Cuando de salvar vidas se trata,  aún los temas comunes y  cotidianos se vuelven reverentes y de obligada atención por parte de las  instituciones públicas y privadas, gremios, líderes políticos y comunitarios y de la ciudadanía en general. La tasa  de mortalidad por accidentes de tránsito en nuestro país es uno de ellos. Por  cada 100 mil habitantes se registran unas 19 muertes por accidente de tránsito.

Sólo en el 2015 murieron más de 3,000 dominicanos por accidentes de tránsito, colocándose el país en el primer lugar en América Latina y el segundo en el mundo  con el mayor índice de muertes por accidentes tránsito. Pareciera que el tema se airea unos días y luego  desaparece de la agenda nacional hasta que una nueva desgracia nos despierta y abruma.

Actualmente se reconoce que el 90% de accidentes de tránsito son causados por el “factor humano”, es decir, debido a conductas inapropiadas al conducir un vehículo o circular por las vías públicas, tales como ignorancia, imprudencia, distracción, irresponsabilidad, negligencia, ira, estrés  y el irrespeto a las normas de tránsito.

Estudios sobre este particular señalan que determinadas emociones (ira, enfado, conflictividad, irritación, agresión, etc.), influyen directamente en la adopción de comportamientos inseguros y riesgosos al momento de conducir o circular por las vías públicas. La ira y las emociones vinculadas con la agresión, la violencia y la falta de control emocional  disminuyen la capacidad de reacción del conductor y del peatón en más de un 40%”. Razones estas que llaman con urgencia a educar y concientizar a los ciudadanos para controlar y erradicar las emociones destructivas como una manera de salvar vidas y evitar accidentes lamentables.

Esto hace volver la mirada a los aspectos psicológicos de los conductores y peatones, incluyendo los usuarios del metro, así como a los factores de riesgo generados por estados emocionales y comportamientos inadecuados cuando se conduce un vehículo o se circula por las vías públicas como peatón. Y también sobre la necesidad de educar y concientizar permanentemente.

Conocer el comportamiento psicológico de conductores, motoristas y peatones constituye un elemento clave para afrontar eficientemente el problema de la accidentalidad vial, lograr una mayor seguridad del tránsito, diseñar y desarrollar  intervenciones efectivas más allá de la simple multa o la retención del vehículo. Habrá que analizar también el comportamiento de los “agentes de dirección” del tránsito para lograr que ayuden más y estorben menos en la circulación de vehículos y peatones.

Definitivamente, no todo el mundo está  emocionalmente apto para conducir un vehículo en la vía pública ni mucho menos cualquier tipo de vehículo. Aquellas personas con trastornos  de personalidad o bajos niveles de inteligencia serán más propensas a causar accidentes de tránsito y deben ser identificadas antes de obtener o renovar el permiso o la licencia de conducir. ¡Que se haga!

A las restricciones de tipo físico  que se refieren a la incapacidad del sujeto para responder adecuadamente y con suficiente rapidez ante diferentes estímulos visuales y auditivos, ante los que tiene que dar respuestas diferenciadas tanto con las manos como con los pies, hay  que agregar también las restricciones por incapacidad psicológica permanente o transitoria, dependiendo si ésta puede  ser superada o no  mediante “educación/reeducación vial” o tratamiento psicológico.

Concienticemos y eduquemos  a conductores y peatones para que cuando circulen por las calles y carreteras –y cuando estén atrapados en los insufribles “tapones”- actúen como una persona inteligente, cuerda, prudente, cortés, educada, responsable y que valora y respeta su vida, la de su familia  y la de los demás. Y que por supuesto, que respeta las leyes y normas de tránsito y los derechos humanos propios y de los otros. Y si otros no lo hacen, no se deje provocar.

Cuando conduzca  o circule por las vías públicas, saque a flote lo mejor de usted mismo. Hágalo como lo haría una persona buena, digna y respetuosa. Evite causar daños a las personas, propiedades y animales.  Cuidar de uno mismo  y cuidar de los demás no sólo es una manifestación de decencia y una virtud ciudadana que nos permite vivir en armonía con los otros,  sino también una muestra de que somos capaces de “pensar cuerdamente” y de actuar con “buen corazón”.

El comportamiento de los conductores y peatones en las vías públicas está determinando en una gran parte por sus valores, creencias, actitudes y estilos de vida: “conducimos y circulamos por las vías públicas como somos y como vivimos”. Existe una relación directa entre personalidad y conducción y circulación en las vías públicas. La educación ciudadana nos convertirá “a todos” en conductores y peatones educados cívicamente.

No dejemos el tema suelto. Organicemos un Foro sobre Psicología del Tránsito con  la participación todas las instituciones vinculadas al ordenamiento del tránsito en el país, los gobiernos locales, las empresas, instituciones de la sociedad civil y los gremios choferiles para trabajar juntos en esta tarea pendiente que nos afecta a todos los dominicanos. Utilicemos la Psicología para evitar accidentes y salvar vida.