En el principio la presencia era impalpable; era un triángulo agitado por el instante, acaso imperceptible, en gravedad, en las convulsas sombras del pensamiento.
La nada escuchaba el reseco rumor de sus labios, la obstinada cólera de la noche, la lejanía cilíndrica del horizonte. Había que “contar” los estruendos de su rostro, amontonar las ceremonias del paisaje, pasear sobre la arena y terminar en el eco del mar, en la piedra gigante del lenguaje y del aire. Había que descifrar las líneas de la claridad, la profusión del ser junto al hollín de la luna, los mudos dedos chorreantes del trébol.
Todo se levantaba en el lado verde del camino impuro. La historia estaba vacía y entre las encías del espacio había una lluvia de sueños que contar.
Cuando el arco se puso de pie sobre la roca, la metáfora creó el desequilibrio deseado. El cambio era el devenir, el tejido del juego verbal. Todo aquello era un aviso para empezar en la arquería del rito y el deseo a contar con curiosidad lo que la mirada descubría en la escritura de las alas lisas de los cuatro puntos cardinales.
… Acaso, cuando la sombra de la luna cae sobre el mar ¿no es una mirada murmurando la levedad con la cual se mueven en el vértigo las huellas ajenas reorganizando las grietas de un dolor que avanza como una mariposa fértil?