Abraham Lincoln aceptó ser candidato a la presidencia por su partido político, el republicano, el 16 de junio de 1858 con un discurso que impactó en la época, resultó premonitorio de la Guerra de Secesión y todavía es recordado con emoción por los norteamericanos.  El título de ese discurso es “Una casa divida”, frase extraída de la Biblia, y se refería a la necesidad de lograr algún tipo de concertación en la interpretación de la ley sobre derechos y deberes de los ciudadanos, los cuales eran diferentes según el color de piel.

Casi dos siglos después, y tal como nos lo muestran la cantidad de votos emitidos, los Estados Unidos han vuelto a funcionar como una casa dividida, con extremos y polarizaciones que se ven no solo en la manera de presentarse los candidatos (uno llega a usar cuatro máscaras en un día, el otro llega a ponérselas por cuatro minutos en un día), en sus maneras de concebir la relación con el medio ambiente, en las ramas de actividad económica que ven como importantes para el desarrollo nacional y en su tratamiento de las mujeres, sino,  sobre todas las cosas, en un tema que la sociedad norteamericana sigue cargando desde el siglo XIX, en su relación con el racismo.  Biden fue vicepresidente por ocho años con un afroamericano a la cabeza y ahora, sobre el único puesto público que ha podido elegir a la fecha, nombró a otra afroamericana.  En contraste, la cantidad de altos funcionarios no blancos dentro de los cuatro años de la presidencia de Trump se cuentan con los dedos de la mano.

Y si bien hay un anuncio de la campaña de Trump que muestra las veces en que este candidato y presidente en ejercicio renegó de principios racistas, sus declaraciones en torno a los eventos del 11 y 12 de agosto de 2017 en Charlottesville hicieron muy evidente su, en el mejor de los casos, “ambivalencia” con respecto a los problemas raciales.

Alertados por ese y otros incidentes, independientemente de su valoración sobre la totalidad del desempeño del presidente, en diciembre de 2019, republicanos de larga tradición formaron en Lincoln Project, declaradamente una iniciativa para impedir legítimamente la continuación de Trump en el poder.  Contaban, como ellos decían, con 200 años de experiencia en campañas republicanas.  Mejor aún, se identificaron la figura que mejor personificó un deseo de unión y un compromiso con ideales. La pasión de sus anuncios fue conmovedora, lo que contrasta agradablemente con la calma y racionalidad con la que han asumido la lentitud en el proceso del conteo de los votos, ofreciendo llamados a la paz y a la esperanza.  Ahora que algunos empiezan a desesperar, lo acertado de la referencia a Lincoln se hace más relevante frente al recuerdo de las palabras finales del célebre discurso de Lincoln: “¿Fuimos valientes para flaquear ahora? ¿Ahora, cuando ese mismo enemigo vacila, está dividido y en conflicto?  No hay dudas sobre nuestra respuesta. No fallaremos.  Si nos mantenemos firmes, no fallaremos… tarde o temprano, es seguro que saldremos victoriosos”.