De Par en Par

Senderos para toda la vida

Les invito a que pensemos en la educación técnica, no como un camino aislado, sino como una escalera capaz de conducir a otros niveles de educación, preparación y desarrollo profesional. Las piezas del rompecabezas están, solo falta armarlo.

Por Catherine Piña

Hace unos años, cuando apenas empezaba a trabajar en la vinculación de empresas con los temas de educación técnica, me sentí atacada ante las críticas de quienes opinaban que la educación técnica era una forma de perpetuar la pobreza. Algunos de los que opinaban de esta forma defendían su posición con vehemencia y con argumentos sólidos, y merecían mi respeto intelectual, por lo que a pesar de que mis convicciones eran contrarias, abrí un espacio de reflexión entre mi cabeza y mi corazón para entender mejor las razones detrás de su manifiesto rechazo a lo que yo defendía.

Desde mi espacio reflexivo, con el tiempo pude entender que, en nuestro país, al igual que en los demás países de Latinoamérica, las propuestas de educación y formación técnica nacieron con buenísimas intenciones de incidir en el proceso de industrialización, pero en un contexto en el que no estábamos listos para planificar armónicamente el desarrollo del país con el bienestar de las personas.

Por esa especie de pensamiento dual, según el cual las soluciones son para esto o aquello, en vez de para esto y aquello, fallamos en asegurarnos de que las propuestas de educación y formación técnica, además de responder a oportunidades ocupacionales del momento, apoyaran el proceso de colocar a las personas por senderos que les permitan trabajar y crecer laboral y económicamente a lo largo de su vida.

Así que, desde hace algún tiempo he logrado interpretar los argumentos en contra de la educación y formación técnica como una denuncia que invita a reformas, que evidencia que no está bien que las personas pasen por programas que se comportan como calles sin salida; que es erróneo atraer a los individuos a cursos que lo conducen por un sendero que luego de pocos pasos, se acaba y le obliga a detenerse; pues es cruel que, pensando en una ocupación de bajo nivel, bajos ingresos y necesaria para un sector, diseñemos una propuesta de programa, sin pensar en las posibilidades futuras para quien lo elija.

He entendido que las personas disidentes ven una bifurcación en la que, si se elige el sendero técnico, se declina la senda educativa que conduce a un estudio de grado en la universidad y que luego puede continuar hacia un nivel de postgrado, maestría y doctorado.

Evidentemente, el costo de oportunidad de elegir una carrera técnica en este esquema de pensamiento es elevadísimo. En la realidad, una adecuada concepción del sistema educativo debe, por obligación, ver el grado técnico no como un camino aislado sino como parte de la escalera en la que se pueda seguir hacia niveles superiores.

Entender mejor estas posturas y estos razonamientos que en algún momento sentí como piedras que le arrojaban a mis sueños, me motiva hoy y me mueve a motivar a otros a incidir en que, en nuestro país, las propuestas de educación y formación técnica no deriven en perpetuar la pobreza o en lanzar personas a la informalidad, sino que respondan a planes bien articulados en los que se integran las políticas de desarrollo, las económicas, las de empleo y las de educación y formación.

La educación y formación técnica, sí puede ser una opción dignificante y un sendero que lleve a los individuos tan lejos como estos quieran llegar. Pero, para que sea así, debemos hacerlo asegurando que cada programa sea diseñado y ejecutado centrado en las personas y conectado con todo el sistema.

Las piezas de la transformación están, pero tenemos que armar el andamiaje.

Debemos apoyar y promover los esfuerzos para la implementación del Marco Nacional de Cualificaciones pendiente de aprobar por ley, así como el rediseño de los planes operativos del INFOTEP que han iniciado a través de una consulta nacional abierta. Debemos apoyar la expansión de los politécnicos como figura en el actual plan de Gobierno, el aumento de la oferta de nivel  Técnico Superior, la formación de un Sistema Nacional de Prácticas Laborales y todas las demás políticas y programas que, de forma articulada, están llamadas a incidir en que las opciones de educación y formación técnica, no solo no perpetúen la pobreza, sino que sean un arma para combatirla, aumentando las posibilidades laborales de los ciudadanos en caminos que los lleven tan lejos como ellos quieran llegar

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