A Carmen Imbert-Brugal
Cada instante es una memoria que adsorbemos; los incidentes son rupturas o tránsito por los conflictos –que irreversibles como los sueños- son una realidad inmediata.
En el tránsito por las edades fijamos como registro visual del presente falsas percepciones, superposiciones del mundo, metamorfosis físicas y emocionales. Las sensaciones son nuestra vinculación con lo que creemos confiable o la exteriorización de los temores propios. ¿Qué es un temor propio?- El sentido de tragedia de la extrañeza, lo inescrutable, la antítesis del valor de la verdad, la confusión marginal del ser afectado par las disparidades que trae una voz que comunica la necesidad de destruir el mito de la soledad existencial.
Esa voz, que es una voz de abandono, se radicaliza en la etapa adulta; esa voz solo trae una transición y una sola forma de compaginar a la identidad como existencia estratificada en subgrupos dependientes de voluntades que nos sujetan, que crean la fusión entre el estar y la resistencia a no estar.
Advertir esa marginalidad es la condición para todos interaccionar e interactuar, narrando el significado revitalizante del aturdimiento colectivo. El aturdimiento colectivo nos expone a las contradicciones y de frente a las aspiraciones reprimidas de forma irritante o dócil cuando -no necesariamente- anhelamos de la protección o pertenecer al círculo de los contagiosos transgresores del orden; nos relacionamos todos rebeldes, resignados, culpables o inseguros ante la severidad del castigo que trae la limitación de lo aprendido en los subgrupos.
¿Por qué el ser humano queda siempre a merced de sus sombras, acostumbrándose a estar delante del sufrimiento que él causa o que le causan a él? Es en ese preciso instante que descubrimos que de nada vale el esfuerzo unilateral que hagamos para ocultarnos de esa dialéctica.
Tal vez, quizás, posiblemente, somos consecuencia de un fallo del orden divino; traemos una memoria invisible de ese fallo que sólo coopera con nosotros para adaptarnos a esta ficción abierta como una pupila y que denominamos misterio. Misterio a sentir y por sentir unos labios cerrados; misterio a mirar esa sombra de ausencia que somos.
Entonces, claro está, siempre seremos una resignación sufrida desdoblada con la máscara de la apariencia y encerrados en el círculo de las cuentas del tiempo.
¡Qué mal ha existido el ser humano en este mundo que despierta, que se levanta provocando a la angustia sin reconciliarse con su afectada identidad llamada conciencia o instinto!
Es por ello, que me digo a mí misma: Yo no sé ser obediente ni cobijarme bajo esa sombra que nos trae la emboscada del final; mi deseo o voluntad total no es apoyarme en la demencial lucha de los opuestos; esencialmente, sólo pido dejarme proteger por el silencio, por el silencio como una forma de albedrío o un aprendizaje de equilibrio.
El silencio nos conecta con las distintas alternativas de rebeldía que guardamos y tenemos dentro; deviene de la condición misma de ese rastro entristecido o distanciado de aquella orilla donde desembarca la otra orilla que huye sin color, sin existir: la nada.
