1

Hago una pausa entre mis ocupaciones cotidianas. Reclamado por las urgencias del momento político, como otros, me he definido, he tomado partido. Ahora debo retomar el camino de la escritura, pues sin ella no puedo asumir plenamente la edad de la razón. Para alguien como yo, que sólo sabe expresarse, escribir es un modo de ser, de estar en el mundo. Se puede dejar de publicar, pero no de escribir. Dejar de escribir es un poco como dejar de vivir.

2

Vivo rodeado de gente cuya compañía debo soportar, alumnos y compañeros de oficina. Mis labores me obligan a estar continuamente fuera de mí, en contacto permanente con otros. ¡Es tan placentero poder estar con uno mismo, en silencio y soledad, y sólo salir al mundo cuando se quiera comunicar! Digo algo, balbuceo, garabateo: escribo. Podría optar por el silencio, olvidarme de todo y jamás volver a escribir una sola línea. Pero no lo hago: reincido en la escritura. No lo hago, porque entonces, ¿cómo podría decir la angustia y el absurdo? Cuento con mi probable lector, cómplice que me dispensa atención. Sé bien que lo que escribo no sirve para nada, no hace falta a nadie, no cambia las cosas, no cambia nada. Como mucho, tal vez sólo me cambie a mí mismo, que ya soy otro después de escribir esto.

3

En cualquier intento serio de hacer filosofía en este nuevo siglo-milenio no puede haber sino un sabor de desencanto. Debe ser por necesidad un pensamiento irónico y desengañado, que desconfíe de todo, aun de sí mismo, y que no tome nada en serio, ni siquiera a sí mismo. Todo lo que sabe a desengaño alimenta mi espíritu, me fortalece y vivifica. “Todo lo puedo en aquel que me fortalece”.

Tiempo de cambio

4

En estos días leo a Bohumil Hrabal, el gran escritor checo, cuya obra sólo en parte ha sido traducida al español. Hrabal era un hombre solitario y taciturno, que vivía rodeado de gatos y frecuentaba las tabernas praguenses. Decía haber alcanzado la cima del vacío y de la soledad ruidosa. Era feliz en la taberna, tomando cerveza entre parroquianos, escuchando hablar a los demás. Amaba la lengua coloquial, las voces de la calle, el argot y el slang de Praga. Estos elementos nutren su poética, que constituye una celebración de la vida del hombre común. Era feliz, pero sabía que la felicidad es justo aquello junto a lo cual acecha la desgracia. Un día, mientras daba de comer a las palomas, se cayó por la ventana del quinto piso del hospital donde se hallaba interno. Leo sus textos, mientras disfruto de algo maravilloso: el largo de la Sinfonía No. 9, en mi menor, opus 95, Del nuevo mundo, de su compatriota Antonín Dvořák.

5

Tratando de distraer mi ocio, enciendo el televisor. Dispongo ahora de televisión por cable. Cómodamente recostado, en la mano el control remoto, paso de un canal a otro. Tengo ante mí una gran oferta de entretenimiento. Pulso un botón y entro a un mundo instantáneo. Soy un inquieto surfista de canales en busca de emoción. Cientos de canales pasan por mi vista procurando distraerme. Tanto y tan poco que ver…La “magia de la televisión por cable” deja de embrujarme. Es la infinita variedad de lo mismo.

6

Hemos dejado de ser un país pobre para empezar a ser un país vulgar. El ciclo político se abre y se cierra. Ha terminado el carnaval electorero, ese mal inevitable de las democracias latinoamericanas. El país entero se aboca a cambios urgentes, a reformas ineludibles. Ahora hay que escuchar a la gente, comprender su hartazgo, su dolor, su protesta, su esperanza de cambio, su sed de justicia. Ahora hay que atender a los reclamos, las reivindicaciones, las demandas populares de justicia y transparencia. ¿O es que acaso estamos condenados a un eterno destino de crimen sin castigo?

7

Al abrir y cerrar paréntesis, al intentar escribir, sé que me expongo a la trivialidad. Hojeo la prensa local y sólo leo nimiedades. Hoy se escribe como sea, de lo que sea. No se trata de ser, sino de aparecer. Es el mandato de lo superfluo y lo anodino. Hallo tan poca inteligencia y sabiduría en lo que se publica…Pero, ¿de qué me extraño? Los sabios rara vez saben escribir, y los que escriben rara vez son sabios.