El dominicano ostenta virtudes imponderables, como la calidez, la solidaridad y la hospitalidad. Esas condiciones, propias de su idiosincrasia, le abonan entusiastas simpatías extranjeras. Nuestra cultura atrae por su rica diversidad, pero se sostiene en una identidad maleable.
Nuestra cosmovisión se ha formado en un entorno de accidentados condicionamientos, en su mayoría derivados de la situación de país insular, pobre y sometido. En su construcción, la sumisión descuella como una de las actitudes distintivas del carácter dominicano: somos dóciles, fatalistas y nihilistas. Mientras nuestra xenofilia nos provoca a presumir lo extranjero como algo bueno, valioso y admirable, solemos desechar lo autóctono. Cuando algo funciona bien, entonces nos preguntamos si es o parece extranjero. Ese mismo complejo nos lleva a considerar como “de nivel internacional” cualquier creación o producción hecha con estándares de calidad. Por eso somos tan vulnerables a las corrientes esnobistas foráneas, que validamos y reproducimos sin reproches.
La inferioridad dominicana es una condición vivida y sentida, pero pocas veces admitida, al menos expresamente. Subyace en la actitud derrotista de nuestras confesiones, en el irrespeto a la palabra empeñada, en las necias suspicacias a las informaciones, en la informalidad de nuestras maneras o en el desprecio al orden y al protocolo.
Una sociedad dependiente, importadora y consumista ha impuesto lo extranjero como símbolo de excelencia, referencia y elitismo. La apertura a la globalidad, a través de la tecnología y el comercio, nos ha hecho aun más “conscientes” de nuestras carencias, las que pretendemos disimular a través de artificiosas conductas y eufemismos retóricos. Algunas de ellas son el “bulto”, el “allante” y el “aguaje”.
Según el Diccionario del Español Dominicano de la Academia Dominicana de la Lengua (Editora Judicial, Santo Domingo, 2013) el bultero es el “que quiere aparentar lo que no es”; el allantoso “el que convence a otra gracias a un engaño o a una falsa amabilidad”; el aguajero “el que se compromete a algo y no cumple”.
Somos una sociedad bultera que presume vivir de acuerdo a estándares inconsistentes con su realidad, donde cerca del 42 % de su población vive en la pobreza y alrededor del 21 % se sitúa en la franja de la indigencia. Esa manifestación aturde a todo extranjero que visita el país: yipetas del año aparcadas en marquesinas de casitas maltrechas; jóvenes con tenis de doscientos dólares y sueldos de indignidad; bares metropolitanos concurridos por profesionales asalariados tres veces por semana, en tanto jovencitas de buena apariencia ponen a rugir los motores de costosos carros deportivos en las avenidas del Polígono Central. Basta ver en las ferias bancarias de vehículos, cómo personas de ingresos tasados comprometen partidas sustanciales para el pago de onerosas mensualidades mientras sacrifican atenciones básicas. Esta cultura del consumo plástico ha convertido a dos millones y medio de dominicanos en tarjetahabientes. De acuerdo a la Asociación de Bancos Comerciales de la República Dominicana, Inc., solo en el año 2013 el consumo con tarjetas de crédito totalizó casi los 145,000 millones de pesos y el año pasado el 46 % de ellas tenía un límite de consumo de 20 mil pesos.
El allante es otra de las maniobras para acreditar notoriedad, simpatía o admiración. En una sociedad de baja autoestima la ostentación engañosa suele ser un recurso socorrido para esconder carencias o inflar condiciones. El allantoso presume con el apellido, las relaciones, el trabajo, con lo que hace, tiene o donde vive. Cuando alguien quiere vender un proyecto, servicio o producto, suele referir, como técnica de mercadeo, los apellidos de los que compraron. Hay gente que visita lugares solo porque ahí suele ir don fulano. El allante tiene en la República Dominicana su momento de gloria a través de la industria de la imagen personal y corporativa. Me río con las lujosas revistas “de negocios” que proyectan estándares de éxito de personas y empresas según tarifas. Hace poco tuve a la mano la lista Forbes de los dominicanos más ricos; obviamente no dudo de que los que aparecen en ella sean grandes millonarios —aunque no tanto según sus declaraciones a la DGII—, lo que me pareció simpático fue imaginar los patrones de medición o la técnica de cuantificación de esas fortunas en una economía opaca y de nula apertura fiscal. Forbes tiene que reinventarse en un ejercicio que se suele hacer de forma empíricamente deductiva, según las apariencias. En mercados abiertos es una tarea fácil porque las fortunas personales derivan de las corporaciones que cotizan en mercados bursátiles regulados por normas de transparencia, pero en este mundillo cerrado, de dobleces contables y secreto fiscal, hay que apelar a la clarividencia financiera para dar con algún acierto.
La palabra se ha devaluado en la sociedad dominicana. La gente suele comprometerse aun consciente de que no puede cumplir. Nos hemos acostumbrado al “ya veremos”, “déjame eso a mí”, “llámame el lunes”, “el día 15, sin falta te lo devuelvo”. Cuando el sentido del compromiso se relaja de forma tan destemplada, las relaciones se pierden. Es difícil desarraigar el aguaje de nuestro sistema de vida. La gente, con tal de quedar bien o salir del paso, miente culturalmente. Esa conducta corroe la confianza y la credibilidad de las relaciones, los negocios y la institucionalidad. Vivimos la mentira como norma de vida, excusa de urbanidad, razón política, actitud existencial, imperativo de subsistencia y base de nuestro sistema. Las leyes nos desmienten, la realidad impone su verdad. Todo es relativo, manejable y transable. Las cosas son pero no son… depende. En el plano axiomático esa lógica es destructiva: no se hace lo que se debe sino lo que conviene. Los valores están atados a las circunstancias: lo que era malo en la oposición no lo es en el gobierno. La mentira y el engaño han arruinado la moral pública más allá de lo que lo ha hecho la depredación del erario. ¡Lo que hay que hacer para “ponerle precio” a la vida en una sociedad fachosa!