(A mi  hija Oleka, quien siempre da la batalla)

Hace unos años,  mi hija Oleka me dijo:    “¡He decidido ser feliz!", y esta expresión cambió mi vida para siempre. Investigué lo relativo al tema y me dispuse a cambiar   actitudes  obsoletas, a controlar mis  impulsos y a   erradicar los  mitos y   tabúes que, sin mi consentimiento,  la sociedad me imponía.

Para comenzar, es imprescindible acerar nuestro espíritu. Alcanzar la serenidad y la paz interior es difícil y, en ocasiones, doloroso. Resulta indispensable cambiar viejas y arraigadas costumbres  de manera que los egos se lleven de su mano la arrogancia y la sobreestima.

La dignidad es otra cosa. Debemos preservarla como un tesoro y ostentarla cuando sea necesario.

Para lograr  mis metas tropecé varias veces, pero hice un descubrimiento sorprendente:  la clave  está  en   la sencillez.  Cuando la incorporé  a mi práctica cotidiana,  pude     despojarme  de muchísimos  “tereques” físicos  y emocionales. Me di cuenta que no los necesitaba.

Vista desde la casita de Tireo, Constanza
Vista desde la casita de Tireo, Constanza

Para evitar los incómodos enojos,  aprendí a cultivar  la paciencia, (no del todo) y de paso,  adquirir la  suficiente  capacidad de aguante para callar,  no importa  el mote, que a nuestro juicio, algunas personas  se  merecen. Para eso es la paciencia.

Cada vez más  valoro a  mis  amigos.  Cuando recibo una palabra  afectiva  o  un abrazo caluroso, los retribuyo con ganas.

Los estudiosos de  la conducta humana  recalcan que es imprescindible  llenar vacíos existenciales para conseguir la plenitud.  "Lo principal es  el amor" aconsejan.  Pero si no lo tienes,  busca  otros placeres en la naturaleza.

Vete al campo a percibir el olor de  la yerba mojada y el de las hojas y  las ramitas  recién  quemadas. Espera la salida del sol y  presta atención a los pajaritos que a esa hora  se levantan  a cantar.

Noche de luna, vista desde la casita de Tireo, Constanza
Noche de luna, vista desde la casita de Tireo, Constanza

La noche te brinda  una placidez  tan reconfortante que eres capaz de sonreír cuando a las 5 de la mañana te despierta el estridente canto del gallo. Además,  los campesinos te enseñarán en un mes lo que no  aprenderás en años: ser mejor persona.

Te sorprenderá  la diversidad  de "tesoros"   que encontrarás en la montaña. El  silencio cautiva y la belleza del entorno  embelesa.   Intégrate al paisaje    y  piérdete  entre los pajones.  Mira  el cielo y si necesitas llorar o reír, es el lugar ideal.   Haz una catarsis porque no hay mejor escucha que la naturaleza.

Y el mar…  Acércate a él y busca respuestas en su inmensidad. Camina descalza  por su orilla  y déjate seducir por sus olas  cuando toquen tus pies.

Siempre que puedo voy a Valle Nuevo, un lugar enclavado a 2,200 metros de altura a una hora de Constanza. Me deleito con el silencio, solo interrumpido por  el canto del jilguero y de la cigua constancera.

El día transcurre deliciosamente caótico,  entre  las risas y el  cariño  de  toda    la familia,  compuesta por los hijos, nietos, sobrinos, perros, gatos y un arisco ganso que no me puede ver y  me da unas carreras  comiquísimas.   Pero, si así pasa con los humanos, ¿por qué no respetar el  derecho de un ganso?

Con la primavera se deja sentir el olor de  los pinares.  El viento  dispersa el origen de ese aroma entrañable y nunca encuentro su camino. Es   como si quisiera jugar conmigo a las escondidas y yo estuviera condenada a perder siempre.

La caída de la tarde es un espectáculo, y  si las nubes lo permiten y la noche  se anuncia revestida de luna, no hay belleza que pueda comparársele.

La noche avanza y todos nos acurrucamos frente al  fuego. Unos leemos o escuchamos música, otros forman rompecabezas o cuentan historias, pero todos nos  vamos a la cama forrados con pijamas y gorros de lana, arrullados por el canto del sapito "coquí".

Algunas veces voy en busca  del mar. En una enorme roca  asentada sobre un acantilado,   veo más allá del  horizonte, hasta donde llega mi imaginación. En enero,  espero expectante a las ballenas jorobadas   que se mueven  sugerentes   en las  tibias  aguas de la Bahía de Samaná.

A pesar de las espinas clavadas en el alma, yo  estoy decidida a no  perder   el encanto de vivir. Haz  lo mismo, no te "achicopales".  La vida es bella, sus trampas no. La culpa es del azar y también  de nosotros. Un descuido o una equivocación, por creer  que puedes, te podría costar muy caro.

No le temas a las jugarretas de la vida. Pese a todo, le  damos gabela  y aún así, no podrá quitarnos el sentimiento del amor.    Y si no puedes compartirlo,  ten agallas y aguanta  con elegancia y dignidad.  Es preferible tener un amor para ti sola, que nadie puede impedir ni quitarte, que  vivir en el vacío.

Llegó  diciembre. Tengo un regalo para ustedes:  son estas  estrofas de un poema de Alberto Cortez,  que les llevará una estrella fugaz, envueltas en papel de  celofán y   atadas con cinta de seda.

Dime que tiras al agua

Silencios, muchos silencios, 

 desgracias, muchas desgracias,

 desabridas actitudes,

 iras injustificadas,

 tiempo inútil y perdido,

 deudas que nunca se pagan,

 tristezas no comprendidas,

 hambres, miserias humanas,

 vergüenzas inconfesables,

 limosnas no confesadas,

 consejos paternalistas,

 éxodos de casa en casa y una desconsoladora

 sensación dentro del alma…

 

 ¿Y tú, que tiras al agua?

 

 Desatinos, desacuerdos,

 mentiras innecesarias,

 traiciones  no cometidas,

 promesas no consumadas,

 falsos credos, diferencias,

 hipócritas alabanzas,

 prejuicios imperdonables,

 conclusiones temerarias,

 resentimientos oscuros,

 frases desafortunadas…

 mi vida….

 mi vida entera…

 ¡mira cómo se la lleva el agua!

 

Sé feliz, todo lo demás,  tíralo al agua.

(*)  Este artículo fue publicado en Clave Digital.   Lo hemos actualizado, porque el tiempo trajo cambios y  nuevas experiencias que deseamos  compartir. Grupos familiares, profesores del Colegio Lux Mundi y estudiantes de Sicología de la UASD lo utilizaron  para  "aprender a vivir".  Ese es mi objetivo. AF)