Una puede sobrevivir, reflejarse en la espera, enunciar lo ajeno o tener tristezas. Aún no conozco un diario colectivo donde los presagios no estén idealizados, narrados con una máscara resquebrajada por las invariables leyes del destino. Identidad, lugares o memoria crean un texto múltiple si la búsqueda de un presente se ficcionaliza sin nombre.
Es ya una continuidad descubrir en cada bildungsroman una velada incertidumbre, o bien un espacio donde una a la sombra de un bosque infatigable re-escribe la subordinación sin bosquejos y sólo presa de un exilio foráneo.
Allí, donde una despierta a los caminos imperantes de la desventura, se convocan los cuerpos, los sueños y las cintas celestes del amor en la palabra.
Escribir apropiándose del lenguaje es, el goce del pensar, es el objeto, es la perplejidad verbal que por siglos encierra el ya-saber, la invención connotativa de la idea en las rendijas del ser en el yo.
Sin embargo, no sé si esta liberalidad es furtiva, referida a una convergencia de íntimas verdades o un aditivo razonable para concederse algún privilegio.
Desde esta espera sin discontinuidades ni entreactos, se escribe el futuro con un preámbulo inicial: el silencio que indefectible y tímidamente concede las raíces de su árbol irónicamente a un registro de ecos, que aunque inmóvil, a veces, es de objetiva apariencia.
¿Qué debemos concelebrar las mujeres en la “descompaginación de los roles”, en las versiones del amor que traemos del recuerdo, con un vaivén o mar de viajes que nace en el instante, en la mirada inquieta revertida de los símbolos?
¿Qué debemos concelebrar las mujeres en la “descompaginación de los roles”, en las versiones del amor que traemos del recuerdo, con un vaivén o mar de viajes que nace en el instante, en la mirada inquieta revertida de los símbolos?
Eligiendo de nuestra voz -en disidencia- la convergencia de una identidad literalmente con la transitividad del sujeto, como ente genérico o ente sexual, nosotras trazamos un andamiaje de escuchas hacia adentro; nos resquebraja la jerarquía de una voz referencial “por milenios”, que por sí da apertura a la otredad, subvirtiendo las formas persuasivas de confrontar el existir, a riesgo de abrir la espiral del desconcierto.
Sin embargo, ya hacia el final de los días, de la vida misma, una se refugia en el amor a la palabra, recupera la seducción, la curiosa sensualidad del deseo-saber, y habita un cuerpo fragmentándose en el reconocimiento cómplice de un paisaje solemne, añorado, que aflige su voluntad.
No obstante, de más esta decir que me siento muy agradecida de compartir este espacio en que una nace para habitar la complejidad del mundo.