Gran sorpresa ha causado en la sociedad dominicana la noticia “Ministra Educación se aumentó el  sueldo a 300 mil pesos”, de acuerdo a la reseña del diario El Caribe en su edición digital del 11/11/2012.

Según este medio “La ministra de Educación, Josefina Pimentel, admitió ayer que su salario fue aumentado de 185 mil a 300 mil pesos mensuales”. Este incremento no sólo significa un 62% más, de un cantazo, sino que marca una  distancia aún mayor de los míseros salarios que reciben los docentes del nivel básico por una tanda de trabajo, al frente de 40, 50 o más alumnos y en muchos casos en locales indignos y carentes de condiciones para trabajar y aprender.

Lo peor ha sido la justificación que expresa la ministra de Educación al decir: “Nosotros mandamos una propuesta en función del perfil del puesto y la complejidad y ellos (la Administración Pública) hicieron la recomendación que era compatible con la función”.

Este mecanismo para obtener aumentos es preocupante, porque no obedece a una política general de salarios en la administración pública del país, y porque genera incongruencias al producir para un mismo cargo retribuciones diferentes en los salarios y beneficios asociados a un puesto.

En los ajustes a los salarios no debería aplicarse ninguna discrecionalidad y sí mucha racionalidad, para no crear distorsiones que puedan ocasionar descontento y repudio general, como ha ocurrido con el caso de marras.

Además, el presidente Danilo Medina no necesita de superfuncionarios que requieran, a como dé lugar, pagos astronómicos para servir en la administración pública. Por el contrario, el gobierno que preside demanda de servidores públicos capaces, comprometidos y entregados a su labor, que sintonicen con él para hacer realidad en el gobierno su eslogan de campaña: Continuar lo que está bien, corregir lo que está mal y hacer lo que nunca se ha hecho.

También es importante destacar que no se aspira a que los altos ejecutivos del gobierno devenguen salarios bajos, no. Lo que se requiere es que reciban sueldos proporcionales a nuestra condición de país en desarrollo, con una economía todavía pobre, y que sean equitativos según una escala salarial bien estructurada.  Además, ella sabe muy bien que un salario más alto no asegura un mejor desempeño.

Si se juzga el aumento por la “función del perfil del puesto y la complejidad”, como expresa la ministra Pimentel, y que no dudo, el suyo no tiene justificación porque a más de un año que lleva al frente de ese ministerio, la educación y la escuela dominicanas continúan con las mismas deficiencias que arrastran por décadas; y aunque los resultados del sistema se aprecian a largo plazo, en lo inmediato no se perciben planes de mejoras trascendentes. Sólo parece esperanzador el plan de alfabetización gestado desde la Presidencia.

Esta es una de las paradojas de la vida. Compartí con la hoy ministra de educación, en la Universidad de Brasilia, Brasil, parte del curso de maestría en educación, patrocinado por la Organización de los Estados Americanos, OEA, de la cual fuimos becarios. Digo paradoja porque interactué con una persona inteligente, estudiosa, dedicada, entregada a este proyecto en cuerpo y alma; era una estudiante sobresaliente, destacada; una persona preocupada por las mayorías desposeídas, sensible ante las deficiencias que todavía afectan nuestra educación. Era lo que hoy se diría una mujer revolucionaria, de avanzada. Por tanto, reúne condiciones para realizar un ejercicio profesional pulcro, eficiente, incuestionable.

En una comunicación que le dirigí el 21 de marzo, 2011, con motivo de su  designación, le decía: “…para reiterarte la esperanza que tiene la sociedad dominicana de que tu gestión sea transparente y totalmente diferente a las de los anteriores incumbentes de esa cartera educativa; estás en la mira de todo el país y como profesional estás comprometida en dejar una impronta que marque un antes y un después”.

Así las cosas,  le pregunto a la ministra Pimentel dónde están las enseñanzas de los profesores Helene Barros, J. Veloso y Messias Costa, por mencionar sólo a éstos tres, y los otros que conformaban la excelente plantilla de docentes, todos con PhD, con los cuales discutía sus ideas de corte socialista y que le distinguían en el grupo de veintidós jóvenes profesionales de la educación, como éramos la mayoría. Y ni qué decir de las ideas y planteamientos de los diversos autores que estudiamos. Estos deben haber dejado en ella ideas, formas de pensar y actuar que podrían servir de modelo a esta generación que tanto necesita  de figuras ejemplares, si es que las enseñanzas de su líder don Juan Bosch de “servir al partido para servir al país” no le bastan.

Finalmente, tal como se ha dicho, el hombre es el mismo, pero no lo mismo. Ojalá que la ministra Pimentel no le haga honor a esta sentencia.