Se levanta poco antes de la salida del sol para buscársela como un león, con un cuchillo en la boca. Lo mismo en el mercado, que en el cementerio o en el tarantín más cercano. Al calentar el día, las calles de la ciudad de cualquier provincia se vuelven una  jungla de concreto, bocinazos, humedad y el eterno calor tropical insaciable que altera la sangre y la mala leche propia y la de prójimo.

Al leer los periódicos, este ciudadano dominicano común, miembro del club de los desheredados de la fortuna, no le encuentra sentido a los titulares: la banca nacional logra un excedente en su capital, niños reciben el pan de la enseñanza debajo de la sombra de un árbol, otra mujer víctima del machismo, el sida que amenaza a menores prostituidos en las periferias de Boca Chica o Punta Cana, la deuda individual y nacional sube como la espuma, más “drinks” y colmadones que escuelas, o el suicidio de jóvenes y viejos que han perdido la esperanza y la razón en una vorágine de vidas sin sentido ni dirección.

“Había una vez un país en el mundo, de cuyo nombre no quiero acordarme…”

Este ciudadano sin nombre, y mucho menos sin apellidos de abolengo, no tiene trabajo fijo. No recibe ingresos, carece de un seguro médico para él y su familia, no produce por falta de oportunidades. Tampoco tiene tarjeta bono gas ni bono-comida. Aprendió a leer y escribir, y algunas clases de matemáticas esenciales, por aquello del qué dirán.  Pero percibe para sus adentros que no tiene futuro ni en el campo ni en la ciudad. Para él, algo no encajaba en los planificadores y su concepto de progreso y avance personal.

Al ver la televisión, constata que es un país de exuberantes palmeras, de verdores sobrecogedores, de mares con aguas turquesas. Mujeres con cinturas de desahogo y memorias genéticas del paraíso. Este ciudadano criollo común tampoco entiende esa extraña inclinación vernácula al desorden individual  y al monopolio legislativo; a la exclusión de la riqueza, a la trampa,  a la codicia sabichosa y al robo del erario público.

Sin luz. Sin agua. Sin pan. Ni jabón para lavarse. Y el exceso de basura amenaza con sus millones de virus y bacterias, en aumento proporcional a las cuentas de los que ostentan el poder político y económico de la media isla.

Nuestro ciudadano sabe del ocaso de la clase media. Él mismo fue víctima de ello en medio de una rumba de modas y de consumo sicalíptico, sin frenos de moralidad para el  bolsillo. Peor aún, también percibe el maridaje del poder político y económico en detrimento de la gran mayoría, en una especie de culto totémico a un Príncipe y a un partido, que raya en la locura de la decadencia nacional.

El cuadro nacional le resulta aterrador.  Desde entonces, nuestro ciudadano y gran hijo de los desheredados decidió dormir para siempre. Porque comprendió entre sueños que los herederos de los Padres de la Patria le habían dejado por país una sepultura en medio del cielo, del mar y de Haití; y la yola como último recurso de vida, al recordar al viejo vendedor de sueños pregonar en las calles polvorientas de Sabana de la Mar: "Miche-Mayagüez, 500 pesos".

La noche había llegado. Y en la paz del cementerio, aún libre de los depredadores y de las prostitutas, salpicado en la lejanía con las notas melódicas de un merengue de Joseíto Mateo, el vecino difunto dejó expresado su último deseo: “Había una vez un país en el mundo, de cuyo nombre no quiero acordarme…”