de la cárcel de La Victoria en la actualidad. Fuente externa

Pareció que la coyuntura fue propicia para poner en funcionamiento la Penitenciaria Nacional de La Victoria, con el fin de descongestionar las cárceles existentes en las fortalezas del Ejercito diseminadas en todo el país, a la vez de disimular la represión política contra los opositores poniéndole fin a la existencia de la cárcel de la Fortaleza Ozama y dejar en el olvido lo que acontecía en el leprocomio de Nigua. Sin embargo, el régimen siguió encarcelando opositores de manera discreta, violando los derechos humanos, e inclusive, asesinando exiliados que residían en otros países.

La existencia de las cárceles de Nigua y de la Fortaleza Ozama, desde antes de 1930, llegaron a su fin, mientras que la oposición política se redujo considerablemente debido a que los prisioneros políticos que guardaban prisión desde 1948, una vez amnistiados en enero de 1950, procedieron a viajar hacia el extranjero donde concentraron sus esfuerzos en el fortalecimiento de estructuras y partidos para enfrentar a Trujillo, en tanto que la dictadura se esforzó en fortalecer el “Servicio de Inteligencia en el Exterior” y posteriormente el “Servicio de Inteligencia Militar”, de los que formaron parte tanto el general Arturo Espaillat, como el temible Johnny Abbes García. Ambos fueron directores, desde antes de 1956, del “Servicio de Seguridad” y del “Servicio de Inteligencia Militar”, organismos de inteligencia y represión destinados a mantener el control político de la sociedad dominicana.

Construcción de La Victoria

La cárcel de La Victoria fue construida por el ingeniero-contratista Rafael Bonnelly, con una inversión estatal de RD$915,000.00 pesos, en la jurisdicción de La Victoria perteneciente al Distrito Nacional, y promovida ante la opinión pública como un “nuevo paso de avance en las conquistas sociales logradas por el presidente Trujillo”, que de acuerdo al periódico El Caribe, venía a revolucionar el sistema carcelario nacional. En los meses anteriores a la inauguración se habilitó una carretera de 19 kilómetros para permitir el ingreso a la zona desde la capital. (Véase “Inauguran Penitenciaria Nacional en La Victoria”. El Caribe, 17 de agosto 1952).

Varios de los implicados en la muerte de Trujillo fueron llevados a la cárcel de La Victoria en 1961.

Con una capacidad para recibir 1,200 reclusos de ambos sexos, 978 serían hombres y 188 mujeres. Del total presupuestado para la fábrica, se utilizaron $165 mil pesos destinados a los equipos propios del presidio. Las informaciones fueron suplidas por la Procuraduría General de la República a través del doctor Pablo Jaime Viñas, quien actuó en representación del Procurador. Entre los detalles destacados en el acto inaugural, en el que no participó “el generalísimo Trujillo”, ni el presidente Héctor Trujillo, hermano de dictador, el delegado judicial dio cuenta de los avances logrados en el sistema carcelario:

El funcionario de la Procuraduría explicó que para el diseño de la cárcel se tomaron en cuenta “las modernas ciencia penitenciaria y la política criminal. Para lograr estos propósitos, se siguió el principio establecido por el arquitecto penitenciario Alfredo Hopkins, por virtud del cual, la clasificación de los presos debe fundarse, adema de la cualidad de corregibles o no corregibles, en la conformación de cada uno con respecto a los demás en lo que se refiere a su aptitud para aprender o no”, y que sugería que las cárceles debían de estar ubicadas en los campos, lejos de las zonas urbanas.

“Los pabellones para celdas están dispuestos en un octágono, que permite una buena orientación de los mismos en ciertos casos, especialmente en cuanto a una mejor vigilancia y distribución de los reclusos y además acortar la distancia a recorrer para llegar de un pabellón a otro. (…). El penal cuenta con cuatro tipos de celdas. El primero tiene capacidad para alojar 90 reclusos, en una medida de 33 x 6 metros en la parte exterior y de 29 x 3 metros en la interior”.

“El segundo tipo alojara 45 reclusos y tiene 19 x 6 metros en sus partes interna y externa. El tercero tiene capacidad para cuatro reclusos en una medida de cuatro metros por seis. Por último, el cuarto tipo será unipersonal y tendrá una medida de dos metros por 3.85. Cada una de estas celdas tiene sus wáter closets correspondientes a las necesidades de las mismas. (…). El penal tiene 81 w.c. con 139 inodoros, 114 lavamanos, 112 duchas y 39 orinales. La atención de este último servicio se calcula que requerirá una cantidad de 72,000 galones diario de agua”.

