(A propósito de la obra de HRSuriel)

 

Las metáforas visuales de este extraño artista, adoptan una dinámica de asalto y resistencia. El epicentro de esta obra es la tensión extrema entre el yo y su medio, y la imagen que predomina de esa tensión es siniestra. Enfermiza. Esquiza. Delirante. Como en la pintura de Bacon o los colores pastel de Degas, esta obra atraviesa, con la propia materia sensible, las formas corpóreas. Dichas formas son cualidades abstractas que no pertenecen a ninguna de las formas representadas, pero es el aura de esta obra, la proyección en la concreción de la forma pictórica, de ese grito profundo y sintético procedente del interior más original y poético, inconsciente, del individuo y que, en su expresión, hace real el punto de contacto y de conflicto, de otro modo imposible, entre la intimidad más auténtica del individuo y el exterior del objeto.

Los movimientos cromáticos grises, irregularmente radiantes alrededor de la figura, son los principales causantes de esta sensación de dispersión de energía. El trazo negro, que surge de los puntos en los que el color rojo del cuerpo que sufre una mayor atenuación, expresa la sensación más macabra y a vez sensual de la disolución de la figura, de la disección cruel de su mecanismo físico. La ocultación de la parte inferior transforma la “perversión heroica” del desnudo en una especie de monstruo goyesco, inhibido espamódicamente por la amputación de su potencia original. Ver las obras Fantasmas de cera, Derrida: un cuadro, Cosmos, Cerebro balístico, El guía, Jazz motor, Marcapasos, Solitaria, Incógnito, Distancia, Delirium, Distracción, entre otras.

Las figuras aquí pierden sus estatutos lógicos de objetos, ensamblajes o collages en un campo continuo que la percepción habría seleccionado y por tanto enmarcado; y el marco deja de concebirse como el trazado de los límites naturales o empíricos del campo perceptivo. Como figuras recíprocas, el exterior y el interior mantienen una mutua relación deductiva; la figura del marco transforma el propio marco en mapa de la lógica de las relaciones y de la topología de la inclusión propia. Todo lo que se halla en el campo visual se encuentra allí  porque está ya circunscrito a la poesía de lo irracional, prefigurado, por así decirlo, por su límites. Es, por tanto, la imagen de una pura inmediatez y de una propia y completa poética de la desmesura.  De allí brota el “grito visual” de esta desquiciante obra.

Frente a sí, como una hiperbólica excrecencia negativa, las figuras y los cuerpos proyectan hacia delante sus propias sombras, en el ambiguo desdoblamiento de una turbia sensualidad corporal y, también, en la enfatización de una relación violenta de contraposición a ésta. Con su indefinida calidad prensil, la sombra, convertida en concreta por la realidad de su expresión pictórica, se presta a constituir la objetivación en la forma, negativa e incorpórea, de un motivo general de desdoblamiento o de desautorización del individuo. Es como la hipérbole de una entidad sensorial de la figura y, a su vez, la proyección transfigurada y densa del deseo, a un nivel tan impreciso y traumático como para resultar excepcionalmente pertinente a la inagotable exigencia de conocimiento sensitivo que inquieta al hombre moderno.