Las flores son, se ha dicho muchas veces, el símbolo del amor. En Occidente regalar una flor es un objeto simbólico de amor. Ese acto semeja una sonrisa. El vacío. La risa. Es el triunfo de la simulación contra el lírico canto vacío. Por eso, uno no puede ser llamado falso en relación a este modelo. Detrás de cada flor, vemos otra que se abre, hermosa y frágil, por debajo de cada superficie, más vasta, más extraña; bajo todos los fondos, bajo todas las fundaciones y el subsuelo más profundo.
La flor comporta una idea de amor, un ardor, un deseo de amistad y entrega. El misterio y lo "feo" son también caracteres de lo bello. Hay que librarse de las formas exteriores, seductoras y horribles, esas que descubren en todos los fenómenos decisiones capitales, que las decisiones humanas se limitan a ampliar. Hay motivos, pues, para renunciar inmediatamente a la posibilidad de sustituir el "aspecto" por la "palabra" como elemento de análisis. No obstante, sería fácil mostrar que la palabra sólo permite considerar en las cosas caracteres que determinan una situación relativa, es decir, las propiedades que consienten una acción exterior, y no los auténticos valores esenciales de la vida.
Si hoy podemos decir que las flores son bellas es porque parecen "adecuadas" a lo que debe ser, esto es, porque representan por lo que son, el ideal humano. Las flores crean una visión profunda e íntima de lo bello, y un ideal de perfección de las esencias ocultas de las cosas. De ahí que su cultivo en jardines u otros lugares específicos tiene un sentido espiritual, que trasciende el mero decorado, pasatiempo agradable y juego fantástico y lujoso.
Las flores simbolizan la unidad espiritual y panteísta. Su propósito no es crear una ilusión agradable y adorno realista, sino, sencillamente, sugerir un deseo. El verdadero amante de las flores siente que no puede huir de las esencias invisibles de las cosas, porque las flores, definitivamente, lo embriagan.
Cuando hayamos, finalmente, alcanzado esta experiencia, podremos conceder a las flores el papel que verdaderamente corresponde como instrumento de serenidad y armonía: un papel también de comunión e inefabilidad, magia y misterio.