La poesía del hermetismo es una poesía llena de originalidad, pero sin polémicas ni luchas feroces contra ideas del pasado, aunque tendiendo siempre hacia el futuro. Es, diríamos, en el sentido orteguianiano del término, un asistemático esquema generacional-acumulativo, una vanguardia sin programas, libre pero no anárquica ni improvisada.

Cuando Ungaretti (1888-1970), empieza a escribir versos manifiesta ciertos aspectos decadentistas propios del simbolismo francés. Sin embargo, rápidamente en su primer libro La Alegría publicado en año 1914, expresa un marcado tormento por la soledad y el aislamiento, el desasosiego y el problema del lenguaje como errancia. Especialmente en su libro Sentimiento del tiempo (1933) se percibe la conciencia de una aniquilación total, y la atmósfera de un extraño tono de impotencia ante la muerte. Aquí, como en sus libros La muerte meditadaEl dolorDía tras díaEl tiempo está callado y otros, Ungaretti consigue darnos una poesía elaboradísima que trae a nuestras mentes la de Paul Valéry, extasiándose en complacencias técnicas, en imágenes difíciles, tan íntimas y tan secretas que muchas veces son causas de la oscuridad de los poemas. Sus versos buscan el silencio y lo sagrado, donde lo intelectual se superpone a las meras impresiones y sentimientos. Leamos estos versos:

Si una de tus manos esquiva la desgracia

Descubres con tu otra mano

Que el todo no es otra cosa que ruinas.

Vivir, ¿es sobrevivir a la muerte?

Una de tus manos se opone a tu suerte,

Mas la otra, ya lo ves, en seguida te asegura

Que sólo puedes coger

Migajas de recuerdos.

 

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Pese a que, quien vive,

Loco incorregible, en lo íntimo y en los ademanes

Siempre parece propender

Al encuentro del rayo de los espejismos.

Eugenio Montale nació en Génova en 1896 y murió en Milán en 1981. Su lírica desde Huesos de Sepia (1925) a La ocasión (1939), hasta Satura(1971), está toda llena de presencia concreta. Montale descubre valores cósmicos en los detalles ínfimos. Su procedimiento más típico –el agotamiento descriptivo—se aúna, en sus dos primeros libros, al procedimiento aforístico utilizado por los poetas de Liguria hacia 1915 (Giovanni Boine, Camillo Sbarbaro, Mario Navarro). Montale desconfía de los grandes Objetos, por pudor de manifestar los grandes Sentimientos que aquéllos originan (Ferrer Lerin, 1975).

El punto de partida de la poesía de Eugenio Montale es la saturación cultural. Su visión poética es siempre una visión sin sonrisa, abstraída y perpleja, como asombrada ante las realidades. Montale no es un poeta físico, sino casi siempre metafísico. Y este asombro es más negativo que positivo, ya que él comprende la imposibilidad del hombre de tener una relación cordial con las cosas.

¡Ah el hombre que seguro marcha,

Amigo de los demás y de sí mismo,

Y no cuida su sombra que la canícula

Imprime sobre un desconchado muro!

No nos exija la fórmula que pueda abrirte mundos,

Pero sí alguna sílaba seca y torcida como una rama.

Sólo eso podemos hoy decirte,

Lo que no somos y lo que no queremos.

Salvatore Quasimodo nació en Sicilia en 1901 y murió en Nápoles en 1968. Su poética es ya desde el principio hermética. Ya desde Aguas y Tierras de 1929, pasando por Oboe sumergido, de 1932, y luego La vida no es sueño, de 1948, quiere dar a la palabra una relativa autonomía de sentimiento esencial. La búsqueda de un lenguaje muevo coincide con una impetuosa búsqueda del hombre. Su búsqueda es, en suma, la reconstrucción del hombre engañado por la guerra.

Maduran los muertos

Y mi corazón con ellos.

Piedad de sí mismo

En el último humor siente la tierra.

Ahora, la soledad, mito obsesivo del poeta de los primeros versos, está olvidada, o, mejor dicho, no existe. El tiempo y el fin no existen, porque ambos pueden detenerse cuando lo crean oportuno.