El edificio, con paredes de 20 centímetros de espesor y una estructura principal de 300 metros de largo por 200 de ancho, estaba dotado de oficinas administrativas, habitaciones para alistados, comedor, celdas para alojar 90 y 45 hombres por unidades, y cuatro unidades de celdas para reclusas con patio independiente a las de los hombres. La cárcel incluía una zona para hospital de dos pabellones con capacidad para 100 pacientes cada uno, incluyendo farmacia y laboratorio.

Presos políticos llevados a La Victoria

Muchos presos políticos eran llevados a la penitenciaría de La Victoria después de sufrir torturas en La 40 y en la cárcel de kilómetro 9 de la carretera Mella. Ese trasiego de los prisioneros entre las cárceles secretas y la cárcel pública, se hizo más evidente a partir de la muerte de Trujillo el 30 de mayo de 1961, cuando el presidente Joaquín Balaguer, que conocía muy bien de la existencia de los presidios donde se torturaba a los presos, recibió la información de que el país sería visitado por una Comisión del Comité de los Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos, la que llegó a Santo Domingo el 8 de junio del mismo año.

Manolo Tavarez Justo acompañado de Leandro Guzman y Pedro Gonzalez mientras caminaban en el patio de La Victoria en 1961.

El doctor Balaguer, que pretendía presentarse como una opción democratizadora del régimen, ordenó de manera discreta la inmediata destrucción del centro de torturas que funcionaba clandestinamente a la afuera de la ciudad de Santo Domingo en la zona de “la Cementera”. De esa forma, antes de que Trujillo cumpliera la primera semana de su muerte, ya las autoridades habían procedido a borrar todas huellas del terrible presidio. Por esa razón, fueron sacados de La 40 los presos que todavía permanecían allí bajo interrogatorio. 

Sin embargo, antes de ser trasladados a La Victoria, los detenidos, entre ellos los que habían sido implicados en la muerte de Trujillo, fueron llevados a la cárcel del kilómetro 9, lugar donde continuaron los interrogatorios y en el que algunos de ellos fueron asesinados. Desde “el 9” los sobrevivientes los trasladaron y alojaron en la cárcel de La Victoria, tal y como lo cuenta Fredy Bonnelly en su obra testimonial “Mi paso por La 40”, publicado en el 2009:

“La perrera que nos llevaba—desde la cárcel del 9—entró a la marquesina y ahí nos bajaron. Mancornados fuimos subiendo a la oficina y de ahí llegamos al pasillo que cruzaba las doce celdas claras previas a las solitarias. La Victoria tiene forma hexagonal y cada lado es un grupo de celdas solitarias o comunes, divididas en dos por un pasillo. Después de las solitarias claras quedaba un cuadro en forma de cuchilla con tres puertas de hierro. Una de ellas daba al patio y era uno de los lados del cuadro. Las otras estaban frente a frente y daban a los pasillos de las solitarias y las celdas claras “.    

Por lo general, era costumbre en los años finales de la dictadura, que los presidiarios llevados a La Victoria quedaran recluidos en esa prisión hasta que el tirano instruyera sobre la suerte de los detenidos. De todos modos, mientras estos estaban en ese recinto encontraban mucho más llevadera la vida, además de que no recibían torturas, y en muchos casos los familiares podían obtener permisos para ir a visitarlos; pero se hizo común que el Servicio de Inteligencia Militar enviara a sus miembros a La Victoria para regresar a escogidos detenidos al odiado centro de torturas de la calle 40 de la ciudad capital.

Como parte de su testimonio, Fredy Bonnelly recuerda a los prisioneros que fueron llevados desde La 40 hasta La Victoria, a los que tuvo oportunidad de conocer, entre ellos: José Israel Cuello, Sully Martínez Bonnelly, Eugenio Perdomo, René del Risco Bermúdez, Manolito Baquero, Manolo Tavárez Justo y Leandro Guzmán.

En honor a la verdad, tenemos que concluir en que la Penitenciaría Nacional de La Victoria, durante los nueve años que le tocó estar bajo el control de la dictadura de Trujillo (1952-1961), no fue un centro de torturas y mucho menos “un cementerio de hombres vivos”, sin embargo, estar encarcelado en ese presidio en condición de preso político, era lo mismo que permanecer en la antesala de la muerte.

(Entre las fuentes utilizadas para este artículo se encuentran: Fredy Bonnelly Valverde, Mi paso por La 40. Santo Domingo, Mediabyte, 2009; “Inauguran Penitenciaria Nacional en La Victoria”. El Caribe, 17 de agosto 1952 ; Jesús de Galindez, La Era de Trujillo. (1956). Santo Domingo, Letra Grafica, 1999; Lauro Capdevila, La dictadura de Trujillo. Santo Domingo, Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2010; Tomas Báez Díaz, En las garras del terror. Santo Domingo, CPEP, 2011).

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