El primer problema que se plantea quien desea hacer un estudio de la poesía italiana, es intentar trazar una historia que abarque los múltiples estilos de poetas y escritores como Dante, Bocaccio, Petrarca y otros herméticos, barrocos y contemporáneos que han venido forjando una rica tradición poética.

Con el desarrollo del Humanismo empieza la auténtica revalorización de la literatura italiana. Durante el siglo XV existe el deseo de retomar a los clásicos para conocerlos y transformarlos. La nueva literatura culta nació tanto en los escritores clásicos, como en los latinos con un sentido de continuidad y ruptura. Así, con la publicación del libro de caballería de Ludovico Ariosto (1474), Orlando el furioso (1516), se inicia una búsqueda ontológica radical propia de la época.

Estas nuevas ideas produjeron en la literatura italiana posterior algunas actitudes fundamentales, derivadas de la sorpresa, del interés por lo exótico, de un cierto respeto por lo grandioso y de la esperanza en cuanto a sus posibilidades. La idea de la rarefacción de los límites demarcatorios entre poesía y prosa, con la introducción en el texto de técnicas de construcción del poema, es afirmada por los poetas contemporáneos posteriores a Leopardi, Grabrielle D´Annunzio, Dino Campana y otros, como una herencia transmitida y una adquisición pacífica. Nos gustaría describir esta actitud como un volverse continuo del escritor hacia la materialidad misma de un lenguaje hermético. El aliento común y oscuro por la búsqueda de la palabra que define poéticamente a Giuseppe Ungaretti, Eugenio Montale y Salvatore Quasimodo.

Los precedentes históricos de la poesía hermética hay que buscarlos, según Giuseppe Petronio (1990), en la obra de los simbolistas franceses Mallarmé, Verlaine, Rimbaud, Valéry, que afirmaban la necesidad de purificar la poesía de las escorias del pasado, haciendo de la palabra la voz del sentimiento, buscando lo esencial y dejando a veces, tras de sí, un aire de ambigüedad o incluso de imposibilidad de comprensión. Los herméticos se esfuerzan por reducir la lírica a la pura imagen, a la pura emoción, a la pura esencia.

El supuesto poeta hermético es, en la hipótesis más favorable para él, aquel que trabaja el propio poema como un objeto, acumulando en el texto espontáneamente sentidos y suprasentidos, conciliando dentro del poema los inconciliables, hasta hacer del poema el más firme, el más irrepetible, el más definido correlativo de la propia experiencia interior. Obsérvese que el poeta nuevo, autónomo por lo que respecta a la severidad por la cual elimina de su propia creación todo elemento que mire a un fin extraestético, no es luego de ningún modo autónomo en la definición de su propio arte y acepta vistosos préstamos de las demás artes, las cuales los aceptan asimismo del arte suyo, la poesía. Lo que complica todavía más la naturaleza de nuestro producto poético-pictórico-musical y aumenta las posibles causas de oscuridad y hermetismo en varios sentidos. Pero queda aun en sus infinitas variantes, la tendencia, que conduce hacia el objeto, hacia el arte investido, encarnado en el medio expresivo, hacia la pasión convertida en cosa. Y téngase en cuenta que aquí no se entiende por cosa la metáfora exterior, la descripción, sino sólo la resistencia de la palabra en su nexo sintáctico, el sentido objetivo, concluso y, en absoluto, parnasiano de una forma sui generis, juzgable caso por caso.

 ¿Poesía antitradicional? Al contrario, de la única tradición por la cual Italia, desde hace siglos, cuenta en el mundo de la creación. ¿Poesía distante del concepto de fantasía tal como fue elaborado desde Vico hasta De Sanctis? No ciertamente sin consecuencia y relación, si precisamente la filosofía idealista, hoy disuelta en una nueva y profunda empiria, es una de las causas que han llevado al actual arte a sensibilizarse hacia este tipo de experiencia. Pero, es justo aquí, donde se toca el punto más difícil. La poesía lírica, como género, es una abstracción que puede llegar a ser concreta sólo en determinados casos.

En nuestro caso se apuesta por una poesía lírica, de entonación autobiográfica, en la que el poeta se ocupa exclusivamente de expresar íntegramente el propio sentimiento interior. Además de seguir a los simbolistas franceses, los poetas herméticos escuchan también a las nuevas voces de la literatura europea y americana, desde García Lorca a Pound, y desde Rilke a Eliot. Precisamente de estos poetas asimilan la capacidad de profundizar más en el alma humana, de escuchar la voz del inconsciente, aunque desgraciadamente todo esto no contribuya más que hacer más evidente la situación de aislamiento, soledad y desarraigo en la que vive el hombre.

Desde luego, la corriente hermética es una de las experiencias literarias más significativas por sí mismas y en su relación y conexión con la sensibilidad y cultura de nuestro siglo. Naturalmente, este movimiento no nace por generación espontánea, sino que viene ya desde los primeros años del siglo XX. El pensamiento de los grandes poetas puros o herméticos, como Ungaretti, Montale o Quasimodo, según Isabel González (1986), estaba ya latente, en cierta manera en otros poetas, como, por ejemplo, Serra, Cecchi, y en general, en todos aquellos que escribían en La Voce o en La Ronda. De tal manera que podemos distinguir como una primera generación, que abarcaría los años del nacimiento de estas nuevas ideas, más o menos desde 1883 a 1889; es el momento del lirismo nuevo; una segunda generación de poetas que llegaría a hasta el año 1901, que sería el momento de la poesía pura, y finalmente una tercera generación, que llegaría hasta el año 1914 y que sería el momento culminante del hermetismo poético.